
Acabo de escribir en mi columna mensual en el periódico gallego LV un artículo sobre cómo será la vida en Galicia dentro de 40 años bajo la influencia cultural china, pero creo que necesito un poco más de espacio para desarrollar plenamente mis ideas. En el citado artículo explico como la gran mayoría de los expertos en política económica internacional pronostican que, así como el siglo XX fue el siglo de los Estados Unidos, el siglo XXI va a ser el de China como la gran superpotencia mundial. El crecimiento y desarrollo de este país en los últimos 30 años es espectacular. Por lo que he visto en estas últimas semanas aquí en Pequín y teniendo en cuenta mis experiencias en países como Brasil o Argentina (que también pertenecen al dichoso G20 que se va a reunir la próxima semana en Londres para buscar una solución a la crisis global), China es seguramente ahora mismo el país más desarrollado entre los países emergentes.
Sí, claro que hay pobreza y mucha desigualdad, pero gran parte de las infraestructuras (los buses, las carreteras, los edificios, el metro etc.) son de lo más moderno. Eso de que los chinos se están muriendo de hambre es justamente eso, un cuento chino. La gran mayoría de la gente de Pequín vive igual que la gente en Nueva York, Londres, París o Madrid. Pasan las mismas horas en el metro enganchados a sus móviles o a sus periódicos, gastan lo mismo en los centros comerciales, los bares, las discotecas, los cines y los teatros, compran compulsivamente en el Carrefour y otros supermercados como si esto fuese el fin del mundo y conducen los mismos VWs, Audis, Renaults, Toyotas y Mercedes, que se pueden ver en todas las ciudades que he nombrado anteriormente. Sí, lo dicho. Hay que tener en cuenta que esto es la capital. Que aquí es donde está el dinero y que esto es una pequeña isla dentro del mar de pobreza que es la vida rural china. Pero sólo falta que el campo chino empiece a vivir como las urbes para que esto sea realmente una superpotencia. Si los chinos consiguen eso en los próximos 30 años, los Estados Unidos y Europa quedarán atrás. En las últimas tres décadas, 300 millones de chinos (lo mismo que la población de los Estados Unidos) salieron del campo y engordaron las clases medias urbanas en este país. Si en los próximos años se consiguen otros 300 millones más que compren coches, móviles, lavadoras, televisiones y microondas, China se convierte en la locomotora de la economía mundial. No hay duda en ese sentido. Ser la mayor economía mundial implica además un gran grado de influencia cultural, como se ha podido ver con los Estados Unidos en la segunda mitad del siglo XX.
Teniendo en cuenta esta trayectoria, la pregunta que me hago es cómo serán nuestras vidas en el 2050 cuando China supere a Estados Unidos en Productor Interior Bruto (PIB) y vivamos bajo la hegemonía económica y, por extensión, cultural china. Pues venga, vamos allá. En primer lugar, como es obvio, no utilizaremos cuchillo y tenedor y comeremos con los palillos, que son mucho más funcionales. Inmediatamente os preguntaréis, ¿cómo cojones comeremos los filetes o el arroz con los palillos? No hay problema. Los chinos lo tienen todo muy estudiado. La carne siempre se corta antes para facilitar el proceso (quién no ha tenido problemas a la hora de cortar un filetón con un cuchillo mal afilado) y para el arroz los chinos son prácticos y usan cuchara. No, no son tan tontos para comer grano a grano con los palillos. A veces el arroz es de ese pegadizo, y ahí los palillos funcionan sin problemas. La comida será siempre entre once y media y doce y media. Para muchos, sobre todo para los españoles, esto les parecerá muy temprano. Pero hay que entender que el desayuno es muy liviano, igual que en España, con lo cual a las 11.30 los chinos ya se ponen a comer. Tiene todo el sentido del mundo. En España deberíamos hacer lo mismo. Yo me acuerdo cuando estaba en el colegio y a partir de las doce se empezaban a oír las tripas de todo el mundo. La mayoría no había desayunado bien y se estaba muriendo de hambre a la una, ¿no es verdad? La comida en sí es variada y elaborada. Un poco de carne o pescado, el marisco es muy común, arroz, noodles (o sea un tipo de espaguetis, no olvidemos que la pasta viene de oriente) y bastante verdura, de todas las clases. Es verdad que los chinos usan mucho aceite frito y muchas especies que te destrozan el estómago. Pero todo depende de adónde vas. En los sitios finos, la comida es fina y no cuesta mucho. En los mercados, la carne, el pescado, el marisco, las verduras y las frutas tienen una pinta muy buena y si cocinas en casa puedes hacer unos platos muy ricos. Esto es igual que en España. En los sitios malos abunda el aceite, en los lugares buenos el trato y la comida es excelente y sales de ahí como un auténtico rey. Los únicos que más van a sufrir con la influencia culinaria china van a ser los suizos. Los chinos no comen queso nunca. No está en la tradición de ellos. Totalmente al contrario que los estadounidenses que le echan queso hasta a la sopa.
Como a los latinos, a los chinos también les gusta echarse una siesta. Una media horita o así. El sistema es muy similar al español. Casi todo el mundo tiene dos horas de descanso al mediodía, con lo cual se vive bastante bien. Eso sí, los chinos son muy trabajadores y eficientes. Se toman su siesta, pero cuando se ponen a trabajar, son igual que los alemanes. Después del trabajo, los chinos lo que hacen es ir al bar (algo muy español), van a ver la famosa opera pequinesa o van a jugar al ajedrez chino, que es de fichas planas, o a las cartas (es decir, los chinos no nos van a quitar las partidas de tute). Entre todo ello, algún que otro escupitajo en la calle siempre viene bien. Eso es muy común. Igual que escarbar con el dedo en la nariz. Volvemos a lo mismo. Es cuestión de practicidad. ¿Quién no ha querido en algún momento echar un buen escupitajo para aclarar la boca o escarbar bien en la nariz para liberar la respiración? Es algo muy humano. No hay que verlo como algo negativo. Es natural, como el cantar por la calle. ¿Por qué reprimirlo? Por cierto, cuando mi novia visitó por primera vez España una de las cosas que le llamó la atención fue que mucha gente escupía y tiraba la basura en la calle. Nosotros no nos damos cuenta, pero al final no andamos muy lejos de los chinos, os lo digo. Como nosotros, estos también se vuelven locos por el fútbol. Yo creo que tienen todavía más pasión que nosotros. Es lógico que te encante el equipo de tu ciudad o de tu corazón y que hagas todo lo posible para ver los partidos (como hago yo), pero lo que no parece tan lógico es ser chino y levantarse a las 3 de la madrugada para ver un partido entre el Real Madrid y el Villareal. Hay que tener mucha fuerza de voluntad y mucho amor por el fútbol.
Algo muy curioso que tienen los chinos es la superstición por los números. Es algo increíble. Aquí lo números de móviles tienen precios diferentes según los números que tienen. El 8 es el número de la suerte porque la pronunciación de la palabra en chino es muy similar a la palabra “riqueza” o “prosperidad”. El otro día un millonario pagó una suma estratosférica porque salía al mercado un número de móvil lleno de ochos. No en vano, las olimpiadas de Pequín se inauguraron el 8 del 8 del 2008, a las 8 de la tarde. Eso trae suerte seguro. Y al contar por la ceremonia tan espectacular que organizaron y por el número de medallas de oro que se llevaron los chinos, algo de verdad debe de haber aquí. O sea que podéis comprobarlo ahora mismo, aquellos que tengan muchos ochos en el número de móvil van a ser afortunados en la era china. Los que tengan muchos cuatros que vayan cambiando de número de móvil porque la peor de las malas suertes caerá sobre ellos. Nadie en china quiere tener nada que ver con el número 4, cuya pronunciación es muy similar a la palabra “muerte”. Si tienes un número con mucho cuatros, nadie te llama, no vaya a ser que la mala suerte los contagie. Es muy curioso. En mi edificio por ejemplo en el ascensor no hay el número 4. No existe. No vaya a ser que tengas que apretar el número cuatro y te parta un rayo. O sea, así como muchos desconfían del número 13 en occidente, en China el 4 es el número de la muerte.
Algo muy curioso que tienen los chinos es la superstición por los números. Es algo increíble. Aquí lo números de móviles tienen precios diferentes según los números que tienen. El 8 es el número de la suerte porque la pronunciación de la palabra en chino es muy similar a la palabra “riqueza” o “prosperidad”. El otro día un millonario pagó una suma estratosférica porque salía al mercado un número de móvil lleno de ochos. No en vano, las olimpiadas de Pequín se inauguraron el 8 del 8 del 2008, a las 8 de la tarde. Eso trae suerte seguro. Y al contar por la ceremonia tan espectacular que organizaron y por el número de medallas de oro que se llevaron los chinos, algo de verdad debe de haber aquí. O sea que podéis comprobarlo ahora mismo, aquellos que tengan muchos ochos en el número de móvil van a ser afortunados en la era china. Los que tengan muchos cuatros que vayan cambiando de número de móvil porque la peor de las malas suertes caerá sobre ellos. Nadie en china quiere tener nada que ver con el número 4, cuya pronunciación es muy similar a la palabra “muerte”. Si tienes un número con mucho cuatros, nadie te llama, no vaya a ser que la mala suerte los contagie. Es muy curioso. En mi edificio por ejemplo en el ascensor no hay el número 4. No existe. No vaya a ser que tengas que apretar el número cuatro y te parta un rayo. O sea, así como muchos desconfían del número 13 en occidente, en China el 4 es el número de la muerte.

Por último, una de las pasiones chinas que se van a exportar al resto del mundo es el regateo. Algo que existía en España (según me contó mi padre) y ahora no sé por qué no existe. Con lo divertido que es. Imaginaos ir al Corte Inglés o a cualquier otro centro comercial y poder regatear en las tiendas. Aquí es el deporte nacional. Todo el mundo lo hace. A veces te dan gato por liebre, pero así es la vida. Unas veces se gana y otras se pierde. ¿No vivimos en el libre mercado?, pues que el precio lo ponga el consumidor y no el propietario de la cadena comercial. Muchas veces los precios están establecidos por las grandes multinacionales monopolizadoras. Compramos los productos por ese precio porque no hay margen de maniobra. ¿No sería mucho mejor pagar lo que consideramos justo? Sí, estoy de acuerdo. A veces piensas que has comprado algo bueno y después es una basura. Que me lo digan a mí que estoy en China. Muchos productos son muy baratos, pero después los usas tres veces y se caen a pedazos. Pero eso te dice que no vale la pena comprarlos. A medida que vas comprando, vas viendo la calidad de los productos. Lo bueno es que siempre vas a poder regatear. Os lo explico mejor con un ejemplo concreto. En Pequín hay una zona que se conoce como La Calle de la Seda. Es un mercado inmenso donde puedes comprar de todo. Abundan las falsificaciones. Tienes bolsos, camisas, trajes, zapatos y maletas de diseño tirados de precio. Yo ando escaso de camisas de verano y me dije, pues voy a echarle un vistazo a la mercancía. Me adentré en el mercado y aquello es como un gran bazar. Las vendedoras y los vendedores te asedian por todos los lados. Ellas incluso se lo toman como una cuestión de honor. Una vez que te acercas a su estante y preguntas por precios, no puedes salir de allí sin comprar algo. Hasta te agarran y todo. Varias veces tuve que deshacerme del cerco utilizando la fuerza. No soltaban ni mordiendo.
Finalmente acabé en un puesto de camisas con un vendedor. Allí estaban todas las imitaciones posibles de Armani, Paul Smith, Ralph Lauren etc. Lo de las imitaciones está tan de moda que hasta los famosos vienen a este mercado a comprar. La lista de celebridades internacionales que han pasado por este mercado a comprar es muy larga. Yo realmente no quería ninguna imitación. Simplemente quería una camisa de color claro para el verano y sin logo para no llamar mucho la atención. Me fijé que había camisas con el logo de la calle de la seda de Pekín y me interesé por ellas. El vendedor me dijo que de esas no tenía muchas tallas (seguro que era mentira) y aparte, se preguntaba por qué un tío blanco, europeo y con dinero estaba interesado en una camisa china si podía tener una de Armani. Yo le expliqué mis motivos. Le dije que quería una camisa simple y barata. Me enseñó unas cuentas. Todas supuestamente de marca, pero sin logo en la parte de delante.
Una vez elegidas las camisas, llegó el momento del regateo. Primer asalto: El tío me dice que cada una me cuesta 340 yuanes. Es decir unos 40 euros. Yo me echo a reír. “Ni de coña. Si esto es falso”. El tío me viene con la historia de que sí, es falso, pero la calidad es muy buena. Es prácticamente igual. Yo le doy mi primer precio. 40 yuanes. Unos 5 euros. El tío se revuelve todo y dice que estoy jamado. Que estas son camisas de primera calidad. Yo le digo que no, que esto es mala calidad. Segundo asalto: El tío empieza a ceder y me hace un buen precio. El mejor precio: 200 yuanes. O sea, unos 23 euros. Yo le digo que ni de coña. El coge la calculadora y me dice: “Dame tu precio, dame tu precio, pero sin bromas, eh, sin bromas”. Yo le digo: “No estoy de broma. Bueno, vale, te doy 50 yuanes por cada una”. De nuevo el tío, gesticula como un loco y dice que esto es un insulto. Que con 50 yuanes (7 euros) podía comprar unos calcetines, un pantalón corto (y es verdad, hace unos días compré un pantalón corto por ese precio), pero “no una camisa”. Yo estoy de acuerdo con él y le digo: “Sí, bueno, es verdad. Mi última oferta. 70 yuanes.” Unos 9 euros. El tío me miró y me dijo: “Pero por qué eres tan duro”. Casi se echa a llorar. Yo ya estaba a punto de irme. No quería ceder más. Pero él insistía que ahora había que cerrar el trato, que le diese otro precio. El último precio. Él me ofrecía ahora las dos camisas por 200. O sea, de 340 cada una, pasaban a valer 100 yuanes. Yo, al ver el percal, le dije que no, que no iba a moverme de mis 70 yuanes por camisa. Y así fue bajando 180, 170, 160, 150, que fue cuando dije que “vale”. Tampoco había que forzar la barra, como dirían los brasileños. En principio tendría que estar contento. Había conseguido dos camisas “supuestamente” de marca por 150 yuanes, o sea por menos de 20 euros.
Por desgracia, la euforia desapareció rápidamente cuando pasé por otra tienda para comprobar la calidad de las otras camisas y me di cuenta que la calidad era la misma y que la vendedora, al ver que estaba con prisa y que ya había comprado otras camisas, me estaba ofreciendo la misma camisa que había comprado hacía pocos minutos con un gran esfuerzo de regateo por 70 yuanes. O sea, por menos de lo que había pagado yo. Había caído en la trampa. Y esto no fue lo peor. La cruda realidad me batió todavía más en la cara cuando probé las camisas en casa. ¡Madre de dios! La calidad era incluso peor de lo que imaginaba. El acabado era pésimo. Hilos deshilachados. Agujeros de los botones demasiado pequeños…. Vamos, unas risas. Lo mejor fue cuando me probé la primera ante el espejo. Os lo juro, la tela era tan fina que hasta podía ver los pelos de mi pecho. Es verdad que a veces lo barato sale caro. No hay duda de ello. Pero a través de los golpes aprendes. Al día siguiente, volví otra vez por allí y le puse las pilas al mismo vendedor. Le dije que me vendiese una camisa decente que por lo menos pudiese vestir más de una vez. No la basura que me había vendido el día anterior. El hombre se reía, ratificándome de esa forma la mala calidad de las camisas que había comprado. Pero los vendedores chinos no son tontos. La primera vez te la cuelan (porque no saben si vas a volver, la mayoría de los turistas sólo van una vez a ese mercado). La segunda, ya se andan con ojo e intentan ganarse un cliente. Esta vez salí de allí con una imitación de Armani, porque según me dijo él. Las imitaciones de Armani son las mejores que tienen (no hay más vueltas que darle). Todavía desconfiando del paisano, me fui a casa a probar la camisa porque en el mercado ese no hay probadores (otra estrategia para el timo, por supuesto). Cuando la estaba desempaquetando ya vi que era de mejor calidad. Me la puse y me sorprendí a mi mismo. Una señora camisa. Seguro no tan buena como la original. No hay duda de eso. Pero bastante parecida. Alguien que no está puesto en el tema de la imitación no nota la diferencia. ¿Y sabéis cuánto he pagado por esta? 50 yuanes. O sea, 7 euros. Lo que vale conocer el mercado. Y esto es sólo el principio. He descubierto que en ese mismo mercado hacen camisas y trajes a medida con la tela que tú eliges. Un mundo, fuera de las falsificaciones, que tengo todavía que descubrir a base de regateos.

