lunes, 15 de febrero de 2010

El chirriante glamour de Dubai

Después de 10 días en Dubai creo que ha llegado la hora de compartir algunos de mis pensares sobre esta ciudad. Dubai es una de las ciudades de moda de inicios del siglo XXI. Hace 5 o 6 años aquí no había más que arena, unos cuantos pescadores, los nómadas del desierto y unos cuantos hoteles de lujo. En tan solo un lustro, Dubai se ha convertido en una metrópolis de varios millones de personas y cientos de rascacielos. El edificio más alto del planeta, la torre Burj Khalifa, que con una altura de más de 800 metros y 160 pisos es visible desde todas partes –incluso desde la ventana de mi habitación– representa bien lo que es esta ciudad. En ella se ve el deseo de los gobernantes de los Emiratos Árabes Unidos de enseñarle al mundo la cantidad de dinero y de poder que atesoran. El dinero es una cuestión indiscutible. Lo del poder, ya es más cuestionable. Que la torre esté cerrada a los visitantes por problemas técnicos tan sólo dos meses después de ser inaugurada es muy representativo de lo que está pasando aquí.

Lo de Dubai ha sido incluso más bestial que lo que ha pasado en España con la burbuja del ladrillo y el hormigón. Lo dicho, aquí hace cinco años no había nada y ahora hay rascacielos sin fin, islas artificiales en forma de palmera, autopistas por todos lados, un metro volante, centros comerciales bañados en mármol con zonas dedicadas a diferentes partes del mundo, con pistas de esquí incorporadas (sí, pistas de esquí en el desierto, ¡manda cojones!) y con fuentes que cantan. Es realmente impresionante. Esta gente ha conseguido en cinco años levantar en el desierto una ciudad que supera a Las Vegas en glamour y en derroche. Porque realmente lo que estoy presenciando día tras día es un aluvión de consumismo que me chirría tanto en los oídos que a veces pienso que me va a estallar la cabeza. No sé si es eso o el aire acondicionado a 17 grados. Estamos en pleno Festival de Dubai de las Compras y esto es una auténtica locura. Todo está en rebajas y miles de personas llenan todos los días los centros comerciales para devorar todo tipo de artículos de consumo. Electrodomésticos, aparatos electrónicos, ropa, complementos, joyas, relojes, coches. Todo esto a mí me supera. No me ha gustado Las Vegas y Dubai va por el mismo camino.

Es una ciudad totalmente artificial. La gente lo único que hace es ir de centro comercial en centro comercial y consumir y consumir y consumir todavía más. Y cuando van de centro comercial a centro comercial también consumen. Como la gasolina está tirada de precio, los coches son todos cuatro por cuatros, y coches deportivos de alto cilindraje. Y en casa también se consumo (aunque no se esté), porque el aire acondicionado está siempre puesto, día y noche, las 24 horas, los 7 días de la semana. Esto es un mundo que no es real, no es natural. Pero es un mundo que atrae. Es fácil aceptar este ritmo de vida, sobre todo si eres un europeo o un americano que en casa no podías permitirte estos lujos. ¿Por qué es Dubai tan atractivo? Porque el nivel de vida desde el punto de vista material es brutal. Aquí se pueden cumplir todos los sueños. Los sueldos son tan altos que una familia europea se puede permitir el lujo de vivir en un apartamento amplio o una mansión con vistas al mar, puede tener dos o tres coches. Coches además de superlujo: mercedes, BMWs, Ferraris, Porches, Lamborguinis, lo que sea. Puede tener una niñera y un conductor a plena disposición durante todo el día y además de eso puede comprar todo tipo de lujos sin remordimientos. Como me dijo un coruñés que lleva aquí varios años: “Es muy fácil acomodarse aquí. Tienes todos los lujos”.

Pero ese mismo coruñés, de 40 años, y de carácter y aspecto tales que podría ser perfectamente mi hermano, también apunta a uno de los peligros de esta ciudad de lujo. “Yo vivo aquí como un rey y mi familia igual, pero no me quiero quedar aquí mucho tiempo. Este lugar no es un buen lugar para criar a mis hijas. Yo quiero que mis hijas vean lo que es la realidad del mundo. Esto no es la realidad”. Y tiene razón Juan. Esta ciudad es completamente artificial.

Lo único que veo, o más bien oigo, auténtico es la llamada del muecín para el rezo. Eso es auténtico. Eso es realmente lo que me recuerda todos los días que no estoy en Las Vegas y sí estoy en el mundo árabe. Eso, y las mujeres vestidas de negro con el burca y los hombres de blanco, con la ropa tradicional. Pero como solo son el 15% de la población, pues tampoco es que abunden. Es decir, la mayoría de la gente de esta ciudad realmente no es de aquí. Es tanto de aquí como los rascacielos, o como yo.

Otro de los sitios que transmite un poco de autenticidad es el centro de Dubai. La zona de Bur Dubai y de Deira. Eso es lo que tradicionalmente siempre ha sido el centro comercial, lleno de tiendas de todo tipo y con un movimiento de gente importante. Me gusta esa zona. Por lo menos está sucia por el trajine humano. No brilla todo como en los centros comerciales. Ahí además se respira aire de Asia. La cantidad de nacionalidades y de vestimentas es alucinante. Me encanta ver las diferentes ropas de los afganos, los indios, los pakistaníes, los chinos, los de Asia central, los de Nepal, los de Bangladesh. Ahí es cuando siento que no estoy en Europa. Cuando siento el palpitar del Golfo. Zona histórica de comerciantes que trasladan las mercancías de Oriente a Occidente y viceversa. Pero por ahí es difícil ver a los occidentales. No se quieren exponer a ese tipo de gente. Tengo aquí una amiga que estudió conmigo en Manchester y nunca ha ido por la zona de Deira y eso que lleva aquí más de un año.

El otro día tenía que hacer un recado por esa zona y ella y el marido se ofrecieron a llevarme hasta allí después de haber almorzado juntos. Una vez que metieron su BMW por esas calles del centro atestadas con gente comerciante y obrera noté que se sentían incómodos. Y eso que aquí no hay ningún problema de criminalidad. Éste yo creo que es el lugar más seguro que he conocido en mi vida. Más incluso que China. Pero es una cuestión de hábito. Si no sueles meter tu coche por esos lugares ni ver gente de tez más oscura y con ropajes tradicionales propios de Asia, pues te sientes incómodo. Está claro que no es lo mismo que salir de tu mansión, coger la autopista y meterte en el centro comercial. Ahí todos van a vestir como tú y van a tener ropas nuevas. Yo para no complicarles la vida les dije que me dejasen en el medio de la gente. Prefería ir andando a hacer el recado.

Y lo impresionante de este lugar es que los trabajadores. Las masas de indios, pakistaníes, afganos y filipinos que hacen los trabajos sucios (en el sector de los servicios, en la construcción etc.), son invisibles. Se dedican a lo suyo y ya está. No protestan, no se lamentan, no se organizan para pedir más derechos. Aceptan sus 300 euros al mes, si los ganan, y trabajan sus 12 horas o más los 7 días a la semana. Esto lleva a muchos expatriados a pensar que la mayoría de las personas de esta ciudad viven como ellos. El otro día una pareja de egipcios me llegó a espetar que el 80% de la población vivía como ellos. Yo me quedé alucinado. ¿Cómo se puede llegar a pensar eso? En cualquier lugar que la clase media tiene suficiente dinero para pagar criados es porque esa clase media realmente es la clase media-alta que vive de maravilla gracias a la explotación (comparado con los estándares europeos) de la clase obrera. Pero claro, si esos egipcios viven en una comunidad con todo el lujo del mundo y sólo se dedican a ir del trabajo, a su casa y de su casa el centro comercial, pues entonces está claro que todo lo que les rodea brilla, con lo cual es fácil de pensar que ellos son la mayoría y los invisibles son la minoría.

Pero bueno, no debería romperme la cabeza tanto con estos asuntos. Debería disfrutar de mi mansión, de mi piscinita, de mis 25 grados de sol, de mi playita, de mis entrevistas con los banqueros y los hombres de negocios, de mis amigos iraníes con sus BMWs deportivos, de las agradables conversaciones con la shisha, y de pasármela bien. Lo que pasa es que mañana voy a estar sentado otra vez en el transporte público (porque soy de los pocos occidentales que no tengo coche) y voy a ser de nuevo el único blanco y la gente me va a mirar raro, y entonces, como los trayectos son largos, voy a volver a pensar por qué serán las cosas como son.