sábado, 25 de abril de 2009

Caldo de perro y huevo de pato


Esta crónica va dedicada a los retos culinarios chinos. Como aquí no estoy en Latino América y no representa ninguna aventura adentrase en los barrios más peligrosos de Pekín porque hay control policial por todas partes y todo es muy seguro, he tenido que encontrar otros campos para sentir la inyección de adrenalina en la sangre. Uno de ellos es el campo de la comida. En China, si eres atrevido, puedes probar de todo y comprobar dónde están tus límites. En mi caso todo empezó con una cena con unos amigos chinos después de una sesión de piscina. Me dijeron que íbamos a comer carne de burro. Yo nunca había probado antes carne de asno, pero viendo que el burro está muy cerca del caballo y que alguna vez en Galicia había probado carne de yegua, acepté de buena gana la invitación.

Entramos en un local de comidas típico de los Hu Tongs de Pekín, que son las casas tradicionales de ladrillos grises, de una planta, y con los tejados arqueados. Estos sitios son todos más o menos iguales. Hay unas cuantas mesas y unos taburetes sin respaldo, el local suele estar lleno hasta la bandera y la cocina está al final. El sitio es reducido con lo cual el ambiente está cargado. El olor y los vapores de la cocina lo impregnan todo, más que nada porque las mesas se limpian con el mismo trapo miles de veces (en China hay poca agua, así que hay que cuidarla). Pese a todo, la comida suele ser siempre muy rica. En este caso también fue así. Mis amigos pidieron una especie de hamburguesas de carne de burro que estaban deliciosas. La textura era entre blanda y dura, o sea al dente, y el sabor era intenso pero sabroso. Puedo repetir la experiencia en cualquier momento.

Cuando vas a los restaurantes chinos, como no sabes el idioma, lo que haces es ver las imágenes de los platos. En este caso los chinos están muy preparados. Casi cualquier restaurante chino (menos los tradicionales descritos arriba) tiene un menú con fotos y la mayoría tiene las explicaciones en inglés. Al pasar las paginas de los menús (sí, en China la variedad de platos en los menús es increíble) vas viendo como hay todo tipo de manjares exóticos. Al principio te da un poco de repulsa, pero en mi caso poco a poco me fue llamando la curiosidad y me propuse salirme del pescado, el cerdo, la ternera y el cordero y probar nuevas experiencias. Esta ansia se agrandó con la llegada a Pekín de mi novia Moodthy, otra amante de probar nuevos horizontes culinarios.

Un día pedimos arroz con carne de rana mugidora (o por lo menos es así como el diccionario traduce Bullfrog, o sea, rana grande). Yo ya había probado en los Estados Unidos alitas de rana y carne de cocodrilo, así que el paso a la rana mugidora no era muy temeroso. Además, visto desde la perspectiva del volumen. Está claro que una rana grande tiene más carne que una rana pequeña, con lo cual la textura debe ser más consistente. La prueba resultó muy positiva. El arroz estaba bien bueno y la rana se comió bien. Sin problemas. Ahora que lo pienso de nuevo, la verdad es que la rana mugidora esa se puede considerar un manjar. Una textura cercana al pollo en las partes más alejadas de los huesos y algo más gelatinosa, pero jugosa, en las partes pegadas al hueso.

El siguiente experimento fue carne de buey. Ésta creo que ya la había probado alguna vez. Pedimos carne de buey frita en trozos y aunque un poco seca y demasiado salada, yo me la comí con devoción, teniendo en cuenta que me gusta lo salado y la carne en todas sus variedades. Esta prueba fue un juego de niños. Nada serio. Como comer carne de ternera, pero un poco más dura y con un sabor y una intensidad más fuertes.

Después de esta experiencia un tanto light para mi gusto, unos días más tarde en una cena con un amigo, también hispano-suizo que lleva en Pekín bastante años, y su novia china, me llené de valor y le propuse a mi amigo Iván que probásemos la tan conocida carne de perro china. El se sorprendió al principio por la propuesta, pero accedió a ella sin complejos. Él ya la había probado, así que no había ningún problema. Incluso sugirió que la comiésemos en una sopa, que así sabía mejor. A los pocos minutos ya le estaba indicando a la camarera con su chino elocuente de estudiante de economía que queríamos un cuenco de caldo de perro para compartir. La camarera retorció la cara en un gesto de asco y sacudió la cabeza con una sonrisilla final. Esa reacción no me gustó nada, pero, bueno, ahora que el órdago estaba lanzado no me podía echar atrás.

Le dije a Iván: “Oye, pregúntale de qué raza es el perro”. Iván le preguntó y la camarera se giró seriamente hacia él y le dijo: “De qué raza va a ser, de la de comer.” Ante la traducción de Iván, todo fueron risas. La sonrisa se me quitó sin embargo cuando llegaron con la cazuela con la sopa de perro. Es la hostia como funciona la mente humana. Al verme cerca de comer carne de perro, inmediatamente surgieron imágenes en mi mente de perros domesticados y adorados por sus dueños. El perro al final es un animal como otro, pero al ser un animal de compañía, lo tratas con otro apego. Yo no soy un gran amigo de los perros, pero al fin y al cabo siempre los he visto alrededor de amigos y vecinos y los veo como justamente eso que se dice, que el perro es el amigo del hombre. Todo esto se me pasaba por la cabeza mientras Iván servía en mi cuenco más cucharrazos de caldo de perro. “Oye, oye ¿adónde vas?, déjame probar primero, ya llega con esto”.

La sopa tenía un color rojo de las múltiples especias, algo de verdura verde y trozos de carne que parecían trozos de carne de cerdo seca en forma de tiras. No me lo pensé muchas veces, intenté reprimir como pude todos esos pensamientos pro-caninos y me metí la cucharada en la boca. El impacto fue más que nada psicológico. La mente en esos momentos está trabajando a tantas revoluciones que bloquea de alguna manera los órganos culinarios. En esos momentos piensas; no comes. Con lo cual, la primera cucharada me la tragué sin realmente saborear nada. Fue en las siguientes que empecé a degustar más la carne. No sé si es por la imagen mental o por qué, pero sigo pensando que la carne de perro china sabe un poco como la carne de cerdo seca que te puedes encontrar en unos callos, por ejemplo. El sabor es ciertamente menos intenso, tirando más hacia lo neutro, aunque bueno, con todas las especias que le echan al cado vete tú a saber cómo sabe realmente la carne de perro por sí sola.

El caso es que Iván y yo nos comimos la cazuela entera y no nos pasó nada. Ya puedo decir que comí carne de perro, aunque no sé si la volveré a comer. Sobre todo después de ver un vídeo hace poco por Internet mostrando cómo tratan en China a los perros y a los gatos. Al final no es muy distinto de cómo tratan a otros animales, como los pollos, en Europa. Pero vuelvo a lo de antes. Los perros y los gatos son animales domésticos y el salto mental que hay que hacer para no verlos así en el plato es mucho mayor de lo que me esperaba.

Los huevos, en este sentido, no deberían dar tanta grima, pero ése fue otro error mío. Yo pensé que probar huevos diferentes sería una experiencia menos chocante, pero nada más lejos de la realidad. Con todo nuestro espíritu culinario aventurero, a Moodthy y a mi se nos ocurrió un día en el mercado comprar huevos diferentes. Los que más nos llamaron la atención fueron unos huevos grandes (el doble de un huevo de gallina), de color azulado y con unas pecas negras. Días más tarde nos dimos cuenta que los huevos seguían en la nevera y decidimos probarlos para desayunar. Cómo no sabíamos muy bien cómo comerlos, ni tampoco de qué animal eran, decidimos que lo más sensato y seguro era hervirlos por un buen rato y después pelarlos. Así lo hicimos. Los dejamos hervir como unos 6 minutos o así para no correr ningún riesgo.
Empezamos a pelarlos y descubrimos que la clara era negra. A los pocos segundos tenía en la mano un huevo negro y el doble de grande que un huevo normal. El olor era bastante intenso y aquello no tenía muy buena pinta la verdad. No es que el huevo fuese negro, que ya de por sí tiraba para atrás. El tema era que la clara era un tanto gelatinosa y transparente y se podían ver varias capas menos negras, marrones y amarillentas al trasluz. Yo, sin embargo, hice de tripas corazón y me dije que tenía que probarlo. Corté uno de los huevos a la mitad. La yema era de una intensidad más profunda, rayando casi lo grisáceo. Le eché un poco de sal y pimienta y le di el primer mordisco. Moodthy miraba para mí a través de la lente de la cámara de vídeo para inmortalizar el momento. El vídeo anda por Internet.

En este caso, no tenía ningún bloqueo mental. Simplemente quería saber cómo sabía ese maldito huevo por dentro. La primera ola de sabor casi me mata. Era como tener en la boca una masa de podredumbre asquerosa. Moodthy me preguntó: “¿A qué sabe?” Y yo lo único que pude decirle fue: “Sabe a mierda”, y sin perder más tiempo, y para quitarme el tema de encima cuanto antes, cogí todo mi valor y me metí el resto de la mitad del huevo en la boca. Nunca había probado una cosa tan repelente en mi vida. Sabía como a naturaleza muerta. Algo demasiado asqueroso para poder describirlo con palabras. Yo me puse de todos los colores y la buena de Moodthy, después de darle un mordisco y de escupirlo todo entre gritos, dijo que sabía a meo de gato varón podrido. Considerando que el meo del gato varón es mucho más intenso que el de la fémina.


Os juro que lo pasé mal un par de horas. El huevo ese me repitió unas cuantas veces y la boca se me llenaba de nuevo con ese sabor apestoso. En aquellos momentos me dije que no volvería a probar más excentricidades culinarias (aunque, bueno, hace un par de días probé otro tipo de huevo y éste sabía bastante bien). El huevo negro mencionado es de pato y según me contaron varios amigos locales, en el recetario chino se considera un manjar delicioso. El único detalle es que no se come directamente sino mezclado con no sé cuantas cosas y después de no sé cuantas semanas en vinagre. Cuando les conté a mis amigos chinos que me lo había comido con sal y pimienta no podían abrir los ojos de la risa. Pensarían, ¿cómo se puede ser tan culinariamente analfabeto?




martes, 7 de abril de 2009

Por donde cojea el G-20

La cumbre del G20 (más España y Holanda) celebrada la semana pasada en Londres fue histórica en muchos sentidos. Las mayores potencias del mundo acordaron inyectar algo más de un billón de dólares en el Fondo Monetario Internacional (FMI) para que pueda asistir a países al borde de la bancarrota como Ucrania. Además, las superpotencias llegaron a un consenso para reforzar la regulación pública de todos los productos, actores y mercados financieros mundiales (algo que hace cinco años, en plena burbuja neoliberal, era impensable). Los líderes mundiales se comprometieron también a reformar el FMI para que las potencias emergentes como Brasil y China obtengan la influencia en el voto que merecen sus economías. En este sentido la cumbre ha dado un gran paso hacia la cooperación internacional y la formación de un gobierno mundial que esté a la altura de los tiempos. Con la llegada de la globalización la economía ha operado durante tres décadas a nivel transnacional sin ningún tipo de orden ni restricción. Ya es hora de que la política recupere el terreno perdido y actúe también en la esfera de lo global. Es sin duda una satisfacción ver a los líderes de las mayores potencias del mundo dejar de lado sus diferencias económicas, políticas, históricas y culturales y llegar a acuerdos consensuales.

Sin embargo, la recesión mundial no se arregla con grandes apretones de manos, largas sonrisas y pulgares levantados. Esto es un buen arranque y hay que aplaudirlo. Pero una vez que ya se han hecho las fotos e rigor y todos se han dicho cuánto se admiran, los dirigentes y sus consejeros tienen que subirse las mangas de las camisas y ponerse a trabajar. En este aspecto los líderes por ahora están sacando malas notas. Para poner remedio a la actual crisis mundial hay que resolver dos temas que por ahora sólo se han tocado por encima. El primero hace referencia a los grandes desequilibrios macroeconómicos (sobre todo entre China y Japón y los Estados Unidos) que forman justamente la raíz de la crisis. Y el segundo tiene que ver con los productos financieros tóxicos derivados de las hipotecas basura y las que no eran tanta basura, pero a la medida que caen los precios, se convierten en basura.

Durante los últimos veinte años la economía mundial ha crecido gracias a la misma fórmula. Los chinos y los japoneses se han dedicado a producir como locos mientras que los americanos se han concentrado a consumir como desesperados. Esto ha creado déficit y superávit insostenibles. La crisis actual es una corrección natural de estos desequilibrios estratosféricos. La única manera de cambiar esto es que los americanos se pongan de nuevo a trabajar y los chinos y los japoneses empiecen a gastar. Si Obama realmente quiere cambiar el mundo, ésta es la negociación que debería estar llevando a cabo con sus homólogos chino y japonés, con la mediación de la Unión Europea y las otras potencias. Sin embargo, de esto no se ha hablado nada o por lo menos no se ha hecho público. El tema ni se incluye en el comunicado final de la cumbre.

Por donde cojea también el comunicado final es en la cuestión de los activos tóxicos que están pudriéndose en los balances de cuentas de los bancos e infectando a todo lo demás. Mientras que no se purguen todos estos activos tóxicos que están haciendo que los bancos no abran sus líneas de crédito la crisis no estará resuelta. Los japoneses lo saben por propia experiencia. Ellos tuvieron el mismo problema en los años 90 y no salieron del atolladero hasta que limpiaron totalmente los activos podridos del sistema bancario. La dificultad en este caso está en que el problema no es nacional sino internacional, con lo cual el cometido es mucho más complicado. Los expertos en banca tienen primero que localizar dónde están los paquetes de derivados tóxicos que se han venido diseñando en los últimos diez años y se han vendido a las cuatro esquinas del planeta. Una vez localizados, hay que desempaquetarlos y ver lo que hay dentro. Separar lo que está todavía sano de lo que está podrido y después intentar vender lo bueno a precio de mercado y lo malo a precio de subasta. Sólo así los bancos van a poder limpiar sus cuentas y volver a abrir el grifo del crédito. ¿Alguien ha hablado de este tema en la reunión del G20? Lo dudo. El tema es demasiado complejo y espinoso para los jefes de Estado y de Gobierno. El problema es que si esto no se resuelve pronto vamos a sufrir lo mismo que han sufrido los japoneses. 10 años de bancos zombies y una economía global que no levanta cabeza.

Artículo publicado en el Xornal de Galicia, el 7 de abril de 2009
http://www.xornal.com/opinions/2009/04/07/Opinion/donde-cojea/2009040712552153798.html

miércoles, 25 de marzo de 2009

Preparaos para el siglo chino


Acabo de escribir en mi columna mensual en el periódico gallego LV un artículo sobre cómo será la vida en Galicia dentro de 40 años bajo la influencia cultural china, pero creo que necesito un poco más de espacio para desarrollar plenamente mis ideas. En el citado artículo explico como la gran mayoría de los expertos en política económica internacional pronostican que, así como el siglo XX fue el siglo de los Estados Unidos, el siglo XXI va a ser el de China como la gran superpotencia mundial. El crecimiento y desarrollo de este país en los últimos 30 años es espectacular. Por lo que he visto en estas últimas semanas aquí en Pequín y teniendo en cuenta mis experiencias en países como Brasil o Argentina (que también pertenecen al dichoso G20 que se va a reunir la próxima semana en Londres para buscar una solución a la crisis global), China es seguramente ahora mismo el país más desarrollado entre los países emergentes.

Sí, claro que hay pobreza y mucha desigualdad, pero gran parte de las infraestructuras (los buses, las carreteras, los edificios, el metro etc.) son de lo más moderno. Eso de que los chinos se están muriendo de hambre es justamente eso, un cuento chino. La gran mayoría de la gente de Pequín vive igual que la gente en Nueva York, Londres, París o Madrid. Pasan las mismas horas en el metro enganchados a sus móviles o a sus periódicos, gastan lo mismo en los centros comerciales, los bares, las discotecas, los cines y los teatros, compran compulsivamente en el Carrefour y otros supermercados como si esto fuese el fin del mundo y conducen los mismos VWs, Audis, Renaults, Toyotas y Mercedes, que se pueden ver en todas las ciudades que he nombrado anteriormente. Sí, lo dicho. Hay que tener en cuenta que esto es la capital. Que aquí es donde está el dinero y que esto es una pequeña isla dentro del mar de pobreza que es la vida rural china. Pero sólo falta que el campo chino empiece a vivir como las urbes para que esto sea realmente una superpotencia. Si los chinos consiguen eso en los próximos 30 años, los Estados Unidos y Europa quedarán atrás. En las últimas tres décadas, 300 millones de chinos (lo mismo que la población de los Estados Unidos) salieron del campo y engordaron las clases medias urbanas en este país. Si en los próximos años se consiguen otros 300 millones más que compren coches, móviles, lavadoras, televisiones y microondas, China se convierte en la locomotora de la economía mundial. No hay duda en ese sentido. Ser la mayor economía mundial implica además un gran grado de influencia cultural, como se ha podido ver con los Estados Unidos en la segunda mitad del siglo XX.

Teniendo en cuenta esta trayectoria, la pregunta que me hago es cómo serán nuestras vidas en el 2050 cuando China supere a Estados Unidos en Productor Interior Bruto (PIB) y vivamos bajo la hegemonía económica y, por extensión, cultural china. Pues venga, vamos allá. En primer lugar, como es obvio, no utilizaremos cuchillo y tenedor y comeremos con los palillos, que son mucho más funcionales. Inmediatamente os preguntaréis, ¿cómo cojones comeremos los filetes o el arroz con los palillos? No hay problema. Los chinos lo tienen todo muy estudiado. La carne siempre se corta antes para facilitar el proceso (quién no ha tenido problemas a la hora de cortar un filetón con un cuchillo mal afilado) y para el arroz los chinos son prácticos y usan cuchara. No, no son tan tontos para comer grano a grano con los palillos. A veces el arroz es de ese pegadizo, y ahí los palillos funcionan sin problemas. La comida será siempre entre once y media y doce y media. Para muchos, sobre todo para los españoles, esto les parecerá muy temprano. Pero hay que entender que el desayuno es muy liviano, igual que en España, con lo cual a las 11.30 los chinos ya se ponen a comer. Tiene todo el sentido del mundo. En España deberíamos hacer lo mismo. Yo me acuerdo cuando estaba en el colegio y a partir de las doce se empezaban a oír las tripas de todo el mundo. La mayoría no había desayunado bien y se estaba muriendo de hambre a la una, ¿no es verdad? La comida en sí es variada y elaborada. Un poco de carne o pescado, el marisco es muy común, arroz, noodles (o sea un tipo de espaguetis, no olvidemos que la pasta viene de oriente) y bastante verdura, de todas las clases. Es verdad que los chinos usan mucho aceite frito y muchas especies que te destrozan el estómago. Pero todo depende de adónde vas. En los sitios finos, la comida es fina y no cuesta mucho. En los mercados, la carne, el pescado, el marisco, las verduras y las frutas tienen una pinta muy buena y si cocinas en casa puedes hacer unos platos muy ricos. Esto es igual que en España. En los sitios malos abunda el aceite, en los lugares buenos el trato y la comida es excelente y sales de ahí como un auténtico rey. Los únicos que más van a sufrir con la influencia culinaria china van a ser los suizos. Los chinos no comen queso nunca. No está en la tradición de ellos. Totalmente al contrario que los estadounidenses que le echan queso hasta a la sopa.


Como a los latinos, a los chinos también les gusta echarse una siesta. Una media horita o así. El sistema es muy similar al español. Casi todo el mundo tiene dos horas de descanso al mediodía, con lo cual se vive bastante bien. Eso sí, los chinos son muy trabajadores y eficientes. Se toman su siesta, pero cuando se ponen a trabajar, son igual que los alemanes. Después del trabajo, los chinos lo que hacen es ir al bar (algo muy español), van a ver la famosa opera pequinesa o van a jugar al ajedrez chino, que es de fichas planas, o a las cartas (es decir, los chinos no nos van a quitar las partidas de tute). Entre todo ello, algún que otro escupitajo en la calle siempre viene bien. Eso es muy común. Igual que escarbar con el dedo en la nariz. Volvemos a lo mismo. Es cuestión de practicidad. ¿Quién no ha querido en algún momento echar un buen escupitajo para aclarar la boca o escarbar bien en la nariz para liberar la respiración? Es algo muy humano. No hay que verlo como algo negativo. Es natural, como el cantar por la calle. ¿Por qué reprimirlo? Por cierto, cuando mi novia visitó por primera vez España una de las cosas que le llamó la atención fue que mucha gente escupía y tiraba la basura en la calle. Nosotros no nos damos cuenta, pero al final no andamos muy lejos de los chinos, os lo digo. Como nosotros, estos también se vuelven locos por el fútbol. Yo creo que tienen todavía más pasión que nosotros. Es lógico que te encante el equipo de tu ciudad o de tu corazón y que hagas todo lo posible para ver los partidos (como hago yo), pero lo que no parece tan lógico es ser chino y levantarse a las 3 de la madrugada para ver un partido entre el Real Madrid y el Villareal. Hay que tener mucha fuerza de voluntad y mucho amor por el fútbol.

Algo muy curioso que tienen los chinos es la superstición por los números. Es algo increíble. Aquí lo números de móviles tienen precios diferentes según los números que tienen. El 8 es el número de la suerte porque la pronunciación de la palabra en chino es muy similar a la palabra “riqueza” o “prosperidad”. El otro día un millonario pagó una suma estratosférica porque salía al mercado un número de móvil lleno de ochos. No en vano, las olimpiadas de Pequín se inauguraron el 8 del 8 del 2008, a las 8 de la tarde. Eso trae suerte seguro. Y al contar por la ceremonia tan espectacular que organizaron y por el número de medallas de oro que se llevaron los chinos, algo de verdad debe de haber aquí. O sea que podéis comprobarlo ahora mismo, aquellos que tengan muchos ochos en el número de móvil van a ser afortunados en la era china. Los que tengan muchos cuatros que vayan cambiando de número de móvil porque la peor de las malas suertes caerá sobre ellos. Nadie en china quiere tener nada que ver con el número 4, cuya pronunciación es muy similar a la palabra “muerte”. Si tienes un número con mucho cuatros, nadie te llama, no vaya a ser que la mala suerte los contagie. Es muy curioso. En mi edificio por ejemplo en el ascensor no hay el número 4. No existe. No vaya a ser que tengas que apretar el número cuatro y te parta un rayo. O sea, así como muchos desconfían del número 13 en occidente, en China el 4 es el número de la muerte.



Por último, una de las pasiones chinas que se van a exportar al resto del mundo es el regateo. Algo que existía en España (según me contó mi padre) y ahora no sé por qué no existe. Con lo divertido que es. Imaginaos ir al Corte Inglés o a cualquier otro centro comercial y poder regatear en las tiendas. Aquí es el deporte nacional. Todo el mundo lo hace. A veces te dan gato por liebre, pero así es la vida. Unas veces se gana y otras se pierde. ¿No vivimos en el libre mercado?, pues que el precio lo ponga el consumidor y no el propietario de la cadena comercial. Muchas veces los precios están establecidos por las grandes multinacionales monopolizadoras. Compramos los productos por ese precio porque no hay margen de maniobra. ¿No sería mucho mejor pagar lo que consideramos justo? Sí, estoy de acuerdo. A veces piensas que has comprado algo bueno y después es una basura. Que me lo digan a mí que estoy en China. Muchos productos son muy baratos, pero después los usas tres veces y se caen a pedazos. Pero eso te dice que no vale la pena comprarlos. A medida que vas comprando, vas viendo la calidad de los productos. Lo bueno es que siempre vas a poder regatear. Os lo explico mejor con un ejemplo concreto. En Pequín hay una zona que se conoce como La Calle de la Seda. Es un mercado inmenso donde puedes comprar de todo. Abundan las falsificaciones. Tienes bolsos, camisas, trajes, zapatos y maletas de diseño tirados de precio. Yo ando escaso de camisas de verano y me dije, pues voy a echarle un vistazo a la mercancía. Me adentré en el mercado y aquello es como un gran bazar. Las vendedoras y los vendedores te asedian por todos los lados. Ellas incluso se lo toman como una cuestión de honor. Una vez que te acercas a su estante y preguntas por precios, no puedes salir de allí sin comprar algo. Hasta te agarran y todo. Varias veces tuve que deshacerme del cerco utilizando la fuerza. No soltaban ni mordiendo.

Finalmente acabé en un puesto de camisas con un vendedor. Allí estaban todas las imitaciones posibles de Armani, Paul Smith, Ralph Lauren etc. Lo de las imitaciones está tan de moda que hasta los famosos vienen a este mercado a comprar. La lista de celebridades internacionales que han pasado por este mercado a comprar es muy larga. Yo realmente no quería ninguna imitación. Simplemente quería una camisa de color claro para el verano y sin logo para no llamar mucho la atención. Me fijé que había camisas con el logo de la calle de la seda de Pekín y me interesé por ellas. El vendedor me dijo que de esas no tenía muchas tallas (seguro que era mentira) y aparte, se preguntaba por qué un tío blanco, europeo y con dinero estaba interesado en una camisa china si podía tener una de Armani. Yo le expliqué mis motivos. Le dije que quería una camisa simple y barata. Me enseñó unas cuentas. Todas supuestamente de marca, pero sin logo en la parte de delante.

Una vez elegidas las camisas, llegó el momento del regateo. Primer asalto: El tío me dice que cada una me cuesta 340 yuanes. Es decir unos 40 euros. Yo me echo a reír. “Ni de coña. Si esto es falso”. El tío me viene con la historia de que sí, es falso, pero la calidad es muy buena. Es prácticamente igual. Yo le doy mi primer precio. 40 yuanes. Unos 5 euros. El tío se revuelve todo y dice que estoy jamado. Que estas son camisas de primera calidad. Yo le digo que no, que esto es mala calidad. Segundo asalto: El tío empieza a ceder y me hace un buen precio. El mejor precio: 200 yuanes. O sea, unos 23 euros. Yo le digo que ni de coña. El coge la calculadora y me dice: “Dame tu precio, dame tu precio, pero sin bromas, eh, sin bromas”. Yo le digo: “No estoy de broma. Bueno, vale, te doy 50 yuanes por cada una”. De nuevo el tío, gesticula como un loco y dice que esto es un insulto. Que con 50 yuanes (7 euros) podía comprar unos calcetines, un pantalón corto (y es verdad, hace unos días compré un pantalón corto por ese precio), pero “no una camisa”. Yo estoy de acuerdo con él y le digo: “Sí, bueno, es verdad. Mi última oferta. 70 yuanes.” Unos 9 euros. El tío me miró y me dijo: “Pero por qué eres tan duro”. Casi se echa a llorar. Yo ya estaba a punto de irme. No quería ceder más. Pero él insistía que ahora había que cerrar el trato, que le diese otro precio. El último precio. Él me ofrecía ahora las dos camisas por 200. O sea, de 340 cada una, pasaban a valer 100 yuanes. Yo, al ver el percal, le dije que no, que no iba a moverme de mis 70 yuanes por camisa. Y así fue bajando 180, 170, 160, 150, que fue cuando dije que “vale”. Tampoco había que forzar la barra, como dirían los brasileños. En principio tendría que estar contento. Había conseguido dos camisas “supuestamente” de marca por 150 yuanes, o sea por menos de 20 euros.

Por desgracia, la euforia desapareció rápidamente cuando pasé por otra tienda para comprobar la calidad de las otras camisas y me di cuenta que la calidad era la misma y que la vendedora, al ver que estaba con prisa y que ya había comprado otras camisas, me estaba ofreciendo la misma camisa que había comprado hacía pocos minutos con un gran esfuerzo de regateo por 70 yuanes. O sea, por menos de lo que había pagado yo. Había caído en la trampa. Y esto no fue lo peor. La cruda realidad me batió todavía más en la cara cuando probé las camisas en casa. ¡Madre de dios! La calidad era incluso peor de lo que imaginaba. El acabado era pésimo. Hilos deshilachados. Agujeros de los botones demasiado pequeños…. Vamos, unas risas. Lo mejor fue cuando me probé la primera ante el espejo. Os lo juro, la tela era tan fina que hasta podía ver los pelos de mi pecho. Es verdad que a veces lo barato sale caro. No hay duda de ello. Pero a través de los golpes aprendes. Al día siguiente, volví otra vez por allí y le puse las pilas al mismo vendedor. Le dije que me vendiese una camisa decente que por lo menos pudiese vestir más de una vez. No la basura que me había vendido el día anterior. El hombre se reía, ratificándome de esa forma la mala calidad de las camisas que había comprado. Pero los vendedores chinos no son tontos. La primera vez te la cuelan (porque no saben si vas a volver, la mayoría de los turistas sólo van una vez a ese mercado). La segunda, ya se andan con ojo e intentan ganarse un cliente. Esta vez salí de allí con una imitación de Armani, porque según me dijo él. Las imitaciones de Armani son las mejores que tienen (no hay más vueltas que darle). Todavía desconfiando del paisano, me fui a casa a probar la camisa porque en el mercado ese no hay probadores (otra estrategia para el timo, por supuesto). Cuando la estaba desempaquetando ya vi que era de mejor calidad. Me la puse y me sorprendí a mi mismo. Una señora camisa. Seguro no tan buena como la original. No hay duda de eso. Pero bastante parecida. Alguien que no está puesto en el tema de la imitación no nota la diferencia. ¿Y sabéis cuánto he pagado por esta? 50 yuanes. O sea, 7 euros. Lo que vale conocer el mercado. Y esto es sólo el principio. He descubierto que en ese mismo mercado hacen camisas y trajes a medida con la tela que tú eliges. Un mundo, fuera de las falsificaciones, que tengo todavía que descubrir a base de regateos.