domingo, 30 de agosto de 2009

Resucita la Tasa Tobin


Esta semana ha ocurrido algo que muchos consideraban impensable en la City de Londres. El presidente de la Autoridad de Servicios Financieros del Reino Unido, el máximo órgano regulador del sistema bancario británico, Lord Adiar Turner, ha sorprendido a la comunidad financiera mundial al declarar que la aplicación de la Tasa Tobin sobre las transacciones financieras sería una buena idea para reducir el tamaño, y consecuentemente el riesgo, del sector bancario de nuestras economías.

La Tasa Tobin lleva su nombre por James Tobin, un premio Nobel de economía que propuso en los años 70 aplicar una pequeña tasa de 0.1% a 0.25% sobre las transacciones de divisas para conseguir, en sus propias palabras, dos objetivos: “El primero sería hacer que los tipos de cambio en la divisas reflejen más los fundamentos económicos a largo plazo que las expectativas y los riesgos a corto plazo y el segundo sería preservar y promover la autonomía de las políticas macroeconómicas y monetarias frente a los mercados”. Para aquellos que no entiendan mucho de economía, el primer objetivo trata de reducir la especulación en los mercados de divisas y el segundo hace referencia a que, cuando hay una crisis, las autoridades puedan aumentar las tasas sobre las transacciones financieras y así evitar la huida de capital, como pasó por ejemplo en Argentina hace unos años.

En tiempos normales, fuera de crisis, la Tasa Tobin que se propone hoy en día sería mínima, de 0.1%, y serviría por un lado para echar un poco de “arena al engranaje del mercado” y evitar así burbujas como la que nos ha llevado a la crisis de hoy y, por otro, para recaudar fondos públicos, bien para mejorar la red de servicios públicos o para cooperación y desarrollo mundial. Estas características distributivas han hecho que la Tasa Tobin haya ganado en los últimos años el respaldo de economistas heterodoxos, centrados en el desarrollo, y organizaciones sociales como ATTAC que luchan por una justicia social global. La iniciativa ha sido incluso discutida en los últimos años en los parlamentos de Francia, Bélgica y España tras ser promovida por diputados de izquierdas.

Sin embargo, a pesar de todos estos esfuerzos, la propuesta nunca ha tomado fuerza porque para implementarla hay que introducirla en todos los centros financieros del mundo. No sirve de nada aplicarla en España o Francia, ni siquiera es suficiente introducirla en toda la Unión Europea porque los operadores de mercados de divisas simplemente escaparían al Reino Unido o los Estados Unidos, donde la Tasa Tobin siempre se ha considerado una utopía de izquierdas que va totalmente en contra de los negocios y el mercado libre tan enraizados en esas culturas. Los críticos añadían además que la aplicación de esa tasa a nivel global sería técnicamente imposible, por el volumen de transacciones, y políticamente difícil porque habría primero que decidir quién recauda el dinero público global y quién se va poder beneficiar de él.

Es justamente por todo esto que las declaraciones de la máxima autoridad supervisora de la banca británica han levantado tanto debate en la City de Londres y en Wall Street esto días. Los operadores de divisas están incrédulos. ¿Será verdad que Lord Turner va en serio? ¿Nos echarán encima el monstruo de la Tasa Tobin? Avinash Persaud, viejo conocido de los mercados de divisas por se un ex operador, acaba de escribir en el Financial Times que tal como está integrado hoy el sistema financiero mundial la aplicación de la Tasa Tobin sería más fácil que nunca desde el punto de vista técnico. Lo único que hace falta es voluntad política. Algo que no es fácil teniendo en cuenta los poderes que tiene la banca, pero como dice él: “igual de difícil era escuchar a Lord Turner apoyar la Tasa Tobin, y ha sucedido”.

Artículo publicado en las páginas webs de ATTAC España y Xornal de Galicia, el 30 de agosto de 2009

http://www.xornal.com/opinions/2009/08/29/Opinion/resucita-taxa-tobin/2009082918554296249.html

http://www.attac.es/resucita-la-tasa-tobin/

sábado, 8 de agosto de 2009

La llamada del muecín


Llevo algo menos de 48 horas en la península arábica, concretamente en la ciudad de Doha, capital de Qatar y ya me siento con la necesidad de contar mis primeras experiencias. He llegado aquí acompañando a mi novia Moodthy, que ha venido a visitar a su padre, que es qatarí. El viaje en avión desde Heathrow a Doha, pasando por Bahrein, fue normalito, como cualquier otro viaje, aunque obviamente los elementos extraños fueron oír las indicaciones de avión en inglés y en árabe y ver tanta mujer con pañoleta o niqab en tan poco espacio.

Según bajamos del avión, ya nos saludó una brisa ardiente proveniente del Golfo Pérsico. Eran las 9 y 10 de la noche, y no había ni una gota de sol, pero la temperatura debía estar entorno a los 40 grados. O sea, fue salir del avión y entrar en una sauna. Nos resguardamos rápidamente de la ola de calor entrando en el autobús con aire acondicionado que nos llevo directamente a la Terminal. Allí ya nos estaban esperando unas azafatas, que habían sido contratadas previamente para facilitar nuestra entrada en el país y reducir a lo más mínimo el siempre latoso ejercicio de conseguir una visa de entrada. Todo sucedió en pocos minutos. Las amables azafatas de origen indio (de la India) nos pidieron los pasaportes y en un abrir y cerrar de ojos, ya tenia mi pasaporte cuñado y ya nos estaban pasando por un corredor especial, saltándonos todas las colas, para la inspección personal de aduanas y la entrada en Qatar.

Al salir del aeropuerto, lo primero en que me fijé fue en los coches. Casi todos cuatro por cuatros de alto cilindraje al más puro estilo yanki, aunque la mayoría de ellos son de fabricación japonesa. Qatar es bastante plana en cuanto a arquitectura, menos el distrito financiero y la parte moderna, que presentan unas cuantas decenas de rascacielos deslumbrantes. La altura física de la ciudad sin embargo se ha visto afectada en las últimas semanas por una tormenta de arena proveniente de Irak que ha traído, según nos dijo el padre de Moodthy, no sé cuantas cientos de toneladas de nueva arena a este desierto hecho habitable por la fuerza humana. Realmente es impresionante ver como el ser humano ha sido capaz de construir ciudades en desiertos inhóspitos. Circulando por las calles de Qatar, uno se da cuenta que todo lo que no está asfaltado es arena, simple arena, o césped mantenido a base de millones de litros de agua desalada.

El calor aquí es impresionante. Y eso que ahora mismo me dicen que el tiempo es bastante agradable. Ayer por la noche estábamos a 40 grados pero no se sentía mucha humedad. Corría una brisa calurosa que hacía posible el respirar. Hoy esa brisa persiste aunque cargada con unos cuantos grados más. Dentro de las casas, casi todas las habitaciones están equipadas con aire acondicionado, que suele estar puesto a unos agradables aunque frescos 23 grados (por lo menos no a 16 grados como lo tenía puesto mi amigo Joe de Miami). Yo sin embargo no soy muy partidario del aire condicionado y les dije a mis anfitriones que iba a prescindir de él en mi habitación lo máximo posible. Ellos me dijeron que era imposible vivir aquí sin aire acondicionado. Yo les rebatí que antes, en tiempos remotos, no había aire acondicionado y que la gente solía vivir igual. A esto el padre de Moodthy, con mucha calma y sin levantar la voz, contestó que sí que era verdad que antes no había aire acondicionado, que su madre antes de dormir mojaba bien las sábanas en agua, las retorcía un poco y él se envolvía en ellas para poder dormir, hecho que tenía que suceder en menos de 20 minutos porque después las sábanas se secarían y ya sería más difícil enganchar el sueño. Ante estas complicaciones, la comodidad de encender o apagar con el mando a distancia el aire acondicionado resultaba bastante obvia y su negación casi una herejía.


Yo sin embargo pequé y apagué el aire acondicionado de mi habitación según llegué. Me dije: “Si la habitación está ahora a 23 grados, aguantará fresca hasta por la mañana”. Parvo de mí, a las dos horas ya podía sentir el calor pegado a mi cuerpo y los primeros brotes de sudor. No me importó, sin embargo, después de tantos meses en Inglaterra y unas vacaciones fresquitas en A Coruña, disfruté de sentir calor en la cama y no tener que cubrirme con nada. Me recordó a mis tiempos por Latinoamérica, sobre todo a mis noches en Nicaragua, Panamá o Brasil (Austin, en Texas, también fue un sitio donde pasé mucho calor, sobre todo por la humedad). Ésta creo que es la mayor diferencia. A las personas que viven en lugares de mucho calor, les agrada dormir tapados y por eso ponen el aire acondicionado a una temperatura entorno a los 20 grados. A los que nos ha tocado la cruz o la bendición (depende de cómo se mire) de tener que dormir la mayoría de las noches de nuestras vidas tapados, nos resulta tremendamente agradable poder estirarnos en la cama sin nada y sentir el calor pegadizo a flor de piel.


Dormí como un santo hasta que a las cinco de la madrugada llegó uno de los momentos más esperados en mi vida. Siempre me he dicho que me gustaría despertarme al canto del muecín. Algo que siempre había leído, escuchado o visto por la tele, pero nunca había tenido la oportunidad de vivir. Esta noche sucedió. Cuando me acosté tenía miedo de no despertar, pero parece que mi cuerpo estaba esperando este momento tanto como mi mente. Con el primer rayo de sol, llegó también la primera llamada a la oración del muecín. Fue un momento especial, sin duda. Como dijo en su día Octavio Paz, el canto del muecín perforó el silencio de la noche qatarí y me despertó instantáneamente. Fue un layar estirado y profundo, desde el fondo de la garganta. Duró poco (o por lo menos yo lo oí por poco tiempo), pero fue intenso y con eco. En Qatar el canto de los muecines va por cadena, empieza por la zona este de la ciudad y acaba por la zona oeste, según se va abriendo paso el sol. Cuando acaba el muecín de una mezquita, empieza el de la siguiente. Y así lo viví. El canto del muecín de mi mezquita se apagó lentamente, y el de la siguiente reavivó la llama, pero ya más en la distancia, y así lentamente y en medio de una paz absoluta, me volví a quedar dormido.



Hoy es viernes y fue día del sermón de los viernes, con lo cual pude escuchar toda una lección coránica desde mi habitación según salí de la ducha. La verdad es que me gustaría saber lo que dijo el imán, aunque según me contaron después esta vez no se trataba de política como me gustaría a mí, sólo se trataba de cómo llegó la exigencia de mirar a la Meca cuando se reza. Es decir, se trataba de una lección coránica y nada más.


Por lo que he visto en el día de hoy, los qataríes no se meten mucho en política. Este es un pueblo de paz. Lo que no es nada extraño con el calor que hace aquí. Aquí no te puedes alterar demasiado, no te puedes calentar demasiado la sangre sino paneas (supongo que esa será la razón de no permitir el alcohol). Aquí todo es en cámara lenta, el andar, el hablar, el comer, todo menos el conducir, que es alegre. Supongo que será porque tienen el aire acondicionado puesto y se ponen todos frenéticos, y también porque llenar el tanque de gasolina aquí cuesta 10 euros, lo que da pie a pisarle a fondo y comprarse un coche, o dos o tres, bien grandes. La mayoría de las casas aquí tienen varios coches. A nadie le gusta pasear durante el día bajo el castigo del sol y menos si, gracias al petróleo y el gas, hay dinero de sobra para evitarse ese y otros martirios (como la política).



Sin duda lo que más llama la atención es la vestimenta de los locales. Los hombres llevan su tradicional hábito o túnica blanca y en la cabeza el pañuelo blanco o de cuadrados rojos y blancos o negros y blancos tipo palestina con los aros negros para sujetarlo. La túnica suele llegar hasta los pies. Dicen que es muy cómoda para el calor, primero por el color blanco y también por lo holgada que es, evitando así fricciones innecesarias bajo 45 grados. Las mujeres en cambio van de negro, con túnica muy parecida que los hombres, pero con pañoleta, y algunas con niqab, que sólo deja ver los ojos. Las más atrevidas llevan una túnica negra con adornos de lentejuelas de colores, que parece que es la última moda. El asunto es llamar la atención sin dejar de respetar la tradición. Por debajo de la túnica negra muchas de ellas llevan vestimenta occidental y en muchos casos se pueden ver los pantalones vaqueros asomar por los bajos, algo que no sucedía antaño. A las qataríes les encanta además el maquillaje. Según me han dicho, se pasan horas delante del espejo, además lo pude comprobar en persona en aquellas que enseñan la cara. El hecho de llevar la cara tapada o no parece que depende sobre todo de la voluntad de la mujer. Como se sienta más cómoda ella. El caso es evitar llamar la atención de los hombres y eso seguro que se consigue con semejante manto negro.



No todas las mujeres u hombres de Qatar se visten así de todas formas. La mayoría de los locales sí, pero también hay mucha gente extranjera. Abundan los indios y los filipinos, pero también hay paquistaníes y chinos, y también occidentales (aunque no muchos). Hay también mujeres qataríes como mi novia y otras mujeres de otros países árabes que tampoco siguen la vestimenta tradicional, bien sea porque no viven aquí o porque son rebeldes. La verdad es que este lugar está experimentando unos cambios enormes en los últimos años. La transformación es inmensa, aunque más física que mental, ya que esta última siempre tarda más tiempo, aquí y en todas las partes del mundo. Aunque parece que aquí más porque todo es más lento por el clima. Ahora me estoy dando cuenta de eso. Hoy no he hecho mucho y estoy reventado. El calor te vuelve lento. Eso es un hecho. A mí me gusta andar en el amplio sentido de la palabra, pero aquí no me va a quedar otro remedio que parar y, quizás, encender más veces de las esperadas el aire acondicionado.

martes, 2 de junio de 2009

1421, el año en que China llegó a América


Esta historia no comienza en China, empieza en México hace unos cuantos años cuando visité las ruinas mayas de Palenque, en la región de Chiapas. Allí tuve la suerte de conocer un profesor en antropología que me explicó sobre las mismas piedras centenarias mayas desgastadas por el tiempo y los turistas su osada teoría basada en el convencimiento de que ya existía comercio entre lo que hoy es el sur de México y la China ancestral antes de que Colón llegase a las Indias. Esta interpretación de la historia me resultó extremadamente interesante desde el primer momento y seguí con minuciosa atención todas las explicaciones del profesor. Durante horas me estuvo indicando y señalando lo que él considera clara evidencia de que hubo contacto entre lo que hoy es Asia y las Américas antes de que los españoles llagaran al Nuevo Mundo. Las pirámides mayas tienen mucha similitud con las pirámides egipcias y todavía más con las chinas porque están escalonadas. La orfebrería, la loza y la porcelana son semejantes y lo más curioso es que en los muros de las ruinas de Palenque se pueden distinguir esfinges egipcias y dragones y fénix chinos. Yo absorbí toda esta información con un enorme interés pero con cierta incredulidad, porque a mí en la escuela y en mi casa me habían explicado la historia de manera muy diferente. Siempre me habían dicho que los españoles habían sido los que habían descubierto las Américas y que en ese Nuevo Mundo vivían pueblos nativos con sus civilizaciones, pero con un grado de desarrollo muy inferior al español, sobre todo en cuanto al uso de los metales, la escritura y el dominio de los mares.

El profesor en cuestión, sin embargo, me rebatía todo esto mostrándome pruebas sobre el terreno de que los mayas ya usaban los metales y de que su conocimiento astrológico y matemático era muy superior al de los europeos en que aquel tiempo, con lo cual es muy poco probable que no dominasen también la escritura para acumular y preservar entre generaciones ese saber científico. En cuanto a los mares, bien es sabido que los chinos tenían un gran dominio de la navegación transoceánica incluso antes del siglo XV. Siguiendo la teoría de este profesor, toda esta información fue eliminada de los libros de historia por los españoles y la Iglesia Católica que se encargaron durante siglos de purgar toda evidencia en este sentido. En pleno auge del Imperio Español quedaba mal reconocer que los asiáticos y los habitantes del Nuevo Mundo estaban mucho más avanzados que los propios españoles. Se vendía mucho mejor la historia de que esa gente estaba totalmente incivilizada, andaba con tapa-rabos por entre la selva cazando animales con flechas y arcos, no tenían ni idea de escribir, usar metales o navegar y, lo más importante, no conocían la palabra de Cristo. Esta propaganda imperial hizo que la verdadera historia quedase anulada por completo. Como es bien sabido, la historia siempre la escriben los vencedores, y desde la llegada de Colón a lo que hoy es América está claro que los occidentales han sido los que han dominado el mundo y los que han controlado el saber.

El tema este del posible contacto marítimo transpacífico entre el Imperio Chino y el Imperio Maya me rondó la cabeza unas cuantas semanas cuando andaba por el sur de México pero después me fui para Cuba y mi atención se centró en la Revolución de Fidel con lo cual el asunto cayó progresivamente en el olvido. La curiosidad volvió a aflorar hace dos meses al llegar a China. Leyendo la historia de este país descubrí que la dinastía Ming tenía a principios del siglo XV una flota naval inmensa que controlaba los mares desde Pekín hasta el este de África. Al leer esto sonaron las campanas en mi cabeza y me acordé del profesor de México. Me dije: “Si es verdad que los chinos llegaron a América antes que Colón entonces tuvo que ser en la época Ming”. Al día siguiente me fui a la biblioteca de la Academia China de Ciencias Sociales a la sección de libros en idiomas occidentales y con bastante dificultad le expliqué a la bibliotecaria (que tenía un inglés muy limitado) que quería echarle un vistazo a la sección de historia china, concretamente al período de la dinastía Ming. Finalmente, la mujer me entendió y me escribió los códigos numerales para esa sección. Empujado por la curiosidad y el ímpetu investigador me abalancé hacia la sección y empecé a rastrear título por título. Después de un par de minutos me quedé de piedra, sin aliento. No me lo podía creer. Tenía enfrente de mí un libro que rezaba: 1421, The Year China discovered America (1421, el año en que China descubrió América). Cogí el libro con la máxima celeridad posible y me fui a una de las mesas a leerlo. Cuando me senté a la mesa las piernas me temblaban. Estaba lleno de emoción. El corazón me palpitaba con fuerza y notaba como los ojos comenzaban a acumular lagrimilla. Fue un momento de revelación. En aquel instante sentía que estaba a punto de cambiar por completo mi percepción de la historia. Ya no se trataba solo de una teoría de un profesor cualquiera que te cuenta unas cuantas historias que pueden ser verdad o mentira. Ante mis ojos tenía un libro de 700 páginas que en la introducción aseguraba que los chinos habían llegado mucho antes que los españoles al Nuevo Mundo y que en las siguientes páginas se iban a presentar las pruebas que demuestran esta teoría.

El autor del libro, Gavin Menzies, ofrecía en aquel momento de orgasmo histórico un nivel de confianza añadido, ya que estamos hablando de un ex comandante de submarino de la Armada Imperial británica que se recorrió todos los mares, estrechos y cabos que hay en el mundo y que tiene un gran conocimiento de cartografía y astrología. Menzies empezó su interés por este asunto cuando descubrió un mapa datado en 1424 y trazado por un veneciano llamado Zuane Pizzigano. En ese mapa, dibujado 68 años antes de que Colón llegase al Caribe, aparecían cuatro islas en el oeste del Atlántico. Menzies se quedó muy sorprendido al ver esas islas. En principio nadie había navegado al oeste del Atlántico y encontrado tierra hasta el viaje de Colón. ¿Cómo era posible que en un mapa de los años 20 del siglo XV estuviesen pintadas cuatro islas coincidentes con lo que hoy es el Caribe con los nombres de: Satanes, Antilla, Saya y Ymana? Acto seguido llega la explicación.

La única potencia que por aquel entonces tenía el conocimiento, la logística y el saber-hacer para trazar un mapa con tal exactitud era la China imperial de Zhu Di, el Hijo del Cielo. Menzies describe con gran detalle la china de Zhu Di y el relato es escalofriante. Zhu Di fue el emperador de la dinastía Ming que trasladó la capital del imperio chino de Nanjing a Pekín y bajo su mandato se construyó la Ciudad Prohibida y la mayor flota fluvial y marítima que la historia jamás ha visto. Zhu Di representa el apogeo más absoluto de la historia imperial china. Bajo su mandato se construyeron nada más y nada menos que 1681 navíos comerciales, 250 de ellos eran ‘barcos tesoro’ de 9 mástiles que podían albergar dentro de sus barrigas 5 carabelas como la Pinta, la Niña y la Santa María de Colón. ¡Una pasada! En total la flota de Zhu Di consistía en 3.750 navíos, 1.350 eran barcos patrulla para proteger la costa china, 400 eran barcos de guerra de mayor envergadura y otros 400 eran buques de carga para transportar grano, agua y caballos para que la flota de Zhu Di pudiese navegar los 7 mares del planeta y someter a su sistema de tributos a todos los pueblos del mundo. El nombre de China en chino es “Zhongguo”, lo que significa “El Reino Central”. Por aquel entonces Pekín, concretamente la Ciudad Prohibida, era el centro del mundo. El centro del poder absoluto. El hogar de Zhu Di, el Hijo del Cielo.


No hay evento que demuestre mejor la culminación del poder chino como la fiesta de inauguración de la Ciudad Prohibida, que se celebró el día del año nuevo chino, el 2 de febrero de 1421. Para la ocasión se invitaron a todos los reyes y señores de todos los territorios sometidos al sistema de tributos chino. Todos ellos debían de arrodillarse ante Zhu Di y tocar el suelo con sus frentes en muestra de sumisión y adoración. Los que no lo hacían bien, tenían que repetir la humillación hasta que Zhu Di daba el visto bueno. Normalmente, los jefes de los reinos sometidos por el Imperio Ming más recientemente o con mayor esfuerzo tenían que arrodillarse hasta tres veces. Menzies destaca que la política exterior china era muy diferente a la de los reinos europeos de la época. Lo chinos conseguían sus objetivos a través del comercio, la influencia y el soborno, no buscaban el conflicto armado ni la colonización directa. La flota imperial china visitaba los diferentes territorios de ultramar periódicamente para el intercambio comercial y la recolecta de tributos y su imponente presencia llegaba de sobras para someter a los líderes de esos territorios que pagaban de buena gana los tributos a cambio de protección imperial china. Los chinos además eran unos comerciantes muy benévolos. Intercambiaban las mejores sedas, porcelanas y jades por especias y animales exóticos. Vamos, que el intercambio perjudicaba más a los chinos que a los territorios sumisos.

Para la inauguración de la Ciudad Prohibida llegaron, entre otros, los jefes de estado de Malaca, Java, Sumatra, Corea y Japón. Hasta llegaron emisarios de la India, del Golfo Pérsico y de regiones tan distantes como Sudán y Somalia en el este de África. Todos llegaban en lo inmensos navíos chinos que cruzaban los océanos como el cuchillo corta la mantequilla. A los reyes europeos Zhu Di ni los invitó. Eran pueblos bárbaros que no tenían nada que ofrecer al Imperio Chino. Para los representantes de los diferentes territorios llegar a Pekín era como llegar al paraíso. Los navíos chinos estaban mejor decorados que los transatlánticos de lujo de hoy. Los invitados podían disfrutar de un viaje placentero entre las mejoras sedas, los vinos más refinados y las porcelanas más delicadas. Para entretener a los emisarios, Zhu Di asignaba a cada barco un número considerable de mujeres de palacio, todas vírgenes. Zhu Di tenía más de 2.000 concubinas permanentemente a su disposición. Las elegía él una por una. El sueño de estas preciosidades llegadas de todas las esquinas de China e instruidas en las mejores artes escénicas y amorosas era conocer al emperador, pero muchas de ellas, pese a vivir en la Ciudad Prohibida, sólo veían a Zhu Di el día de su selección. Las destinadas a las misiones diplomáticas ya podían olvidarse de conocer a Zhu Di. Éste sólo tenía sexo con vírgenes, y para el día a día como emperador tenía a la emperatriz. Cabe señalar aquí además que en la zona privada de la Ciudad Prohibida vivían también unos 2.000 varones sirvientes que servían al emperador en todas las facetas de la vida y de gobierno. Todos ellos eran, sin embargo, eunucos. Es decir, no tenían miembro viril. Zhu Di no quería dejar margen de error. Con 2.000 concubinas y 2.000 varones sirvientes la atracción sexual podía ser peligrosa. Para evitar malos entendidos y suspicacias y para asegurarse de que cada niño en la Ciudad Prohibida fuese hijo suyo y, por lo tanto, nieto del cielo, pues lo mejor que se le ocurrió fue castrar a todos los varones.


Cuando los emisarios llegaban a la Ciudad Prohibida su asombro y admiración no tenía fin. Cualquiera que haya visitado la Ciudad Prohibida puede entender esta circunstancia. El marco es simplemente apoteósico. Aparte de todos los lujos chinos, Zhu Di además tenía bajo sus órdenes a más de 2.000 académicos y 120 filósofos que tenían la orden de acumular todo el saber y la literatura que existiese en el mundo. Estos académicos se unían a las misiones de ultramar y sus conocimientos en matemáticas, astrología, botánica y todas las demás ciencias naturales y sociales no tenían parangón. La biblioteca de la Ciudad Prohibida tenía entonces 4.000 volúmenes y en los mercados de Pekín se podían comprar cientos de libros. No había nada similar en ninguna parte del mundo. En Europa la imprenta llegaría cientos de años después y en 1421 la persona que tenía más libros en el viejo continente era Francesco Datini, un mercante adinerado de Florencia, que poseía 12 libros, ocho de los cuales eran de temas religiosos.

Menzies dice que el banquete de la inauguración de la Ciudad Prohibida muestra claramente dónde estaba China y dónde quedaba Europa en aquellos momentos. En Pekín se sentaron sobre asientos de pura seda 26.000 invitados que comieron un menú de 10 platos de las mejores comidas, condimentadas con las mejores especias y servidas en la porcelana más fina. Tres semanas más tarde, apunta Menzies, se celebró en Inglaterra la boda de Enrique V y Catarina de Valois. Asistieron 600 invitados y el banquete consistió en rondas de merluza salada servidas en trozos de pan que hacían a su vez de plato. Catarina de Valois no vistió ni bragas ni medias en la noche nupcial, mientras que la concubina más sensual de Zhu Di vestía ropa interior de la seda más preciosa y lucía joyas provenientes de Persia, la India, Sri Lanka y Asia Central.

Los emisarios de los diferentes territorios tributarios se quedaron en Pekín un mes más comiendo las mejores comidas, bebiendo los vinos más elaborados, disfrutando de los entretenimientos más variados y de la sexualidad más ardiente de las concubinas imperiales. No es de extrañar que los emisarios profesasen toda la sumisión del mundo a Zhu Di. Supongo que se marcharían de Pekín con lágrimas en los ojos y con el corazón en un puño. No debe ser fácil dejar el paraíso una vez que lo has conocido. Pero para Zhu Di y su armada el viaje de retorno de los emisarios significaba dar un gran paso en la historia. Aprovechando que había que llevar de vuelta a los emisarios a lo largo de todo el Océano Índico, se decidió que la flota de Zhu Di, encabezada por su almirante Zheng He, el eunuco más fiel y más fuerte de la Corte Imperial, explorase las tierras que quedan más allá del este de África que era lo que se conocía hasta ese momento. Es en este viaje que dura 3 años, de 1421 a 1424, China llega a lo que hoy se conoce como las Américas y establece lazos comerciales con esas tierras. La evidencia de todo ello es muy escasa porque China cambia completamente en esos tres años. Cuando los almirantes vuelven de la mayor aventura naval que un marino ha realizado en la historia se encuentran con un país completamente distinto, en plena convulsión.

La inauguración de la Ciudad Prohibida y la salida de la Armada Imperial china hacia nuevos mundos es el colofón del poder de la dinastía Ming. A partir de ahí empieza el declive del poder chino. La construcción de la Ciudad Prohibida supuso un esfuerzo demoledor para el país. Se necesitaron cientos de miles de trabajadores para construir la Armada y la Ciudad Prohibida y para abastecerlos se tuvieron que absorber grandes cantidades de recursos de todas las partes de China. Toda la comida, el agua, la madera y la mano de obra se destinaba a Pekín y el descontento entre la población se hizo cada vez mayor. Meses después de la salida a mar de la Armada, la Ciudad Prohibida sufrió un incendio y se quemó en gran parte. Las gentes, y sobre todo las voces disidentes entre los burócratas imperiales, también conocidos como Mandarines, empezaron a decir que el incendio había sido un castigo del cielo a su hijo por la monstruosidad de construir una ciudad de lujo para él absorbiendo toda la riqueza del país. De golpe y plumazo esa riqueza ahora se había convertido en ceniza y el descontento entre el pueblo y las elites era general. Zhu Di, ya entrado en edad, cayó enfermo poco después del incendio y poco después falleció. Su hijo tomó el trono y, bajo la presión de los altos mandarines de la burocracia estatal, cambió radicalmente el curso de su país. Con las arcas del estado en ruina por los gastos de la Ciudad Prohibida y la Armada Imperial, el hijo de Zhu Di promulgó un decreto prohibiendo terminantemente los viajes marítimos de todo tipo y ordenando la destrucción de todo el conocimiento marítimo adquirido durante décadas. A partir de ahí China se encierra y no vuelve a abrirse al mundo hasta 1978 con la reforma y apertura de Den Xaoping. Los giros que da la historia. Es increíble. ¿Qué pasaría si la Armada China llegase de nuevo a casa en 1424, después de tres años de explorar nuevos mundos y establecer lazos comerciales con diferentes pueblos, y fuese recibida con honores y se utilizase todo ese conocimiento para seguir avanzando en el comercio entre China y lo que hoy es América? Pues seguro que hoy tendríamos otro mundo. En cambio, lo que pasó fue que la Armada fue recibida con hostilidad y odio, dado que representaba el despilfarro marítimo de Zhu Di. Muchos de los supervivientes de aquella gran aventura fueron asesinados o encarcelados y la gran mayoría de los documentos fueron quemados. Sólo se salvaron algunos mapas que fueron los que llegaron a las manos de los portugueses y españoles varias décadas después.

Como no quedaron evidencias irrefutables de ese viaje, lo que voy a resumir ahora es la interpretación histórica de Gavin Menzies. Muchos historiadores reconocidos discuten su tesis. Menzies tiene 700 páginas de evidencia y yo sinceramente le creo, pero la duda sigue estando ahí porque, entre otras cosas, es muy difícil descubrir ahora lo que ha pasado hace 500 años. Aunque los mapas que usa Menzies mostrando las Américas están ahí y, según parece, mucho de ellos datan de mucho antes de la llegada de los españoles.

Para Menzies, la Armada encabezada por Zheng He sale de China con los emisarios y se dirige hacia la India. Poco a poco se van dejando a los jefes de estado en los distintos lugares, pasando por Calcuta, el Golfo Pérsico y Somalia hasta llegar a lo que hoy sería el centro de la costa este de África. Hasta aquí sería todo territorio conocido para los marinos chinos, que además eran capaces de calcular perfectamente la longitud y la latitud de su posición por ser grandes expertos en la observación de la estrella polar. El gran salto a lo desconocido se produjo cuando superaron la línea del Ecuador hacia el sur y perdieron el contacto visual con la estrella polar. La Armada, sin embargo, tenía la referencia de la costa africana y siguió su curso hacia el sur. Previsiblemente llegaron hasta el Cabo de Buena Esperanza y ahí Menzies, gran conocedor de las corrientes marinas, dice que hay una corriente fortísima que tira del Cabo de Buena Esperanza hacia el noroeste a lo que hoy seria Cabo Verde (donde Menzies dice que hay huellas chinas de la época Ming). Siguiendo esa misma corriente durante varias semanas, los chinos con sus navíos inmensos y la determinación que llevaban en conocer nuevo mundo, pudieron llegar fácilmente a lo que hoy son las costas de Brasil. A partir de ahí la historia es fácil de predecir. Una vez que llegas a una costa lo que haces es seguirla para ver adónde llegas. Los chinos, sabedores de que la tierra era redonda, seguramente tiraron hacia el sur. Principalmente porque para poder dominar los mares del mundo necesitaban encontrar en el hemisferio sur una estrella similar a la estrella polar para poder calcular longitud y latitud. Hasta ese momento sólo podían calcular la longitud con respecto a la estrella polar, pero les faltaba un punto de apoyo para calcular la latitud. Ese punto de apoyo serían la Cruz del Sur y la estrella de Canopus, la estrella más potente del hemisferio sur localizada muy cerca del polo sur.

Menzies cuenta como los chinos navegaron hasta el Antártico con el fin de poder estar justo debajo de estas dos estrellas para fijar el punto de referencia opuesto a la estrella polar. Una vez llegados allí se toparían con lo que hoy se conoce como el Estrecho de Magallanes y de ahí, después de luchar con los hielos antárticos, ya sería un juego de niños seguir la costa oeste de las Américas hasta California. Como he dicho antes, muchos dudan de la veracidad de la tesis de Menzies pero os aseguro que en las 700 páginas hay muchos ejemplos de huellas chinas en el continente americano y yo puedo corroborar muchas de ellas habiendo estado en muchos de esos lugares. Yo me creo la historia de Menzies, pero dejo a cada uno que saque sus propias conclusiones. Lo que está claro que el libro vale la pena, aunque todo sea una mentira.