
Esta historia no comienza en China, empieza en México hace unos cuantos años cuando visité las ruinas mayas de Palenque, en la región de Chiapas. Allí tuve la suerte de conocer un profesor en antropología que me explicó sobre las mismas piedras centenarias mayas desgastadas por el tiempo y los turistas su osada teoría basada en el convencimiento de que ya existía comercio entre lo que hoy es el sur de México y la China ancestral antes de que Colón llegase a las Indias. Esta interpretación de la historia me resultó extremadamente interesante desde el primer momento y seguí con minuciosa atención todas las explicaciones del profesor. Durante horas me estuvo indicando y señalando lo que él considera clara evidencia de que hubo contacto entre lo que hoy es Asia y las Américas antes de que los españoles llagaran al Nuevo Mundo. Las pirámides mayas tienen mucha similitud con las pirámides egipcias y todavía más con las chinas porque están escalonadas. La orfebrería, la loza y la porcelana son semejantes y lo más curioso es que en los muros de las ruinas de Palenque se pueden distinguir esfinges egipcias y dragones y fénix chinos. Yo absorbí toda esta información con un enorme interés pero con cierta incredulidad, porque a mí en la escuela y en mi casa me habían explicado la historia de manera muy diferente. Siempre me habían dicho que los españoles habían sido los que habían descubierto las Américas y que en ese Nuevo Mundo vivían pueblos nativos con sus civilizaciones, pero con un grado de desarrollo muy inferior al español, sobre todo en cuanto al uso de los metales, la escritura y el dominio de los mares.
El profesor en cuestión, sin embargo, me rebatía todo esto mostrándome pruebas sobre el terreno de que los mayas ya usaban los metales y de que su conocimiento astrológico y matemático era muy superior al de los europeos en que aquel tiempo, con lo cual es muy poco probable que no dominasen también la escritura para acumular y preservar entre generaciones ese saber científico. En cuanto a los mares, bien es sabido que los chinos tenían un gran dominio de la navegación transoceánica incluso antes del siglo XV. Siguiendo la teoría de este profesor, toda esta información fue eliminada de los libros de historia por los españoles y la Iglesia Católica que se encargaron durante siglos de purgar toda evidencia en este sentido. En pleno auge del Imperio Español quedaba mal reconocer que los asiáticos y los habitantes del Nuevo Mundo estaban mucho más avanzados que los propios españoles. Se vendía mucho mejor la historia de que esa gente estaba totalmente incivilizada, andaba con tapa-rabos por entre la selva cazando animales con flechas y arcos, no tenían ni idea de escribir, usar metales o navegar y, lo más importante, no conocían la palabra de Cristo. Esta propaganda imperial hizo que la verdadera historia quedase anulada por completo. Como es bien sabido, la historia siempre la escriben los vencedores, y desde la llegada de Colón a lo que hoy es América está claro que los occidentales han sido los que han dominado el mundo y los que han controlado el saber.
El tema este del posible contacto marítimo transpacífico entre el Imperio Chino y el Imperio Maya me rondó la cabeza unas cuantas semanas cuando andaba por el sur de México pero después me fui para Cuba y mi atención se centró en la Revolución de Fidel con lo cual el asunto cayó progresivamente en el olvido. La curiosidad volvió a aflorar hace dos meses al llegar a China. Leyendo la historia de este país descubrí que la dinastía Ming tenía a principios del siglo XV una flota naval inmensa que controlaba los mares desde Pekín hasta el este de África. Al leer esto sonaron las campanas en mi cabeza y me acordé del profesor de México. Me dije: “Si es verdad que los chinos llegaron a América antes que Colón entonces tuvo que ser en la época Ming”. Al día siguiente me fui a la biblioteca de la Academia China de Ciencias Sociales a la sección de libros en idiomas occidentales y con bastante dificultad le expliqué a la bibliotecaria (que tenía un inglés muy limitado) que quería echarle un vistazo a la sección de historia china, concretamente al período de la dinastía Ming. Finalmente, la mujer me entendió y me escribió los códigos numerales para esa sección. Empujado por la curiosidad y el ímpetu investigador me abalancé hacia la sección y empecé a rastrear título por título. Después de un par de minutos me quedé de piedra, sin aliento. No me lo podía creer. Tenía enfrente de mí un libro que rezaba: 1421, The Year China discovered America (1421, el año en que China descubrió América). Cogí el libro con la máxima celeridad posible y me fui a una de las mesas a leerlo. Cuando me senté a la mesa las piernas me temblaban. Estaba lleno de emoción. El corazón me palpitaba con fuerza y notaba como los ojos comenzaban a acumular lagrimilla. Fue un momento de revelación. En aquel instante sentía que estaba a punto de cambiar por completo mi percepción de la historia. Ya no se trataba solo de una teoría de un profesor cualquiera que te cuenta unas cuantas historias que pueden ser verdad o mentira. Ante mis ojos tenía un libro de 700 páginas que en la introducción aseguraba que los chinos habían llegado mucho antes que los españoles al Nuevo Mundo y que en las siguientes páginas se iban a presentar las pruebas que demuestran esta teoría.
El autor del libro, Gavin Menzies, ofrecía en aquel momento de orgasmo histórico un nivel de confianza añadido, ya que estamos hablando de un ex comandante de submarino de la Armada Imperial británica que se recorrió todos los mares, estrechos y cabos que hay en el mundo y que tiene un gran conocimiento de cartografía y astrología. Menzies empezó su interés por este asunto cuando descubrió un mapa datado en 1424 y trazado por un veneciano llamado Zuane Pizzigano. En ese mapa, dibujado 68 años antes de que Colón llegase al Caribe, aparecían cuatro islas en el oeste del Atlántico. Menzies se quedó muy sorprendido al ver esas islas. En principio nadie había navegado al oeste del Atlántico y encontrado tierra hasta el viaje de Colón. ¿Cómo era posible que en un mapa de los años 20 del siglo XV estuviesen pintadas cuatro islas coincidentes con lo que hoy es el Caribe con los nombres de: Satanes, Antilla, Saya y Ymana? Acto seguido llega la explicación.
La única potencia que por aquel entonces tenía el conocimiento, la logística y el saber-hacer para trazar un mapa con tal exactitud era la China imperial de Zhu Di, el Hijo del Cielo. Menzies describe con gran detalle la china de Zhu Di y el relato es escalofriante. Zhu Di fue el emperador de la dinastía Ming que trasladó la capital del imperio chino de Nanjing a Pekín y bajo su mandato se construyó la Ciudad Prohibida y la mayor flota fluvial y marítima que la historia jamás ha visto. Zhu Di representa el apogeo más absoluto de la historia imperial china. Bajo su mandato se construyeron nada más y nada menos que 1681 navíos comerciales, 250 de ellos eran ‘barcos tesoro’ de 9 mástiles que podían albergar dentro de sus barrigas 5 carabelas como la Pinta, la Niña y la Santa María de Colón. ¡Una pasada! En total la flota de Zhu Di consistía en 3.750 navíos, 1.350 eran barcos patrulla para proteger la costa china, 400 eran barcos de guerra de mayor envergadura y otros 400 eran buques de carga para transportar grano, agua y caballos para que la flota de Zhu Di pudiese navegar los 7 mares del planeta y someter a su sistema de tributos a todos los pueblos del mundo. El nombre de China en chino es “Zhongguo”, lo que significa “El Reino Central”. Por aquel entonces Pekín, concretamente la Ciudad Prohibida, era el centro del mundo. El centro del poder absoluto. El hogar de Zhu Di, el Hijo del Cielo.
El profesor en cuestión, sin embargo, me rebatía todo esto mostrándome pruebas sobre el terreno de que los mayas ya usaban los metales y de que su conocimiento astrológico y matemático era muy superior al de los europeos en que aquel tiempo, con lo cual es muy poco probable que no dominasen también la escritura para acumular y preservar entre generaciones ese saber científico. En cuanto a los mares, bien es sabido que los chinos tenían un gran dominio de la navegación transoceánica incluso antes del siglo XV. Siguiendo la teoría de este profesor, toda esta información fue eliminada de los libros de historia por los españoles y la Iglesia Católica que se encargaron durante siglos de purgar toda evidencia en este sentido. En pleno auge del Imperio Español quedaba mal reconocer que los asiáticos y los habitantes del Nuevo Mundo estaban mucho más avanzados que los propios españoles. Se vendía mucho mejor la historia de que esa gente estaba totalmente incivilizada, andaba con tapa-rabos por entre la selva cazando animales con flechas y arcos, no tenían ni idea de escribir, usar metales o navegar y, lo más importante, no conocían la palabra de Cristo. Esta propaganda imperial hizo que la verdadera historia quedase anulada por completo. Como es bien sabido, la historia siempre la escriben los vencedores, y desde la llegada de Colón a lo que hoy es América está claro que los occidentales han sido los que han dominado el mundo y los que han controlado el saber.
El tema este del posible contacto marítimo transpacífico entre el Imperio Chino y el Imperio Maya me rondó la cabeza unas cuantas semanas cuando andaba por el sur de México pero después me fui para Cuba y mi atención se centró en la Revolución de Fidel con lo cual el asunto cayó progresivamente en el olvido. La curiosidad volvió a aflorar hace dos meses al llegar a China. Leyendo la historia de este país descubrí que la dinastía Ming tenía a principios del siglo XV una flota naval inmensa que controlaba los mares desde Pekín hasta el este de África. Al leer esto sonaron las campanas en mi cabeza y me acordé del profesor de México. Me dije: “Si es verdad que los chinos llegaron a América antes que Colón entonces tuvo que ser en la época Ming”. Al día siguiente me fui a la biblioteca de la Academia China de Ciencias Sociales a la sección de libros en idiomas occidentales y con bastante dificultad le expliqué a la bibliotecaria (que tenía un inglés muy limitado) que quería echarle un vistazo a la sección de historia china, concretamente al período de la dinastía Ming. Finalmente, la mujer me entendió y me escribió los códigos numerales para esa sección. Empujado por la curiosidad y el ímpetu investigador me abalancé hacia la sección y empecé a rastrear título por título. Después de un par de minutos me quedé de piedra, sin aliento. No me lo podía creer. Tenía enfrente de mí un libro que rezaba: 1421, The Year China discovered America (1421, el año en que China descubrió América). Cogí el libro con la máxima celeridad posible y me fui a una de las mesas a leerlo. Cuando me senté a la mesa las piernas me temblaban. Estaba lleno de emoción. El corazón me palpitaba con fuerza y notaba como los ojos comenzaban a acumular lagrimilla. Fue un momento de revelación. En aquel instante sentía que estaba a punto de cambiar por completo mi percepción de la historia. Ya no se trataba solo de una teoría de un profesor cualquiera que te cuenta unas cuantas historias que pueden ser verdad o mentira. Ante mis ojos tenía un libro de 700 páginas que en la introducción aseguraba que los chinos habían llegado mucho antes que los españoles al Nuevo Mundo y que en las siguientes páginas se iban a presentar las pruebas que demuestran esta teoría.
El autor del libro, Gavin Menzies, ofrecía en aquel momento de orgasmo histórico un nivel de confianza añadido, ya que estamos hablando de un ex comandante de submarino de la Armada Imperial británica que se recorrió todos los mares, estrechos y cabos que hay en el mundo y que tiene un gran conocimiento de cartografía y astrología. Menzies empezó su interés por este asunto cuando descubrió un mapa datado en 1424 y trazado por un veneciano llamado Zuane Pizzigano. En ese mapa, dibujado 68 años antes de que Colón llegase al Caribe, aparecían cuatro islas en el oeste del Atlántico. Menzies se quedó muy sorprendido al ver esas islas. En principio nadie había navegado al oeste del Atlántico y encontrado tierra hasta el viaje de Colón. ¿Cómo era posible que en un mapa de los años 20 del siglo XV estuviesen pintadas cuatro islas coincidentes con lo que hoy es el Caribe con los nombres de: Satanes, Antilla, Saya y Ymana? Acto seguido llega la explicación.
La única potencia que por aquel entonces tenía el conocimiento, la logística y el saber-hacer para trazar un mapa con tal exactitud era la China imperial de Zhu Di, el Hijo del Cielo. Menzies describe con gran detalle la china de Zhu Di y el relato es escalofriante. Zhu Di fue el emperador de la dinastía Ming que trasladó la capital del imperio chino de Nanjing a Pekín y bajo su mandato se construyó la Ciudad Prohibida y la mayor flota fluvial y marítima que la historia jamás ha visto. Zhu Di representa el apogeo más absoluto de la historia imperial china. Bajo su mandato se construyeron nada más y nada menos que 1681 navíos comerciales, 250 de ellos eran ‘barcos tesoro’ de 9 mástiles que podían albergar dentro de sus barrigas 5 carabelas como la Pinta, la Niña y la Santa María de Colón. ¡Una pasada! En total la flota de Zhu Di consistía en 3.750 navíos, 1.350 eran barcos patrulla para proteger la costa china, 400 eran barcos de guerra de mayor envergadura y otros 400 eran buques de carga para transportar grano, agua y caballos para que la flota de Zhu Di pudiese navegar los 7 mares del planeta y someter a su sistema de tributos a todos los pueblos del mundo. El nombre de China en chino es “Zhongguo”, lo que significa “El Reino Central”. Por aquel entonces Pekín, concretamente la Ciudad Prohibida, era el centro del mundo. El centro del poder absoluto. El hogar de Zhu Di, el Hijo del Cielo.
No hay evento que demuestre mejor la culminación del poder chino como la fiesta de inauguración de la Ciudad Prohibida, que se celebró el día del año nuevo chino, el 2 de febrero de 1421. Para la ocasión se invitaron a todos los reyes y señores de todos los territorios sometidos al sistema de tributos chino. Todos ellos debían de arrodillarse ante Zhu Di y tocar el suelo con sus frentes en muestra de sumisión y adoración. Los que no lo hacían bien, tenían que repetir la humillación hasta que Zhu Di daba el visto bueno. Normalmente, los jefes de los reinos sometidos por el Imperio Ming más recientemente o con mayor esfuerzo tenían que arrodillarse hasta tres veces. Menzies destaca que la política exterior china era muy diferente a la de los reinos europeos de la época. Lo chinos conseguían sus objetivos a través del comercio, la influencia y el soborno, no buscaban el conflicto armado ni la colonización directa. La flota imperial china visitaba los diferentes territorios de ultramar periódicamente para el intercambio comercial y la recolecta de tributos y su imponente presencia llegaba de sobras para someter a los líderes de esos territorios que pagaban de buena gana los tributos a cambio de protección imperial china. Los chinos además eran unos comerciantes muy benévolos. Intercambiaban las mejores sedas, porcelanas y jades por especias y animales exóticos. Vamos, que el intercambio perjudicaba más a los chinos que a los territorios sumisos.
Para la inauguración de la Ciudad Prohibida llegaron, entre otros, los jefes de estado de Malaca, Java, Sumatra, Corea y Japón. Hasta llegaron emisarios de la India, del Golfo Pérsico y de regiones tan distantes como Sudán y Somalia en el este de África. Todos llegaban en lo inmensos navíos chinos que cruzaban los océanos como el cuchillo corta la mantequilla. A los reyes europeos Zhu Di ni los invitó. Eran pueblos bárbaros que no tenían nada que ofrecer al Imperio Chino. Para los representantes de los diferentes territorios llegar a Pekín era como llegar al paraíso. Los navíos chinos estaban mejor decorados que los transatlánticos de lujo de hoy. Los invitados podían disfrutar de un viaje placentero entre las mejoras sedas, los vinos más refinados y las porcelanas más delicadas. Para entretener a los emisarios, Zhu Di asignaba a cada barco un número considerable de mujeres de palacio, todas vírgenes. Zhu Di tenía más de 2.000 concubinas permanentemente a su disposición. Las elegía él una por una. El sueño de estas preciosidades llegadas de todas las esquinas de China e instruidas en las mejores artes escénicas y amorosas era conocer al emperador, pero muchas de ellas, pese a vivir en la Ciudad Prohibida, sólo veían a Zhu Di el día de su selección. Las destinadas a las misiones diplomáticas ya podían olvidarse de conocer a Zhu Di. Éste sólo tenía sexo con vírgenes, y para el día a día como emperador tenía a la emperatriz. Cabe señalar aquí además que en la zona privada de la Ciudad Prohibida vivían también unos 2.000 varones sirvientes que servían al emperador en todas las facetas de la vida y de gobierno. Todos ellos eran, sin embargo, eunucos. Es decir, no tenían miembro viril. Zhu Di no quería dejar margen de error. Con 2.000 concubinas y 2.000 varones sirvientes la atracción sexual podía ser peligrosa. Para evitar malos entendidos y suspicacias y para asegurarse de que cada niño en la Ciudad Prohibida fuese hijo suyo y, por lo tanto, nieto del cielo, pues lo mejor que se le ocurrió fue castrar a todos los varones.
Cuando los emisarios llegaban a la Ciudad Prohibida su asombro y admiración no tenía fin. Cualquiera que haya visitado la Ciudad Prohibida puede entender esta circunstancia. El marco es simplemente apoteósico. Aparte de todos los lujos chinos, Zhu Di además tenía bajo sus órdenes a más de 2.000 académicos y 120 filósofos que tenían la orden de acumular todo el saber y la literatura que existiese en el mundo. Estos académicos se unían a las misiones de ultramar y sus conocimientos en matemáticas, astrología, botánica y todas las demás ciencias naturales y sociales no tenían parangón. La biblioteca de la Ciudad Prohibida tenía entonces 4.000 volúmenes y en los mercados de Pekín se podían comprar cientos de libros. No había nada similar en ninguna parte del mundo. En Europa la imprenta llegaría cientos de años después y en 1421 la persona que tenía más libros en el viejo continente era Francesco Datini, un mercante adinerado de Florencia, que poseía 12 libros, ocho de los cuales eran de temas religiosos.
Menzies dice que el banquete de la inauguración de la Ciudad Prohibida muestra claramente dónde estaba China y dónde quedaba Europa en aquellos momentos. En Pekín se sentaron sobre asientos de pura seda 26.000 invitados que comieron un menú de 10 platos de las mejores comidas, condimentadas con las mejores especias y servidas en la porcelana más fina. Tres semanas más tarde, apunta Menzies, se celebró en Inglaterra la boda de Enrique V y Catarina de Valois. Asistieron 600 invitados y el banquete consistió en rondas de merluza salada servidas en trozos de pan que hacían a su vez de plato. Catarina de Valois no vistió ni bragas ni medias en la noche nupcial, mientras que la concubina más sensual de Zhu Di vestía ropa interior de la seda más preciosa y lucía joyas provenientes de Persia, la India, Sri Lanka y Asia Central.
Los emisarios de los diferentes territorios tributarios se quedaron en Pekín un mes más comiendo las mejores comidas, bebiendo los vinos más elaborados, disfrutando de los entretenimientos más variados y de la sexualidad más ardiente de las concubinas imperiales. No es de extrañar que los emisarios profesasen toda la sumisión del mundo a Zhu Di. Supongo que se marcharían de Pekín con lágrimas en los ojos y con el corazón en un puño. No debe ser fácil dejar el paraíso una vez que lo has conocido. Pero para Zhu Di y su armada el viaje de retorno de los emisarios significaba dar un gran paso en la historia. Aprovechando que había que llevar de vuelta a los emisarios a lo largo de todo el Océano Índico, se decidió que la flota de Zhu Di, encabezada por su almirante Zheng He, el eunuco más fiel y más fuerte de la Corte Imperial, explorase las tierras que quedan más allá del este de África que era lo que se conocía hasta ese momento. Es en este viaje que dura 3 años, de 1421 a 1424, China llega a lo que hoy se conoce como las Américas y establece lazos comerciales con esas tierras. La evidencia de todo ello es muy escasa porque China cambia completamente en esos tres años. Cuando los almirantes vuelven de la mayor aventura naval que un marino ha realizado en la historia se encuentran con un país completamente distinto, en plena convulsión.
La inauguración de la Ciudad Prohibida y la salida de la Armada Imperial china hacia nuevos mundos es el colofón del poder de la dinastía Ming. A partir de ahí empieza el declive del poder chino. La construcción de la Ciudad Prohibida supuso un esfuerzo demoledor para el país. Se necesitaron cientos de miles de trabajadores para construir la Armada y la Ciudad Prohibida y para abastecerlos se tuvieron que absorber grandes cantidades de recursos de todas las partes de China. Toda la comida, el agua, la madera y la mano de obra se destinaba a Pekín y el descontento entre la población se hizo cada vez mayor. Meses después de la salida a mar de la Armada, la Ciudad Prohibida sufrió un incendio y se quemó en gran parte. Las gentes, y sobre todo las voces disidentes entre los burócratas imperiales, también conocidos como Mandarines, empezaron a decir que el incendio había sido un castigo del cielo a su hijo por la monstruosidad de construir una ciudad de lujo para él absorbiendo toda la riqueza del país. De golpe y plumazo esa riqueza ahora se había convertido en ceniza y el descontento entre el pueblo y las elites era general. Zhu Di, ya entrado en edad, cayó enfermo poco después del incendio y poco después falleció. Su hijo tomó el trono y, bajo la presión de los altos mandarines de la burocracia estatal, cambió radicalmente el curso de su país. Con las arcas del estado en ruina por los gastos de la Ciudad Prohibida y la Armada Imperial, el hijo de Zhu Di promulgó un decreto prohibiendo terminantemente los viajes marítimos de todo tipo y ordenando la destrucción de todo el conocimiento marítimo adquirido durante décadas. A partir de ahí China se encierra y no vuelve a abrirse al mundo hasta 1978 con la reforma y apertura de Den Xaoping. Los giros que da la historia. Es increíble. ¿Qué pasaría si la Armada China llegase de nuevo a casa en 1424, después de tres años de explorar nuevos mundos y establecer lazos comerciales con diferentes pueblos, y fuese recibida con honores y se utilizase todo ese conocimiento para seguir avanzando en el comercio entre China y lo que hoy es América? Pues seguro que hoy tendríamos otro mundo. En cambio, lo que pasó fue que la Armada fue recibida con hostilidad y odio, dado que representaba el despilfarro marítimo de Zhu Di. Muchos de los supervivientes de aquella gran aventura fueron asesinados o encarcelados y la gran mayoría de los documentos fueron quemados. Sólo se salvaron algunos mapas que fueron los que llegaron a las manos de los portugueses y españoles varias décadas después.
Como no quedaron evidencias irrefutables de ese viaje, lo que voy a resumir ahora es la interpretación histórica de Gavin Menzies. Muchos historiadores reconocidos discuten su tesis. Menzies tiene 700 páginas de evidencia y yo sinceramente le creo, pero la duda sigue estando ahí porque, entre otras cosas, es muy difícil descubrir ahora lo que ha pasado hace 500 años. Aunque los mapas que usa Menzies mostrando las Américas están ahí y, según parece, mucho de ellos datan de mucho antes de la llegada de los españoles.
Para Menzies, la Armada encabezada por Zheng He sale de China con los emisarios y se dirige hacia la India. Poco a poco se van dejando a los jefes de estado en los distintos lugares, pasando por Calcuta, el Golfo Pérsico y Somalia hasta llegar a lo que hoy sería el centro de la costa este de África. Hasta aquí sería todo territorio conocido para los marinos chinos, que además eran capaces de calcular perfectamente la longitud y la latitud de su posición por ser grandes expertos en la observación de la estrella polar. El gran salto a lo desconocido se produjo cuando superaron la línea del Ecuador hacia el sur y perdieron el contacto visual con la estrella polar. La Armada, sin embargo, tenía la referencia de la costa africana y siguió su curso hacia el sur. Previsiblemente llegaron hasta el Cabo de Buena Esperanza y ahí Menzies, gran conocedor de las corrientes marinas, dice que hay una corriente fortísima que tira del Cabo de Buena Esperanza hacia el noroeste a lo que hoy seria Cabo Verde (donde Menzies dice que hay huellas chinas de la época Ming). Siguiendo esa misma corriente durante varias semanas, los chinos con sus navíos inmensos y la determinación que llevaban en conocer nuevo mundo, pudieron llegar fácilmente a lo que hoy son las costas de Brasil. A partir de ahí la historia es fácil de predecir. Una vez que llegas a una costa lo que haces es seguirla para ver adónde llegas. Los chinos, sabedores de que la tierra era redonda, seguramente tiraron hacia el sur. Principalmente porque para poder dominar los mares del mundo necesitaban encontrar en el hemisferio sur una estrella similar a la estrella polar para poder calcular longitud y latitud. Hasta ese momento sólo podían calcular la longitud con respecto a la estrella polar, pero les faltaba un punto de apoyo para calcular la latitud. Ese punto de apoyo serían la Cruz del Sur y la estrella de Canopus, la estrella más potente del hemisferio sur localizada muy cerca del polo sur.
Menzies cuenta como los chinos navegaron hasta el Antártico con el fin de poder estar justo debajo de estas dos estrellas para fijar el punto de referencia opuesto a la estrella polar. Una vez llegados allí se toparían con lo que hoy se conoce como el Estrecho de Magallanes y de ahí, después de luchar con los hielos antárticos, ya sería un juego de niños seguir la costa oeste de las Américas hasta California. Como he dicho antes, muchos dudan de la veracidad de la tesis de Menzies pero os aseguro que en las 700 páginas hay muchos ejemplos de huellas chinas en el continente americano y yo puedo corroborar muchas de ellas habiendo estado en muchos de esos lugares. Yo me creo la historia de Menzies, pero dejo a cada uno que saque sus propias conclusiones. Lo que está claro que el libro vale la pena, aunque todo sea una mentira.
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