miércoles, 25 de marzo de 2009

Preparaos para el siglo chino


Acabo de escribir en mi columna mensual en el periódico gallego LV un artículo sobre cómo será la vida en Galicia dentro de 40 años bajo la influencia cultural china, pero creo que necesito un poco más de espacio para desarrollar plenamente mis ideas. En el citado artículo explico como la gran mayoría de los expertos en política económica internacional pronostican que, así como el siglo XX fue el siglo de los Estados Unidos, el siglo XXI va a ser el de China como la gran superpotencia mundial. El crecimiento y desarrollo de este país en los últimos 30 años es espectacular. Por lo que he visto en estas últimas semanas aquí en Pequín y teniendo en cuenta mis experiencias en países como Brasil o Argentina (que también pertenecen al dichoso G20 que se va a reunir la próxima semana en Londres para buscar una solución a la crisis global), China es seguramente ahora mismo el país más desarrollado entre los países emergentes.

Sí, claro que hay pobreza y mucha desigualdad, pero gran parte de las infraestructuras (los buses, las carreteras, los edificios, el metro etc.) son de lo más moderno. Eso de que los chinos se están muriendo de hambre es justamente eso, un cuento chino. La gran mayoría de la gente de Pequín vive igual que la gente en Nueva York, Londres, París o Madrid. Pasan las mismas horas en el metro enganchados a sus móviles o a sus periódicos, gastan lo mismo en los centros comerciales, los bares, las discotecas, los cines y los teatros, compran compulsivamente en el Carrefour y otros supermercados como si esto fuese el fin del mundo y conducen los mismos VWs, Audis, Renaults, Toyotas y Mercedes, que se pueden ver en todas las ciudades que he nombrado anteriormente. Sí, lo dicho. Hay que tener en cuenta que esto es la capital. Que aquí es donde está el dinero y que esto es una pequeña isla dentro del mar de pobreza que es la vida rural china. Pero sólo falta que el campo chino empiece a vivir como las urbes para que esto sea realmente una superpotencia. Si los chinos consiguen eso en los próximos 30 años, los Estados Unidos y Europa quedarán atrás. En las últimas tres décadas, 300 millones de chinos (lo mismo que la población de los Estados Unidos) salieron del campo y engordaron las clases medias urbanas en este país. Si en los próximos años se consiguen otros 300 millones más que compren coches, móviles, lavadoras, televisiones y microondas, China se convierte en la locomotora de la economía mundial. No hay duda en ese sentido. Ser la mayor economía mundial implica además un gran grado de influencia cultural, como se ha podido ver con los Estados Unidos en la segunda mitad del siglo XX.

Teniendo en cuenta esta trayectoria, la pregunta que me hago es cómo serán nuestras vidas en el 2050 cuando China supere a Estados Unidos en Productor Interior Bruto (PIB) y vivamos bajo la hegemonía económica y, por extensión, cultural china. Pues venga, vamos allá. En primer lugar, como es obvio, no utilizaremos cuchillo y tenedor y comeremos con los palillos, que son mucho más funcionales. Inmediatamente os preguntaréis, ¿cómo cojones comeremos los filetes o el arroz con los palillos? No hay problema. Los chinos lo tienen todo muy estudiado. La carne siempre se corta antes para facilitar el proceso (quién no ha tenido problemas a la hora de cortar un filetón con un cuchillo mal afilado) y para el arroz los chinos son prácticos y usan cuchara. No, no son tan tontos para comer grano a grano con los palillos. A veces el arroz es de ese pegadizo, y ahí los palillos funcionan sin problemas. La comida será siempre entre once y media y doce y media. Para muchos, sobre todo para los españoles, esto les parecerá muy temprano. Pero hay que entender que el desayuno es muy liviano, igual que en España, con lo cual a las 11.30 los chinos ya se ponen a comer. Tiene todo el sentido del mundo. En España deberíamos hacer lo mismo. Yo me acuerdo cuando estaba en el colegio y a partir de las doce se empezaban a oír las tripas de todo el mundo. La mayoría no había desayunado bien y se estaba muriendo de hambre a la una, ¿no es verdad? La comida en sí es variada y elaborada. Un poco de carne o pescado, el marisco es muy común, arroz, noodles (o sea un tipo de espaguetis, no olvidemos que la pasta viene de oriente) y bastante verdura, de todas las clases. Es verdad que los chinos usan mucho aceite frito y muchas especies que te destrozan el estómago. Pero todo depende de adónde vas. En los sitios finos, la comida es fina y no cuesta mucho. En los mercados, la carne, el pescado, el marisco, las verduras y las frutas tienen una pinta muy buena y si cocinas en casa puedes hacer unos platos muy ricos. Esto es igual que en España. En los sitios malos abunda el aceite, en los lugares buenos el trato y la comida es excelente y sales de ahí como un auténtico rey. Los únicos que más van a sufrir con la influencia culinaria china van a ser los suizos. Los chinos no comen queso nunca. No está en la tradición de ellos. Totalmente al contrario que los estadounidenses que le echan queso hasta a la sopa.


Como a los latinos, a los chinos también les gusta echarse una siesta. Una media horita o así. El sistema es muy similar al español. Casi todo el mundo tiene dos horas de descanso al mediodía, con lo cual se vive bastante bien. Eso sí, los chinos son muy trabajadores y eficientes. Se toman su siesta, pero cuando se ponen a trabajar, son igual que los alemanes. Después del trabajo, los chinos lo que hacen es ir al bar (algo muy español), van a ver la famosa opera pequinesa o van a jugar al ajedrez chino, que es de fichas planas, o a las cartas (es decir, los chinos no nos van a quitar las partidas de tute). Entre todo ello, algún que otro escupitajo en la calle siempre viene bien. Eso es muy común. Igual que escarbar con el dedo en la nariz. Volvemos a lo mismo. Es cuestión de practicidad. ¿Quién no ha querido en algún momento echar un buen escupitajo para aclarar la boca o escarbar bien en la nariz para liberar la respiración? Es algo muy humano. No hay que verlo como algo negativo. Es natural, como el cantar por la calle. ¿Por qué reprimirlo? Por cierto, cuando mi novia visitó por primera vez España una de las cosas que le llamó la atención fue que mucha gente escupía y tiraba la basura en la calle. Nosotros no nos damos cuenta, pero al final no andamos muy lejos de los chinos, os lo digo. Como nosotros, estos también se vuelven locos por el fútbol. Yo creo que tienen todavía más pasión que nosotros. Es lógico que te encante el equipo de tu ciudad o de tu corazón y que hagas todo lo posible para ver los partidos (como hago yo), pero lo que no parece tan lógico es ser chino y levantarse a las 3 de la madrugada para ver un partido entre el Real Madrid y el Villareal. Hay que tener mucha fuerza de voluntad y mucho amor por el fútbol.

Algo muy curioso que tienen los chinos es la superstición por los números. Es algo increíble. Aquí lo números de móviles tienen precios diferentes según los números que tienen. El 8 es el número de la suerte porque la pronunciación de la palabra en chino es muy similar a la palabra “riqueza” o “prosperidad”. El otro día un millonario pagó una suma estratosférica porque salía al mercado un número de móvil lleno de ochos. No en vano, las olimpiadas de Pequín se inauguraron el 8 del 8 del 2008, a las 8 de la tarde. Eso trae suerte seguro. Y al contar por la ceremonia tan espectacular que organizaron y por el número de medallas de oro que se llevaron los chinos, algo de verdad debe de haber aquí. O sea que podéis comprobarlo ahora mismo, aquellos que tengan muchos ochos en el número de móvil van a ser afortunados en la era china. Los que tengan muchos cuatros que vayan cambiando de número de móvil porque la peor de las malas suertes caerá sobre ellos. Nadie en china quiere tener nada que ver con el número 4, cuya pronunciación es muy similar a la palabra “muerte”. Si tienes un número con mucho cuatros, nadie te llama, no vaya a ser que la mala suerte los contagie. Es muy curioso. En mi edificio por ejemplo en el ascensor no hay el número 4. No existe. No vaya a ser que tengas que apretar el número cuatro y te parta un rayo. O sea, así como muchos desconfían del número 13 en occidente, en China el 4 es el número de la muerte.



Por último, una de las pasiones chinas que se van a exportar al resto del mundo es el regateo. Algo que existía en España (según me contó mi padre) y ahora no sé por qué no existe. Con lo divertido que es. Imaginaos ir al Corte Inglés o a cualquier otro centro comercial y poder regatear en las tiendas. Aquí es el deporte nacional. Todo el mundo lo hace. A veces te dan gato por liebre, pero así es la vida. Unas veces se gana y otras se pierde. ¿No vivimos en el libre mercado?, pues que el precio lo ponga el consumidor y no el propietario de la cadena comercial. Muchas veces los precios están establecidos por las grandes multinacionales monopolizadoras. Compramos los productos por ese precio porque no hay margen de maniobra. ¿No sería mucho mejor pagar lo que consideramos justo? Sí, estoy de acuerdo. A veces piensas que has comprado algo bueno y después es una basura. Que me lo digan a mí que estoy en China. Muchos productos son muy baratos, pero después los usas tres veces y se caen a pedazos. Pero eso te dice que no vale la pena comprarlos. A medida que vas comprando, vas viendo la calidad de los productos. Lo bueno es que siempre vas a poder regatear. Os lo explico mejor con un ejemplo concreto. En Pequín hay una zona que se conoce como La Calle de la Seda. Es un mercado inmenso donde puedes comprar de todo. Abundan las falsificaciones. Tienes bolsos, camisas, trajes, zapatos y maletas de diseño tirados de precio. Yo ando escaso de camisas de verano y me dije, pues voy a echarle un vistazo a la mercancía. Me adentré en el mercado y aquello es como un gran bazar. Las vendedoras y los vendedores te asedian por todos los lados. Ellas incluso se lo toman como una cuestión de honor. Una vez que te acercas a su estante y preguntas por precios, no puedes salir de allí sin comprar algo. Hasta te agarran y todo. Varias veces tuve que deshacerme del cerco utilizando la fuerza. No soltaban ni mordiendo.

Finalmente acabé en un puesto de camisas con un vendedor. Allí estaban todas las imitaciones posibles de Armani, Paul Smith, Ralph Lauren etc. Lo de las imitaciones está tan de moda que hasta los famosos vienen a este mercado a comprar. La lista de celebridades internacionales que han pasado por este mercado a comprar es muy larga. Yo realmente no quería ninguna imitación. Simplemente quería una camisa de color claro para el verano y sin logo para no llamar mucho la atención. Me fijé que había camisas con el logo de la calle de la seda de Pekín y me interesé por ellas. El vendedor me dijo que de esas no tenía muchas tallas (seguro que era mentira) y aparte, se preguntaba por qué un tío blanco, europeo y con dinero estaba interesado en una camisa china si podía tener una de Armani. Yo le expliqué mis motivos. Le dije que quería una camisa simple y barata. Me enseñó unas cuentas. Todas supuestamente de marca, pero sin logo en la parte de delante.

Una vez elegidas las camisas, llegó el momento del regateo. Primer asalto: El tío me dice que cada una me cuesta 340 yuanes. Es decir unos 40 euros. Yo me echo a reír. “Ni de coña. Si esto es falso”. El tío me viene con la historia de que sí, es falso, pero la calidad es muy buena. Es prácticamente igual. Yo le doy mi primer precio. 40 yuanes. Unos 5 euros. El tío se revuelve todo y dice que estoy jamado. Que estas son camisas de primera calidad. Yo le digo que no, que esto es mala calidad. Segundo asalto: El tío empieza a ceder y me hace un buen precio. El mejor precio: 200 yuanes. O sea, unos 23 euros. Yo le digo que ni de coña. El coge la calculadora y me dice: “Dame tu precio, dame tu precio, pero sin bromas, eh, sin bromas”. Yo le digo: “No estoy de broma. Bueno, vale, te doy 50 yuanes por cada una”. De nuevo el tío, gesticula como un loco y dice que esto es un insulto. Que con 50 yuanes (7 euros) podía comprar unos calcetines, un pantalón corto (y es verdad, hace unos días compré un pantalón corto por ese precio), pero “no una camisa”. Yo estoy de acuerdo con él y le digo: “Sí, bueno, es verdad. Mi última oferta. 70 yuanes.” Unos 9 euros. El tío me miró y me dijo: “Pero por qué eres tan duro”. Casi se echa a llorar. Yo ya estaba a punto de irme. No quería ceder más. Pero él insistía que ahora había que cerrar el trato, que le diese otro precio. El último precio. Él me ofrecía ahora las dos camisas por 200. O sea, de 340 cada una, pasaban a valer 100 yuanes. Yo, al ver el percal, le dije que no, que no iba a moverme de mis 70 yuanes por camisa. Y así fue bajando 180, 170, 160, 150, que fue cuando dije que “vale”. Tampoco había que forzar la barra, como dirían los brasileños. En principio tendría que estar contento. Había conseguido dos camisas “supuestamente” de marca por 150 yuanes, o sea por menos de 20 euros.

Por desgracia, la euforia desapareció rápidamente cuando pasé por otra tienda para comprobar la calidad de las otras camisas y me di cuenta que la calidad era la misma y que la vendedora, al ver que estaba con prisa y que ya había comprado otras camisas, me estaba ofreciendo la misma camisa que había comprado hacía pocos minutos con un gran esfuerzo de regateo por 70 yuanes. O sea, por menos de lo que había pagado yo. Había caído en la trampa. Y esto no fue lo peor. La cruda realidad me batió todavía más en la cara cuando probé las camisas en casa. ¡Madre de dios! La calidad era incluso peor de lo que imaginaba. El acabado era pésimo. Hilos deshilachados. Agujeros de los botones demasiado pequeños…. Vamos, unas risas. Lo mejor fue cuando me probé la primera ante el espejo. Os lo juro, la tela era tan fina que hasta podía ver los pelos de mi pecho. Es verdad que a veces lo barato sale caro. No hay duda de ello. Pero a través de los golpes aprendes. Al día siguiente, volví otra vez por allí y le puse las pilas al mismo vendedor. Le dije que me vendiese una camisa decente que por lo menos pudiese vestir más de una vez. No la basura que me había vendido el día anterior. El hombre se reía, ratificándome de esa forma la mala calidad de las camisas que había comprado. Pero los vendedores chinos no son tontos. La primera vez te la cuelan (porque no saben si vas a volver, la mayoría de los turistas sólo van una vez a ese mercado). La segunda, ya se andan con ojo e intentan ganarse un cliente. Esta vez salí de allí con una imitación de Armani, porque según me dijo él. Las imitaciones de Armani son las mejores que tienen (no hay más vueltas que darle). Todavía desconfiando del paisano, me fui a casa a probar la camisa porque en el mercado ese no hay probadores (otra estrategia para el timo, por supuesto). Cuando la estaba desempaquetando ya vi que era de mejor calidad. Me la puse y me sorprendí a mi mismo. Una señora camisa. Seguro no tan buena como la original. No hay duda de eso. Pero bastante parecida. Alguien que no está puesto en el tema de la imitación no nota la diferencia. ¿Y sabéis cuánto he pagado por esta? 50 yuanes. O sea, 7 euros. Lo que vale conocer el mercado. Y esto es sólo el principio. He descubierto que en ese mismo mercado hacen camisas y trajes a medida con la tela que tú eliges. Un mundo, fuera de las falsificaciones, que tengo todavía que descubrir a base de regateos.




miércoles, 11 de marzo de 2009

Primer Taxi en Pekín



Hola querid@s amig@s.

Aquí estoy otra vez con más aventuras de ultramar. Después de más de un año sentado en despachos y bibliotecas estudiando duramente y dando clase para sacar adelante mi doctorado en Oxford, hace una semana me embarqué en una nueva aventura: China. Venir a este país era un sueño que llevaba en mente desde hace muchos años. Me acuerdo todavía como si fuese hoy cuando hace más de diez años estaba sentado en una cervecería de A Coruña con Iria, mi novia en aquellos tiempos (y ahora gran amiga), hablando de la (im) posibilidad de nuestro futuro juntos y como yo le decía que en el futuro quería viajar, conocer nuevos horizontes, nuevas culturas y que mi sueño era llegar una vez a China. En aquel momento los dos nos reíamos sobre esa posibilidad tan inverosímil. En la idiosincrasia española China es lo más alejado que hay. Siempre se dice que “suena a chino” cuando no entendemos algo, que “alguien está en la china” cuando está desaparecido o que “vives en la china”, cuando vives muy lejos del centro de la ciudad. En 1998 la probabilidad de llegar algún día a la China era remota, pero esa pequeña espinita me ha quedado dentro durante todos estos años y en el fondo del corazón siempre he deseado llegar aquí. Hasta he diseñado mi proyecto de doctorado sobre esta línea de pensamiento. Mi ambición siempre ha sido venir a China con algún tipo de propósito. Después de muchos años de estudio en España, Alemania y Reino Unido, ahora el propósito de mi viaje es saber si este país va a ser la locomotora de la economía mundial como muchos predicen. Es por eso que voy a pasar los próximos tres meses en Pekín en estrecha colaboración con el Instituto de Política Económica Internacional de la Academia China de Ciencias Sociales (CASS), el mayor centro de investigación en ciencias sociales del país.

El 3 de Marzo de 2009, o sea, hace una semana, pisé por primera vez tierra china. El aeropuerto de Pekín es modernísimo. Se construyó para las olimpiadas del año pasado. En la cultura occidental todavía pensamos que China es un país atrasado, pero esa impresión desaparece tras los primeros minutos en el aeropuerto. Todo es moderno y a la última tecnología. Al ponerme a la cola para la inspección de pasaportes no pude reprimir un cierto nerviosismo. Había hecho todos los trámites necesarios para conseguir un visado de investigador para tres meses, pero supongo que todo las historias sobre la censura y el férreo control policial chino todavía me hacían pensar que a lo mejor no me dejaban pasar. Nada de eso. El funcionario de visados miró la foto del pasaporte, me mandó sacar las gafas para comprobar debidamente la identidad y muy alegremente me indicó en inglés que en la foto tenía el pelo largo y ahora no. Yo le dije que ahora lo tenía corto… y con más entradas. Y el se volvió a reír. Ahí intuí algo que después he ido confirmando con el paso de los días. Los chinos son muy risueños. Algo que no hubiese imaginado. Yo siempre pensé que los chinos eran serios e impenetrables. Como los rusos. Pero nada más lejos de la realidad. Después de la sonrisa, el funcionario me preguntó si era la primera vez que venía a China y al decirle que sí, con una sonrisa de oreja a oreja me dijo: ¡enjoy (disfrute)!

Nada más salir del aeropuerto ya se fraguó la primera aventura. Lógicamente, los taxistas chinos no hablan ni leen inglés. Y yo ya había sido avisado que tuviese a mano la dirección del hotel escrita en caracteres chinos. Cuando llegué al taxi, le enseñé la dirección en chino al taxista y éste después de fruncir el ceño, asentó con la cabeza. Yo me senté en el taxi aliviado, pero con cierto escepticismo. El taxista no parecía tenerlas todas consigo. Eso se confirmó cuando después de salir del aeropuerto, empezó a llamar por radio a otra gente haciendo referencia a la dirección en chino. Sus ayudantes al otro lado de la radio no parecían aclararle las cosas y se giró para mí indicando con gestos si tenía el número de teléfono del hotel. Ahí me di cuenta que había cometido el estúpido error de apuntar la dirección en inglés y en chino pero no el número del hotel. Le indiqué al taxista que no y éste se volvió todavía más preocupado. En principio tenía la dirección exacta escrita en el papel. En mi opinión no debería ser un problema ver en el mapa dónde estaba el hotel, pero resultaba ser que el taxista no tenía mapa. En vez de eso me dio una tarjeta escrita en inglés y con la mano apuntaba a su radio. Los taxistas tienen un servicio de traducción. Les indicas sobre la tarjeta qué idioma hablas (inglés, francés, alemán o español) y estos te ponen en contacto con una operadora. A los pocos segundos le estaba gritando en inglés desde el asiento de atrás del taxi a la operadora la dirección en inglés. La comunicación era horrible. Una, porque se realizaba a través del altavoz, y otra, porque el inglés en acento chino era indescifrable para mí. Al notar la dificultad en la comprensión, y todo esto mientras el taxista seguía acercándose al centro de la ciudad, la operadora llamó al móvil del taxista para que la comunicación fuese más fluida. Después de varios minutos de conversación, parecía que la operadora había entendido la dirección y se la había comentado al taxista. Yo ya empezaba a dudar sobre la reputación de mi hotel. Si nadie sabía donde estaba, no sería muy bueno. Los de CASS me lo habían recomendado como un hotel céntrico, cómodo, limpio y no muy caro, por eso les había dicho que me reservasen una habitación. Pero en esos momentos me estaba arrepintiendo de haberme puesto en las manos de los chinos. Hubiese sido mejor coger un hotel de categoría por Internet y dejarse de aventuras.

Lo peor estaba todavía por llegar. El taxista parecía saber más o menos la zona del hotel, pero después de unos 30 minutos de viaje llegamos a una calle sin salida. Mal rollo. El taxista paró el motor y me indicó que tenía que preguntar. Ahí estaba yo sentado en la parte de atrás de un taxi en medio de Pekín, sin una papa de chino y con mi móvil inglés sin funcionar para llamar a mis contactos. La situación era incómoda cuanto menos. Os lo aseguro. Yo seguía con la mirada al taxista pasando de persona a persona con la nota de la dirección del hotel en la mano sin pestañear. Al rato volvió a subir al taxi y parecía estar más contento. Empezó a hablarme en chino gesticulando e indicando hacia el papel y sacudiendo la cabeza, lo que me indicaba que algo estaba mal con la dirección o que él no la había entendido correctamente. En ese momento me fijé como las orejas del taxista estaban rojas de ardor. El tío lo estaba pasando mal. Casi tan mal como yo. Pocos minutos después vi como paraba el taxímetro. Supongo que se sentiría mal al ver como volvíamos a pasar por las mismas calles que habíamos pasado diez minutos antes. Pekín es inmenso. Las avenidas son anchísimas, con cinco o seis carriles. El tráfico es intenso, aunque fluido. En fin, después de un par de minutos, el taxista volvió a reducir la marcha y se volcó hacia el carril de la derecha de todo para parar justo enfrente de un policía y preguntar por la dirección. El policía indicaba con los brazos que había que dar la vuelta, que era por el otro lado.

El taxista se giro hacia mí y me indicó con gestos que tenía que bajarme, que podía llegar a pie. Yo no entendía nada. Sin una palabra de chino y sin nada, cómo iba yo a encontrar la dirección. El policía también me invitaba a seguir andando. Los dos me hablaban en chino y yo sólo daba a la cabeza intentando decirles que yo no me iba a bajar del taxi hasta que no llegásemos al hotel. El taxista apuntaba al taxímetro como diciendo que estaba perdiendo dinero, que ya lo había parado hacía tiempo y que no podía perder más tiempo. Al no ver ninguna otra salida. Salí del taxi y cogí la maleta mostrando un profundo enfado. El policía y el taxista seguían discutiendo. De repente, el taxista me indicó que volviese a meter la maleta en el maletero, que seguíamos en el taxi. Yo me tomé la cosa ya a broma. Pues venga, a meterse de nuevo en el taxi. Después de 200 metros en la misma avenida, el taxista paró enfrente de un bici-taxi y después de ver un gesto afirmativo de éste, me indicó que tenía que seguir con él y que tenía que darle 20 yuanes (el taxista sabía decir 20 en inglés), aparte de los 110 yuanes que indicaba el taxímetro. Un yuan son algo más de 10 céntimos de euro, con lo cual la cosa no había salido muy cara. Como 12 euros o así. En China todo funciona con taxímetro así que no hay posibilidad de fraude. Pero el dinero era lo de menos. Mi preocupación era que estaba subiendo mi maletón a un bici-taxi que consistía en un ciclomotor con un asiento trasero más grane de lo normal en algún punto perdido de Pekín y con un frío de cojones. En ese momento estaba totalmente a merced de los acontecimientos. El bici-taxista empezó a pedalear y ahí nos fuimos. Nos empezamos a meter por las calles transversales donde podía ver los patios traseros de las casas baratas. Esta ya era otra Pekín. Mucho más pobre y sucia. Yo ya diciendo: “Mi madre, ¿dónde me estoy metiendo?” Pero al rato me di cuenta que el bici-taxista sólo se había metido por esos callejones para atajar el camino. Parecía que el taxista me había puesto en las manos del bici-taxista porque era la forma más rápida de dar la vuelta y coger la otra avenida.

Aquí los bici-taxistas tienen como unos ciclomotores eléctricos. Al principio tienen que pedalear, pero después el pequeño motor eléctrico ya tira del ciclomotor. Después de diez minutos o así en el bici-taxi con un frío de cara considerable y con mucha desconfianza en relación al destino final de nuestro viaje, vi como salíamos de la avenida y nos metíamos en una bocacalle. Vi el letrero (que como todos estaba en grafía china y occidental) y reconocí la calle de mi hotel. Uf, estaba salvado. Al momento reconocí la fachada de mi hotel, que ya la había visto antes por Internet. Qué alivio. Lo había conseguido. Después de más de un día de viaje con escala incluida en Dubai había llegado a mi destino final. Le di los 20 yuanes y una buena propina (casi estuve a punto de darle un abrazo) al bici-taxista y me presenté delante de la recepción. “Hola, buenos días, soy Miguel Otero, tengo una reserva.”

Y así ha empezado mi aventura China. Debo decir que si ir a Cuba es lo mismo que coger la máquina del tiempo y volver a los años 50 del siglo XX, venir a Pekín es como ponerse el traje de astronauta y viajar a otro planeta. No entiendes nada, no puedes leer nada aparte de las calles y las señales de tráfico y los nombres de las empresas y estás rodeado de chinos por todas partes. Yo pensaba que Pekín iba a ser una ciudad indígena y cosmopolita a la vez, como México DF, Lima o La Paz. Sí, con un 80% de nativos y un 20% de extranjeros, más o menos. Pero Pekín no es así. Es muy difícil ver a un occidental en Pekín. Yo me monto a los vagones de metro, que es donde puedes sentir el pulso de la ciudad, y muy raramente veo a alguien blanco y por ahora en una semana solo he visto a un negro. Es impresionante.


De todas maneras, tengo que decir, y esto puede resultar una sorpresa para muchos, que los chinos son muy similares a los latinos. Como ya he dicho, son muy risueños, les encanta cantar por la calle, les encanta invitar a los visitantes, duermen la siesta, beben cerveza a lo latino con botellas de 600 mililitros a repartir entre varios en vasos pequeños. Los bares comunes aquí son como los bares en Latinoamérica. Grasientos, ruidosos, sucios, con las mesas llenas de botellas vacías para mostrar cuanto se bebe al más puro estilo macho y con los baños con un olor a orina que tiran para atrás. Como los latinos, los chinos son muy cariñosos. Les encantan las canciones románticas de amor y, quizás lo más sorprendente, no le temen al contacto físico. Un europeo del centro o del norte o un americano nunca busca el contacto físico. Lo evita a más no poder. Los ingleses hacen diabluras para no tener que tocar a la otra persona cuando cruzan una cola. Los chinos son como los españoles. Chocan contigo, te empujan, te tocan la pierna cuando te quieren explicar una cosa y no pasa nada. Es increíble. Yo siempre había visto los chinos como parte de una cultura de lo más alejada a la mía y ahora me estoy dando cuenta que somos muy parecidos. Los chinos adoran regatear, aman la buena comida, les gusta discutir en alto y se vuelven locos por el fútbol. Justo lo que me gusta hacer a mí.

Por cierto, después de varios días de búsqueda y de mucho regateo, ya tengo piso en Pekín. Está en el Este de la ciudad, en la zona más moderna, empresarial y con mayor actividad cultural. Pago un buen lote de dinero, pero nada comparado con lo que pagaría por un piso de este nivel y con esta localización en Londres, Nueva York o Madrid. Tengo la suerte de poder ver la CNN para estar al tanto de lo que pasa fuera de aquí, cosa que no es fácil en China. Sólo sitios con licencia especial pueden acceder a la BBC o a la CNN. Yo tengo más de 70 canales en la televisión y sólo dos son en inglés y uno en italiano. Como ya he dicho el piso es un poco caro, pero lo demás es todo muy barato. En el mercado chino que tengo enfrente de casa 300 gramos de ternera valen 80 céntimos de euro, 100 gramos de camarones 70 céntimos, una cerveza de 600 ml. 30 céntimos, un DVD pirata 60 céntimos y así seguido. Todo por aquí es super barato a no ser que busques super lujo, que como en todos lugares se paga caro. Un buen móvil de última generación vale mínimo 100 euros. Vamos, igual que en Europa. Como veis, hay cosas que son diferentes en esta parte del mundo, como lo de escupir en la calle (que es una realidad), pero también hay cosas que son prácticamente iguales. Los chinos ricos también conducen Audis y Mercedes.