Hola querid@s amig@s.
Aquí estoy otra vez con más aventuras de ultramar. Después de más de un año sentado en despachos y bibliotecas estudiando duramente y dando clase para sacar adelante mi doctorado en Oxford, hace una semana me embarqué en una nueva aventura: China. Venir a este país era un sueño que llevaba en mente desde hace muchos años. Me acuerdo todavía como si fuese hoy cuando hace más de diez años estaba sentado en una cervecería de A Coruña con Iria, mi novia en aquellos tiempos (y ahora gran amiga), hablando de la (im) posibilidad de nuestro futuro juntos y como yo le decía que en el futuro quería viajar, conocer nuevos horizontes, nuevas culturas y que mi sueño era llegar una vez a China. En aquel momento los dos nos reíamos sobre esa posibilidad tan inverosímil. En la idiosincrasia española China es lo más alejado que hay. Siempre se dice que “suena a chino” cuando no entendemos algo, que “alguien está en la china” cuando está desaparecido o que “vives en la china”, cuando vives muy lejos del centro de la ciudad. En 1998 la probabilidad de llegar algún día a la China era remota, pero esa pequeña espinita me ha quedado dentro durante todos estos años y en el fondo del corazón siempre he deseado llegar aquí. Hasta he diseñado mi proyecto de doctorado sobre esta línea de pensamiento. Mi ambición siempre ha sido venir a China con algún tipo de propósito. Después de muchos años de estudio en España, Alemania y Reino Unido, ahora el propósito de mi viaje es saber si este país va a ser la locomotora de la economía mundial como muchos predicen. Es por eso que voy a pasar los próximos tres meses en Pekín en estrecha colaboración con el Instituto de Política Económica Internacional de la Academia China de Ciencias Sociales (CASS), el mayor centro de investigación en ciencias sociales del país.
El 3 de Marzo de 2009, o sea, hace una semana, pisé por primera vez tierra china. El aeropuerto de Pekín es modernísimo. Se construyó para las olimpiadas del año pasado. En la cultura occidental todavía pensamos que China es un país atrasado, pero esa impresión desaparece tras los primeros minutos en el aeropuerto. Todo es moderno y a la última tecnología. Al ponerme a la cola para la inspección de pasaportes no pude reprimir un cierto nerviosismo. Había hecho todos los trámites necesarios para conseguir un visado de investigador para tres meses, pero supongo que todo las historias sobre la censura y el férreo control policial chino todavía me hacían pensar que a lo mejor no me dejaban pasar. Nada de eso. El funcionario de visados miró la foto del pasaporte, me mandó sacar las gafas para comprobar debidamente la identidad y muy alegremente me indicó en inglés que en la foto tenía el pelo largo y ahora no. Yo le dije que ahora lo tenía corto… y con más entradas. Y el se volvió a reír. Ahí intuí algo que después he ido confirmando con el paso de los días. Los chinos son muy risueños. Algo que no hubiese imaginado. Yo siempre pensé que los chinos eran serios e impenetrables. Como los rusos. Pero nada más lejos de la realidad. Después de la sonrisa, el funcionario me preguntó si era la primera vez que venía a China y al decirle que sí, con una sonrisa de oreja a oreja me dijo: ¡enjoy (disfrute)!
Nada más salir del aeropuerto ya se fraguó la primera aventura. Lógicamente, los taxistas chinos no hablan ni leen inglés. Y yo ya había sido avisado que tuviese a mano la dirección del hotel escrita en caracteres chinos. Cuando llegué al taxi, le enseñé la dirección en chino al taxista y éste después de fruncir el ceño, asentó con la cabeza. Yo me senté en el taxi aliviado, pero con cierto escepticismo. El taxista no parecía tenerlas todas consigo. Eso se confirmó cuando después de salir del aeropuerto, empezó a llamar por radio a otra gente haciendo referencia a la dirección en chino. Sus ayudantes al otro lado de la radio no parecían aclararle las cosas y se giró para mí indicando con gestos si tenía el número de teléfono del hotel. Ahí me di cuenta que había cometido el estúpido error de apuntar la dirección en inglés y en chino pero no el número del hotel. Le indiqué al taxista que no y éste se volvió todavía más preocupado. En principio tenía la dirección exacta escrita en el papel. En mi opinión no debería ser un problema ver en el mapa dónde estaba el hotel, pero resultaba ser que el taxista no tenía mapa. En vez de eso me dio una tarjeta escrita en inglés y con la mano apuntaba a su radio. Los taxistas tienen un servicio de traducción. Les indicas sobre la tarjeta qué idioma hablas (inglés, francés, alemán o español) y estos te ponen en contacto con una operadora. A los pocos segundos le estaba gritando en inglés desde el asiento de atrás del taxi a la operadora la dirección en inglés. La comunicación era horrible. Una, porque se realizaba a través del altavoz, y otra, porque el inglés en acento chino era indescifrable para mí. Al notar la dificultad en la comprensión, y todo esto mientras el taxista seguía acercándose al centro de la ciudad, la operadora llamó al móvil del taxista para que la comunicación fuese más fluida. Después de varios minutos de conversación, parecía que la operadora había entendido la dirección y se la había comentado al taxista. Yo ya empezaba a dudar sobre la reputación de mi hotel. Si nadie sabía donde estaba, no sería muy bueno. Los de CASS me lo habían recomendado como un hotel céntrico, cómodo, limpio y no muy caro, por eso les había dicho que me reservasen una habitación. Pero en esos momentos me estaba arrepintiendo de haberme puesto en las manos de los chinos. Hubiese sido mejor coger un hotel de categoría por Internet y dejarse de aventuras.
Lo peor estaba todavía por llegar. El taxista parecía saber más o menos la zona del hotel, pero después de unos 30 minutos de viaje llegamos a una calle sin salida. Mal rollo. El taxista paró el motor y me indicó que tenía que preguntar. Ahí estaba yo sentado en la parte de atrás de un taxi en medio de Pekín, sin una papa de chino y con mi móvil inglés sin funcionar para llamar a mis contactos. La situación era incómoda cuanto menos. Os lo aseguro. Yo seguía con la mirada al taxista pasando de persona a persona con la nota de la dirección del hotel en la mano sin pestañear. Al rato volvió a subir al taxi y parecía estar más contento. Empezó a hablarme en chino gesticulando e indicando hacia el papel y sacudiendo la cabeza, lo que me indicaba que algo estaba mal con la dirección o que él no la había entendido correctamente. En ese momento me fijé como las orejas del taxista estaban rojas de ardor. El tío lo estaba pasando mal. Casi tan mal como yo. Pocos minutos después vi como paraba el taxímetro. Supongo que se sentiría mal al ver como volvíamos a pasar por las mismas calles que habíamos pasado diez minutos antes. Pekín es inmenso. Las avenidas son anchísimas, con cinco o seis carriles. El tráfico es intenso, aunque fluido. En fin, después de un par de minutos, el taxista volvió a reducir la marcha y se volcó hacia el carril de la derecha de todo para parar justo enfrente de un policía y preguntar por la dirección. El policía indicaba con los brazos que había que dar la vuelta, que era por el otro lado.
El taxista se giro hacia mí y me indicó con gestos que tenía que bajarme, que podía llegar a pie. Yo no entendía nada. Sin una palabra de chino y sin nada, cómo iba yo a encontrar la dirección. El policía también me invitaba a seguir andando. Los dos me hablaban en chino y yo sólo daba a la cabeza intentando decirles que yo no me iba a bajar del taxi hasta que no llegásemos al hotel. El taxista apuntaba al taxímetro como diciendo que estaba perdiendo dinero, que ya lo había parado hacía tiempo y que no podía perder más tiempo. Al no ver ninguna otra salida. Salí del taxi y cogí la maleta mostrando un profundo enfado. El policía y el taxista seguían discutiendo. De repente, el taxista me indicó que volviese a meter la maleta en el maletero, que seguíamos en el taxi. Yo me tomé la cosa ya a broma. Pues venga, a meterse de nuevo en el taxi. Después de 200 metros en la misma avenida, el taxista paró enfrente de un bici-taxi y después de ver un gesto afirmativo de éste, me indicó que tenía que seguir con él y que tenía que darle 20 yuanes (el taxista sabía decir 20 en inglés), aparte de los 110 yuanes que indicaba el taxímetro. Un yuan son algo más de 10 céntimos de euro, con lo cual la cosa no había salido muy cara. Como 12 euros o así. En China todo funciona con taxímetro así que no hay posibilidad de fraude. Pero el dinero era lo de menos. Mi preocupación era que estaba subiendo mi maletón a un bici-taxi que consistía en un ciclomotor con un asiento trasero más grane de lo normal en algún punto perdido de Pekín y con un frío de cojones. En ese momento estaba totalmente a merced de los acontecimientos. El bici-taxista empezó a pedalear y ahí nos fuimos. Nos empezamos a meter por las calles transversales donde podía ver los patios traseros de las casas baratas. Esta ya era otra Pekín. Mucho más pobre y sucia. Yo ya diciendo: “Mi madre, ¿dónde me estoy metiendo?” Pero al rato me di cuenta que el bici-taxista sólo se había metido por esos callejones para atajar el camino. Parecía que el taxista me había puesto en las manos del bici-taxista porque era la forma más rápida de dar la vuelta y coger la otra avenida.
Aquí los bici-taxistas tienen como unos ciclomotores eléctricos. Al principio tienen que pedalear, pero después el pequeño motor eléctrico ya tira del ciclomotor. Después de diez minutos o así en el bici-taxi con un frío de cara considerable y con mucha desconfianza en relación al destino final de nuestro viaje, vi como salíamos de la avenida y nos metíamos en una bocacalle. Vi el letrero (que como todos estaba en grafía china y occidental) y reconocí la calle de mi hotel. Uf, estaba salvado. Al momento reconocí la fachada de mi hotel, que ya la había visto antes por Internet. Qué alivio. Lo había conseguido. Después de más de un día de viaje con escala incluida en Dubai había llegado a mi destino final. Le di los 20 yuanes y una buena propina (casi estuve a punto de darle un abrazo) al bici-taxista y me presenté delante de la recepción. “Hola, buenos días, soy Miguel Otero, tengo una reserva.”
Y así ha empezado mi aventura China. Debo decir que si ir a Cuba es lo mismo que coger la máquina del tiempo y volver a los años 50 del siglo XX, venir a Pekín es como ponerse el traje de astronauta y viajar a otro planeta. No entiendes nada, no puedes leer nada aparte de las calles y las señales de tráfico y los nombres de las empresas y estás rodeado de chinos por todas partes. Yo pensaba que Pekín iba a ser una ciudad indígena y cosmopolita a la vez, como México DF, Lima o La Paz. Sí, con un 80% de nativos y un 20% de extranjeros, más o menos. Pero Pekín no es así. Es muy difícil ver a un occidental en Pekín. Yo me monto a los vagones de metro, que es donde puedes sentir el pulso de la ciudad, y muy raramente veo a alguien blanco y por ahora en una semana solo he visto a un negro. Es impresionante.
Lo peor estaba todavía por llegar. El taxista parecía saber más o menos la zona del hotel, pero después de unos 30 minutos de viaje llegamos a una calle sin salida. Mal rollo. El taxista paró el motor y me indicó que tenía que preguntar. Ahí estaba yo sentado en la parte de atrás de un taxi en medio de Pekín, sin una papa de chino y con mi móvil inglés sin funcionar para llamar a mis contactos. La situación era incómoda cuanto menos. Os lo aseguro. Yo seguía con la mirada al taxista pasando de persona a persona con la nota de la dirección del hotel en la mano sin pestañear. Al rato volvió a subir al taxi y parecía estar más contento. Empezó a hablarme en chino gesticulando e indicando hacia el papel y sacudiendo la cabeza, lo que me indicaba que algo estaba mal con la dirección o que él no la había entendido correctamente. En ese momento me fijé como las orejas del taxista estaban rojas de ardor. El tío lo estaba pasando mal. Casi tan mal como yo. Pocos minutos después vi como paraba el taxímetro. Supongo que se sentiría mal al ver como volvíamos a pasar por las mismas calles que habíamos pasado diez minutos antes. Pekín es inmenso. Las avenidas son anchísimas, con cinco o seis carriles. El tráfico es intenso, aunque fluido. En fin, después de un par de minutos, el taxista volvió a reducir la marcha y se volcó hacia el carril de la derecha de todo para parar justo enfrente de un policía y preguntar por la dirección. El policía indicaba con los brazos que había que dar la vuelta, que era por el otro lado.
El taxista se giro hacia mí y me indicó con gestos que tenía que bajarme, que podía llegar a pie. Yo no entendía nada. Sin una palabra de chino y sin nada, cómo iba yo a encontrar la dirección. El policía también me invitaba a seguir andando. Los dos me hablaban en chino y yo sólo daba a la cabeza intentando decirles que yo no me iba a bajar del taxi hasta que no llegásemos al hotel. El taxista apuntaba al taxímetro como diciendo que estaba perdiendo dinero, que ya lo había parado hacía tiempo y que no podía perder más tiempo. Al no ver ninguna otra salida. Salí del taxi y cogí la maleta mostrando un profundo enfado. El policía y el taxista seguían discutiendo. De repente, el taxista me indicó que volviese a meter la maleta en el maletero, que seguíamos en el taxi. Yo me tomé la cosa ya a broma. Pues venga, a meterse de nuevo en el taxi. Después de 200 metros en la misma avenida, el taxista paró enfrente de un bici-taxi y después de ver un gesto afirmativo de éste, me indicó que tenía que seguir con él y que tenía que darle 20 yuanes (el taxista sabía decir 20 en inglés), aparte de los 110 yuanes que indicaba el taxímetro. Un yuan son algo más de 10 céntimos de euro, con lo cual la cosa no había salido muy cara. Como 12 euros o así. En China todo funciona con taxímetro así que no hay posibilidad de fraude. Pero el dinero era lo de menos. Mi preocupación era que estaba subiendo mi maletón a un bici-taxi que consistía en un ciclomotor con un asiento trasero más grane de lo normal en algún punto perdido de Pekín y con un frío de cojones. En ese momento estaba totalmente a merced de los acontecimientos. El bici-taxista empezó a pedalear y ahí nos fuimos. Nos empezamos a meter por las calles transversales donde podía ver los patios traseros de las casas baratas. Esta ya era otra Pekín. Mucho más pobre y sucia. Yo ya diciendo: “Mi madre, ¿dónde me estoy metiendo?” Pero al rato me di cuenta que el bici-taxista sólo se había metido por esos callejones para atajar el camino. Parecía que el taxista me había puesto en las manos del bici-taxista porque era la forma más rápida de dar la vuelta y coger la otra avenida.
Aquí los bici-taxistas tienen como unos ciclomotores eléctricos. Al principio tienen que pedalear, pero después el pequeño motor eléctrico ya tira del ciclomotor. Después de diez minutos o así en el bici-taxi con un frío de cara considerable y con mucha desconfianza en relación al destino final de nuestro viaje, vi como salíamos de la avenida y nos metíamos en una bocacalle. Vi el letrero (que como todos estaba en grafía china y occidental) y reconocí la calle de mi hotel. Uf, estaba salvado. Al momento reconocí la fachada de mi hotel, que ya la había visto antes por Internet. Qué alivio. Lo había conseguido. Después de más de un día de viaje con escala incluida en Dubai había llegado a mi destino final. Le di los 20 yuanes y una buena propina (casi estuve a punto de darle un abrazo) al bici-taxista y me presenté delante de la recepción. “Hola, buenos días, soy Miguel Otero, tengo una reserva.”
Y así ha empezado mi aventura China. Debo decir que si ir a Cuba es lo mismo que coger la máquina del tiempo y volver a los años 50 del siglo XX, venir a Pekín es como ponerse el traje de astronauta y viajar a otro planeta. No entiendes nada, no puedes leer nada aparte de las calles y las señales de tráfico y los nombres de las empresas y estás rodeado de chinos por todas partes. Yo pensaba que Pekín iba a ser una ciudad indígena y cosmopolita a la vez, como México DF, Lima o La Paz. Sí, con un 80% de nativos y un 20% de extranjeros, más o menos. Pero Pekín no es así. Es muy difícil ver a un occidental en Pekín. Yo me monto a los vagones de metro, que es donde puedes sentir el pulso de la ciudad, y muy raramente veo a alguien blanco y por ahora en una semana solo he visto a un negro. Es impresionante.
De todas maneras, tengo que decir, y esto puede resultar una sorpresa para muchos, que los chinos son muy similares a los latinos. Como ya he dicho, son muy risueños, les encanta cantar por la calle, les encanta invitar a los visitantes, duermen la siesta, beben cerveza a lo latino con botellas de 600 mililitros a repartir entre varios en vasos pequeños. Los bares comunes aquí son como los bares en Latinoamérica. Grasientos, ruidosos, sucios, con las mesas llenas de botellas vacías para mostrar cuanto se bebe al más puro estilo macho y con los baños con un olor a orina que tiran para atrás. Como los latinos, los chinos son muy cariñosos. Les encantan las canciones románticas de amor y, quizás lo más sorprendente, no le temen al contacto físico. Un europeo del centro o del norte o un americano nunca busca el contacto físico. Lo evita a más no poder. Los ingleses hacen diabluras para no tener que tocar a la otra persona cuando cruzan una cola. Los chinos son como los españoles. Chocan contigo, te empujan, te tocan la pierna cuando te quieren explicar una cosa y no pasa nada. Es increíble. Yo siempre había visto los chinos como parte de una cultura de lo más alejada a la mía y ahora me estoy dando cuenta que somos muy parecidos. Los chinos adoran regatear, aman la buena comida, les gusta discutir en alto y se vuelven locos por el fútbol. Justo lo que me gusta hacer a mí.
Por cierto, después de varios días de búsqueda y de mucho regateo, ya tengo piso en Pekín. Está en el Este de la ciudad, en la zona más moderna, empresarial y con mayor actividad cultural. Pago un buen lote de dinero, pero nada comparado con lo que pagaría por un piso de este nivel y con esta localización en Londres, Nueva York o Madrid. Tengo la suerte de poder ver la CNN para estar al tanto de lo que pasa fuera de aquí, cosa que no es fácil en China. Sólo sitios con licencia especial pueden acceder a la BBC o a la CNN. Yo tengo más de 70 canales en la televisión y sólo dos son en inglés y uno en italiano. Como ya he dicho el piso es un poco caro, pero lo demás es todo muy barato. En el mercado chino que tengo enfrente de casa 300 gramos de ternera valen 80 céntimos de euro, 100 gramos de camarones 70 céntimos, una cerveza de 600 ml. 30 céntimos, un DVD pirata 60 céntimos y así seguido. Todo por aquí es super barato a no ser que busques super lujo, que como en todos lugares se paga caro. Un buen móvil de última generación vale mínimo 100 euros. Vamos, igual que en Europa. Como veis, hay cosas que son diferentes en esta parte del mundo, como lo de escupir en la calle (que es una realidad), pero también hay cosas que son prácticamente iguales. Los chinos ricos también conducen Audis y Mercedes.


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