Acabo de llegar a Dubai, después de estar un mes entero en el Reino de Arabia Saudí, y me resulta difícil encontrar palabras para lo que he vivido. Todavía estoy en una fase de incredulidad. No es fácil resumir en pocas páginas cómo es la vida en ese lugar tan cerrado al mundo. Conseguir el visado para entrar ya no fue tarea fácil. Como persona no musulmana, que no tiene ninguna intención de ir a visitar la Meca (más que nada porque me sería imposible) sabía que sólo podría entrar en el país con una invitación expresa de una universidad saudí. Por un milagro lo conseguí. Un profesor de economía y finanzas de montenegro se interesó por mi proyecto de doctorado y realizó todos los trámites burocráticos necesarios para abrirme las puertas de Riyadh. Si no fuese por él, nunca podría estar escribiendo esta historia. A él le debo una de las mayores experiencias de mi vida: conocer la gente del interior del desierto arábico.
El primer susto ya llegó según aterricé en Riyadh, procedente de Abu Dhabi. El avión de las líneas aéreas saudíes era bastante pequeño y nada más llegar a mi asiento, todavía en suelo de los emiratos, descubrí que no podía poner mi equipaje de mano en el compartimento superior. No me quedaba más remedio que meter mi enorme bolsa debajo de mi asiento, lo que no me permitía tener las piernas a gusto. El avión sin embargo no se llenó y le pedí a la azafata si podía sentarme en los asientos de atrás que estaban vacíos y así poner mi mochila a mi costado. La azafata me consintió el deseo. Como llegaba de Francia y me había pasado los últimos días entre salas de conferencias, hoteles y aviones, me quedé dormido al instante. Las ansias por llegar a Arabia Saudí eran enormes, pero el sueño era todavía mayor.
Cuando aterrizamos en Riyadh, empecé a recoger todas mis cosas y de repente descubrí que me faltaba el pasaporte. No podía ser, ¿cómo podía haberlo perdido si me acordaba perfectamente que lo tenía al subir al avión? Pues, no, no estaba por ninguna parte. Ni en la americana, ni en el pantalón, ni en mi bolsa. El avión ya estaba vacío y yo sin pasaporte. Un pasaporte que tenía el dichoso visado de investigador que me había costado tantos esfuerzos y tanto dinero conseguir.
En esos momentos se me pasaron por la cabeza varias pesadillas: “seguro que alguien me lo robó cuando estaba durmiendo”; “¿qué voy a hacer ahora sin pasaporte?”; “Seguro que me van a interrogar”; “Seguro que alguien me robó el pasaporte y me metió alguna droga o alguna sustancia ilegal en mis maletas y ahora me voy directito a la cárcel”. La paranoia aumentaba según pasaban los segundos.
Al momento se acercó la primera azafata para preguntarme qué me faltaba y yo le dije casi llorando: “El pasaporte”. La mujer no se lo podía creer. “¿Cómo es que le falta el pasaporte? ¿No lo tenía cuando subió al avión?”, me dijo. “Sí, sí que lo tenía”, contesté, “pero ahora no lo tengo.” Mi razonamiento inmediato era que alguien me lo había quitado y que había que hablar con el capitán para cachear a todos los pasajeros del avión. Al momento llegó también el capitán y allí estábamos todos de rodillas en el avión buscando el dichoso pasaporte. Hasta que me di cuenta que me había sentado antes en el otro asiento y se lo dije al capitán. Éste y otra azafata fueron hasta allí mientras yo seguí sacando todo de mi equipaje de mano a pesar de estar convenido de que el pasaporte no estaba en mi bolsa. A los pocos segundos el capitán y la azafata me llamaron con el pasaporte en la mano. Me lo había dejado en el bolsillo de enfrente del primer asiento en el que me había sentado. Normalmente no suelo hacer eso, pero supongo que con el cansancio y con el trastorno de no poder poner el equipaje en el compartimento superior decidí instintivamente poner el pasaporte en el bolsillo de delante. ¡Vaya susto!
Y de susto en susto, porque llego a la zona de recogida de maletas y de repente veo un grupo de unos 100 afganos o pakistaníes. Todos vestidos con su indumentaria tradicional de color caqui con pantalones sueltos, camisa larga solapando los pantalones y las típicas sandalias de cuero. Estaban todos amontonados, medio asustados y había un hombre gritándoles y dando órdenes. La escena se parecía a un pastor de ovejas controlando al rebaño con bastón. La imagen me impactó. Los cien afganos no parecían personas, parecían bestias que habían salido del monte. Una escena chocante. En el mismo instante, entro en el baño y lo veo todo sucio y lleno de mierda. Literalmente. El olor era horrible. Ni el baño de la estación de autobuses de La Paz estaba en peores condiciones. Eso fue una sorpresa muy grande. Yo pensaba que iba a llegar a Riyadh y que me iba a encontrar con un lujo similar al de Dubai y Abu Dhabi. Pero nada más lejos de la realidad. El país más rico del Golfo tiene un aeropuerto que da pena.
Después de que el funcionario de aduanas me sacase varias fotos y me cogiese todas las huellas dactilares de todos los dedos de las dos manos, salí por la puerta del aeropuerto medio consternado por todo lo que había visto en pocos minutos y me encontré allí un hombre vestido de árabe del Golfo con un cártel con mi nombre. Bueno, por lo menos había alguien esperándome.
Y ahí empezó la experiencia saudí de verdad. Riyadh es una ciudad que está en el medio del desierto. Por lo tanto hay tormentas de arena día sí y día también. A veces son más fuertes y otras veces menos, pero la fina arena del desierto siempre está en el aire. Puedes pasar un trapo por cualquier superficie que al rato va a tener una fina capa de polvillo encima. Y eso incluso dentro de las casas. Algo increíble. Una característica que me dice que realmente ese lugar no ha sido creado para el hombre. No he conocido lugar más inhóspito. Yo supongo que se puede comparar con vivir en el Himalaya o en el Ártico. Para poner dos ejemplos en lugares gélidos y no calurosos. Pero Riyadh es eso. Una ciudad construida en el medio del desierto. El lugar es tan seco y arenoso que a los poco días me empezó a pelar la piel, no por el sol, sino por la aridez.
Y justamente esta característica es la que ha marcado a los habitantes de esta zona del mundo. Como siempre, he intentado adentrarme un poco en la historia de este lugar, y según he podido enterarme, los beduinos del desierto, antes de que llegase Mahoma, eran un pueblo estoico y orgulloso que no valoraba en demasía la compasión y la caridad, sobre todos con aquellos ajenos a su tribu más inmediata. El hábitat no se lo permitía. En el desierto sólo puedes mirar por ti y los tuyos. No hay suficientes recursos para alimentar a todos, con lo cual o eres fuerte o pereces. Esa fue siempre la actitud de los nómadas del desierto y esa falta de compasión llegó a extremos inaguantables cuando esos mismos nómadas se hicieron sedentarios, empezaron a acumular grandes riquezas a través del comercio y empezaron a vivir en el medio del lujo y la soberbia. Hoy esa soberbia se percibe en las carreteras. Los saudíes no tienen ningún respeto por el prójimo a la hora de conducir. No sé si es por el pañuelo que llevan en la cabeza que les quita visión o por su propio carácter, pero la realidad es que cambian de carril y salen y entran a y de las autopistas sin girar la cabeza ni un milímetro. Es una cosa temeraria. Nunca he visto una conducción más irresponsable. Las carreteras de hoy de Riyadh son como las rutas del medio oeste americano del siglo XIX, impera el “Wild East”, en el que el más fuerte aplasta al más débil. Eso explica entre otras cosas por qué triunfan los Toyotas 4x4 enormes. En medio de esta conducción salvaje, siempre es mejor tener una bestia de coche para aplastar a los demás que ser aplastado por ellos.
La conducción salvaje puede que sea justamente un espejo del carácter de la gente del desierto. Si les dejas rienda suelta, esta gente actúa de una manera muy temperamental. Supongo que será consecuencia del sol, del calor y de lo inhóspito del lugar en el que viven. En mi opinión es en este contexto que triunfa el mensaje de Mahoma allá por el siglo seis después de Cristo. El discurso de Mahoma es justamente de pacificación. De superar esa soberbia y ese estoicismo contraproducente y empezar a mirar más hacia la comunidad en general y no hacia la tribu en un sentido reducido. Es un mensaje que invoca la solidaridad, la compasión y el entendimiento entre los diferentes clanes del desierto. En fin, es un mensaje de apaciguamiento.
Un día iba en el taxi con un taxista pakistaní y medio en inglés y medio en árabe el hombre, tras ver varias maniobras salvajes de los saudíes que nos dejaron atónitos, me explicó que ellos (los pakistaníes) llamaban a los saudíes: “perros” (kelb, en arabe). La imagen me resultó chocante, pero en cierto sentido me pareció una analogía acertada. De alguna manera, los saudíes de hoy son como perros. Cuando los domas, como lo hizo Mahoma (con rezos regulares, con prohibición de alcohol, con restricciones a las mujeres para que no despierten el instinto animal de los hombres) entonces todo puede funcionar de una manera controlada, pero si los dejas sueltos, su instinto natural despiadado, derivado de las inclemencias y dificultades del desierto, hace que el bienestar de la comunidad se vea perjudicado.
Ya sé que esta interpretación es demasiado generalista y que incluso puede ofender a ciertos saudíes, pero ésta es una de las conclusiones a las que he llegado después de pensar durante un mes por qué será que las mujeres saudíes tienen que ir tapadas desde los pies hasta la cabeza, sólo mostrando sus ojos y a veces ni eso. En parte supongo que la explicación está en que ésta es la manera de protegerlas frente a los instintos animales de sus hombres. Un claro ejemplo lo encontré en Jeddah, ciudad porteña del Mar Rojo y más abierta que la árida Riyadh, cuando un saudí me explicó que las mujeres solteras saudíes sí que pueden ir a la playa y desnudarse en público, mientras que los hombres solteros saudíes tienen prohibida esa actividad. La razón es que las autoridades confían en los hombres solteros extranjeros, pero no en sus propios jóvenes. “Nosotros no somos de fiar, podemos atacar a las mujeres, somos como tiburones”, me decía este saudí entre carcajadas, “tú en cambio no eres una amenaza. Puedes ir a la playa y ver nuestras mujeres desnudas que no vas a hacer nada y las autoridades lo saben”.
No tengo evidencia de esto, pero supongo que en tiempos de Mahoma cuando la soberbia de los ricos comerciantes del desierto estaba más extendida que nunca, también abría muchos “tiburones” por ahí sueltos atacando a las mujeres bellas (y débiles) por la calle. Es por eso que Mahoma mandó taparse a las mujeres. No para castigarlas, pero más que nada para protegerlas. Aquí hay que decir que Mahoma nunca dijo que las mujeres tenían que tapar la cara. Eso vino más tarde con el Wahabismo propio de Riyadh. Mahoma sólo decía que la mujer tenía que tapar el pelo, las rodillas y el escote. Vamos, las partes de la mujer más sensuales, lo de tapar la cara vino mucho más tarde con el Wahabismo, que quiso darle una vuelta de tuerca más al Islam. Pero incluso lo del manto negro (la abaya) puede interpretarse también como una estrategia para proteger a la mujer. Antes de llegar a Arabia Saudí siempre pensé que los vestidos tradicionales blanco del hombre y negro de la mujer era un castigo para la mujer. Después de estar allí y empezar a darle vueltas a la cabeza supongo que lo del manto negro tiene sentido. La mujer del desierto normalmente no sale durante el día a la calle. Es el hombre el que sale a ganarse el pan, con lo cual es normal que él vaya de blanco para protegerse del sol. La mujer en cambio suele salir por la noche y por la noche es mejor ir de negro para evitar a los “perros” que de blanco y llamando la atención. No sé si todo esto es cierto. Repito. No tengo evidencia de ello, pero sólo intento compartir los pensamientos que me han surgido en este mes en Arabia Saudí. Siempre intento entender las culturas que visito. Y este ha sido mi razonamiento para explicar la prohibición del alcohol (aunque el mercado negro sigue presente) y la vestimenta de la mujer en esta parte del mundo.
Quería terminar este recuento explicando los cambios que se están produciendo en esta sociedad del desierto. Una sociedad que hace 50 años todavía seguía el estilo de vida beduino propio de los hombres y las mujeres del desierto. La mayoría de los líderes de hoy, en su infancia, vivían como nómadas, con lo cual son impresionantes los cambios que han vivido tan sólo en pocas décadas. Hace unas décadas los líderes religiosos del consejo religioso que todavía hoy tiene una influencia enorme en la sociedad saudí consideraban que los coches eran un invento del diablo, así lo pensaban de la radio y de mucho otros avances técnicos. Uno de los estudiantes de la Universidad Alfaisal, donde trabajé como investigador visitante, me decía que hace 10 años las parabólicas no estaban permitidas. Que los mutawa (la polícia religiosa) rastreaban las calles en busca de parabólicas y les tiraban piedras hasta que las tumbaban. Eso era simplemente hace diez años. Hoy las parabólicas están permitidas. Antes las mujeres tenían que pasar por un arco detector de metales para pasar a las bodas (donde sólo están las mujeres) para evitar el uso de cámaras de fotos y la distribución de esas fotos entre los “tiburones”. Hoy ya pueden sacar fotos en las bodas. Hace cinco años los móviles con cámara de fotos eran ilegales en Arabia Saudí. Si los mutawas veían a alguien sacando una foto con su móvil, le cogían el móvil y le rompían la cámara con una punta. Hoy se pueden comprar los móviles con cámara en las tiendas.
Y los mismos pequeños avances se ven en los atuendos de la mujer. Antes ninguna mujer podía enseñar la cara. Hoy en Jeddah hay mujeres que enseñan el rostro. Antes las extranjeras tenían que taparse el pelo, hoy tienen que llevar la tradicional abaya pero pueden llevar el pelo suelto. Incluso se pueden ver niñas saudíes que llevan la abaya medio abierta de camino al colegio, enseñando así los vaqueros y las camisas de marca. Algo que hace cinco años sería totalmente imposible.
Y el último ejemplo. En mi universidad, el edificio ha sido construido para albergar a estudiantes masculinos y femeninos. Bien es verdad que cada uno está en un piso diferente y que los auditorios tienen también dos pisos para que los “tiburones” se sientan abajo y las mujeres arriba para que no se puedan ver entre ellos mientras todos pueden ver al profesor, pero el simple hecho de que mujeres y hombres estén sentados en la misma sala y puedan discutir varios asuntos ya es un gran avance. La idea de la Universidad Alfaisal es que poco a poco se consiga algún tipo de acercamiento entre hombres y mujeres. Bien sea en el ascensor, en los horarios de visitas de los profesores o en la entrada y salida de la universidad. Los mutawas no quieren ni eso. Todavía hoy se oponen a que las mujeres puedan educarse en la Universidad Alfaisal. Todo está preparado para que ocupen el piso de arriba de los auditorios, pero por ahora ese piso de arriba está vacío por los mutawas. ¿Quién sabe? A lo mejor pasa como con las parabólicas y algún día estudiantes de ambos sexos estarán sentados en la misma sala, aunque sea en un piso diferente.
