sábado, 8 de agosto de 2009

La llamada del muecín


Llevo algo menos de 48 horas en la península arábica, concretamente en la ciudad de Doha, capital de Qatar y ya me siento con la necesidad de contar mis primeras experiencias. He llegado aquí acompañando a mi novia Moodthy, que ha venido a visitar a su padre, que es qatarí. El viaje en avión desde Heathrow a Doha, pasando por Bahrein, fue normalito, como cualquier otro viaje, aunque obviamente los elementos extraños fueron oír las indicaciones de avión en inglés y en árabe y ver tanta mujer con pañoleta o niqab en tan poco espacio.

Según bajamos del avión, ya nos saludó una brisa ardiente proveniente del Golfo Pérsico. Eran las 9 y 10 de la noche, y no había ni una gota de sol, pero la temperatura debía estar entorno a los 40 grados. O sea, fue salir del avión y entrar en una sauna. Nos resguardamos rápidamente de la ola de calor entrando en el autobús con aire acondicionado que nos llevo directamente a la Terminal. Allí ya nos estaban esperando unas azafatas, que habían sido contratadas previamente para facilitar nuestra entrada en el país y reducir a lo más mínimo el siempre latoso ejercicio de conseguir una visa de entrada. Todo sucedió en pocos minutos. Las amables azafatas de origen indio (de la India) nos pidieron los pasaportes y en un abrir y cerrar de ojos, ya tenia mi pasaporte cuñado y ya nos estaban pasando por un corredor especial, saltándonos todas las colas, para la inspección personal de aduanas y la entrada en Qatar.

Al salir del aeropuerto, lo primero en que me fijé fue en los coches. Casi todos cuatro por cuatros de alto cilindraje al más puro estilo yanki, aunque la mayoría de ellos son de fabricación japonesa. Qatar es bastante plana en cuanto a arquitectura, menos el distrito financiero y la parte moderna, que presentan unas cuantas decenas de rascacielos deslumbrantes. La altura física de la ciudad sin embargo se ha visto afectada en las últimas semanas por una tormenta de arena proveniente de Irak que ha traído, según nos dijo el padre de Moodthy, no sé cuantas cientos de toneladas de nueva arena a este desierto hecho habitable por la fuerza humana. Realmente es impresionante ver como el ser humano ha sido capaz de construir ciudades en desiertos inhóspitos. Circulando por las calles de Qatar, uno se da cuenta que todo lo que no está asfaltado es arena, simple arena, o césped mantenido a base de millones de litros de agua desalada.

El calor aquí es impresionante. Y eso que ahora mismo me dicen que el tiempo es bastante agradable. Ayer por la noche estábamos a 40 grados pero no se sentía mucha humedad. Corría una brisa calurosa que hacía posible el respirar. Hoy esa brisa persiste aunque cargada con unos cuantos grados más. Dentro de las casas, casi todas las habitaciones están equipadas con aire acondicionado, que suele estar puesto a unos agradables aunque frescos 23 grados (por lo menos no a 16 grados como lo tenía puesto mi amigo Joe de Miami). Yo sin embargo no soy muy partidario del aire condicionado y les dije a mis anfitriones que iba a prescindir de él en mi habitación lo máximo posible. Ellos me dijeron que era imposible vivir aquí sin aire acondicionado. Yo les rebatí que antes, en tiempos remotos, no había aire acondicionado y que la gente solía vivir igual. A esto el padre de Moodthy, con mucha calma y sin levantar la voz, contestó que sí que era verdad que antes no había aire acondicionado, que su madre antes de dormir mojaba bien las sábanas en agua, las retorcía un poco y él se envolvía en ellas para poder dormir, hecho que tenía que suceder en menos de 20 minutos porque después las sábanas se secarían y ya sería más difícil enganchar el sueño. Ante estas complicaciones, la comodidad de encender o apagar con el mando a distancia el aire acondicionado resultaba bastante obvia y su negación casi una herejía.


Yo sin embargo pequé y apagué el aire acondicionado de mi habitación según llegué. Me dije: “Si la habitación está ahora a 23 grados, aguantará fresca hasta por la mañana”. Parvo de mí, a las dos horas ya podía sentir el calor pegado a mi cuerpo y los primeros brotes de sudor. No me importó, sin embargo, después de tantos meses en Inglaterra y unas vacaciones fresquitas en A Coruña, disfruté de sentir calor en la cama y no tener que cubrirme con nada. Me recordó a mis tiempos por Latinoamérica, sobre todo a mis noches en Nicaragua, Panamá o Brasil (Austin, en Texas, también fue un sitio donde pasé mucho calor, sobre todo por la humedad). Ésta creo que es la mayor diferencia. A las personas que viven en lugares de mucho calor, les agrada dormir tapados y por eso ponen el aire acondicionado a una temperatura entorno a los 20 grados. A los que nos ha tocado la cruz o la bendición (depende de cómo se mire) de tener que dormir la mayoría de las noches de nuestras vidas tapados, nos resulta tremendamente agradable poder estirarnos en la cama sin nada y sentir el calor pegadizo a flor de piel.


Dormí como un santo hasta que a las cinco de la madrugada llegó uno de los momentos más esperados en mi vida. Siempre me he dicho que me gustaría despertarme al canto del muecín. Algo que siempre había leído, escuchado o visto por la tele, pero nunca había tenido la oportunidad de vivir. Esta noche sucedió. Cuando me acosté tenía miedo de no despertar, pero parece que mi cuerpo estaba esperando este momento tanto como mi mente. Con el primer rayo de sol, llegó también la primera llamada a la oración del muecín. Fue un momento especial, sin duda. Como dijo en su día Octavio Paz, el canto del muecín perforó el silencio de la noche qatarí y me despertó instantáneamente. Fue un layar estirado y profundo, desde el fondo de la garganta. Duró poco (o por lo menos yo lo oí por poco tiempo), pero fue intenso y con eco. En Qatar el canto de los muecines va por cadena, empieza por la zona este de la ciudad y acaba por la zona oeste, según se va abriendo paso el sol. Cuando acaba el muecín de una mezquita, empieza el de la siguiente. Y así lo viví. El canto del muecín de mi mezquita se apagó lentamente, y el de la siguiente reavivó la llama, pero ya más en la distancia, y así lentamente y en medio de una paz absoluta, me volví a quedar dormido.



Hoy es viernes y fue día del sermón de los viernes, con lo cual pude escuchar toda una lección coránica desde mi habitación según salí de la ducha. La verdad es que me gustaría saber lo que dijo el imán, aunque según me contaron después esta vez no se trataba de política como me gustaría a mí, sólo se trataba de cómo llegó la exigencia de mirar a la Meca cuando se reza. Es decir, se trataba de una lección coránica y nada más.


Por lo que he visto en el día de hoy, los qataríes no se meten mucho en política. Este es un pueblo de paz. Lo que no es nada extraño con el calor que hace aquí. Aquí no te puedes alterar demasiado, no te puedes calentar demasiado la sangre sino paneas (supongo que esa será la razón de no permitir el alcohol). Aquí todo es en cámara lenta, el andar, el hablar, el comer, todo menos el conducir, que es alegre. Supongo que será porque tienen el aire acondicionado puesto y se ponen todos frenéticos, y también porque llenar el tanque de gasolina aquí cuesta 10 euros, lo que da pie a pisarle a fondo y comprarse un coche, o dos o tres, bien grandes. La mayoría de las casas aquí tienen varios coches. A nadie le gusta pasear durante el día bajo el castigo del sol y menos si, gracias al petróleo y el gas, hay dinero de sobra para evitarse ese y otros martirios (como la política).



Sin duda lo que más llama la atención es la vestimenta de los locales. Los hombres llevan su tradicional hábito o túnica blanca y en la cabeza el pañuelo blanco o de cuadrados rojos y blancos o negros y blancos tipo palestina con los aros negros para sujetarlo. La túnica suele llegar hasta los pies. Dicen que es muy cómoda para el calor, primero por el color blanco y también por lo holgada que es, evitando así fricciones innecesarias bajo 45 grados. Las mujeres en cambio van de negro, con túnica muy parecida que los hombres, pero con pañoleta, y algunas con niqab, que sólo deja ver los ojos. Las más atrevidas llevan una túnica negra con adornos de lentejuelas de colores, que parece que es la última moda. El asunto es llamar la atención sin dejar de respetar la tradición. Por debajo de la túnica negra muchas de ellas llevan vestimenta occidental y en muchos casos se pueden ver los pantalones vaqueros asomar por los bajos, algo que no sucedía antaño. A las qataríes les encanta además el maquillaje. Según me han dicho, se pasan horas delante del espejo, además lo pude comprobar en persona en aquellas que enseñan la cara. El hecho de llevar la cara tapada o no parece que depende sobre todo de la voluntad de la mujer. Como se sienta más cómoda ella. El caso es evitar llamar la atención de los hombres y eso seguro que se consigue con semejante manto negro.



No todas las mujeres u hombres de Qatar se visten así de todas formas. La mayoría de los locales sí, pero también hay mucha gente extranjera. Abundan los indios y los filipinos, pero también hay paquistaníes y chinos, y también occidentales (aunque no muchos). Hay también mujeres qataríes como mi novia y otras mujeres de otros países árabes que tampoco siguen la vestimenta tradicional, bien sea porque no viven aquí o porque son rebeldes. La verdad es que este lugar está experimentando unos cambios enormes en los últimos años. La transformación es inmensa, aunque más física que mental, ya que esta última siempre tarda más tiempo, aquí y en todas las partes del mundo. Aunque parece que aquí más porque todo es más lento por el clima. Ahora me estoy dando cuenta de eso. Hoy no he hecho mucho y estoy reventado. El calor te vuelve lento. Eso es un hecho. A mí me gusta andar en el amplio sentido de la palabra, pero aquí no me va a quedar otro remedio que parar y, quizás, encender más veces de las esperadas el aire acondicionado.

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