sábado, 25 de abril de 2009

Caldo de perro y huevo de pato


Esta crónica va dedicada a los retos culinarios chinos. Como aquí no estoy en Latino América y no representa ninguna aventura adentrase en los barrios más peligrosos de Pekín porque hay control policial por todas partes y todo es muy seguro, he tenido que encontrar otros campos para sentir la inyección de adrenalina en la sangre. Uno de ellos es el campo de la comida. En China, si eres atrevido, puedes probar de todo y comprobar dónde están tus límites. En mi caso todo empezó con una cena con unos amigos chinos después de una sesión de piscina. Me dijeron que íbamos a comer carne de burro. Yo nunca había probado antes carne de asno, pero viendo que el burro está muy cerca del caballo y que alguna vez en Galicia había probado carne de yegua, acepté de buena gana la invitación.

Entramos en un local de comidas típico de los Hu Tongs de Pekín, que son las casas tradicionales de ladrillos grises, de una planta, y con los tejados arqueados. Estos sitios son todos más o menos iguales. Hay unas cuantas mesas y unos taburetes sin respaldo, el local suele estar lleno hasta la bandera y la cocina está al final. El sitio es reducido con lo cual el ambiente está cargado. El olor y los vapores de la cocina lo impregnan todo, más que nada porque las mesas se limpian con el mismo trapo miles de veces (en China hay poca agua, así que hay que cuidarla). Pese a todo, la comida suele ser siempre muy rica. En este caso también fue así. Mis amigos pidieron una especie de hamburguesas de carne de burro que estaban deliciosas. La textura era entre blanda y dura, o sea al dente, y el sabor era intenso pero sabroso. Puedo repetir la experiencia en cualquier momento.

Cuando vas a los restaurantes chinos, como no sabes el idioma, lo que haces es ver las imágenes de los platos. En este caso los chinos están muy preparados. Casi cualquier restaurante chino (menos los tradicionales descritos arriba) tiene un menú con fotos y la mayoría tiene las explicaciones en inglés. Al pasar las paginas de los menús (sí, en China la variedad de platos en los menús es increíble) vas viendo como hay todo tipo de manjares exóticos. Al principio te da un poco de repulsa, pero en mi caso poco a poco me fue llamando la curiosidad y me propuse salirme del pescado, el cerdo, la ternera y el cordero y probar nuevas experiencias. Esta ansia se agrandó con la llegada a Pekín de mi novia Moodthy, otra amante de probar nuevos horizontes culinarios.

Un día pedimos arroz con carne de rana mugidora (o por lo menos es así como el diccionario traduce Bullfrog, o sea, rana grande). Yo ya había probado en los Estados Unidos alitas de rana y carne de cocodrilo, así que el paso a la rana mugidora no era muy temeroso. Además, visto desde la perspectiva del volumen. Está claro que una rana grande tiene más carne que una rana pequeña, con lo cual la textura debe ser más consistente. La prueba resultó muy positiva. El arroz estaba bien bueno y la rana se comió bien. Sin problemas. Ahora que lo pienso de nuevo, la verdad es que la rana mugidora esa se puede considerar un manjar. Una textura cercana al pollo en las partes más alejadas de los huesos y algo más gelatinosa, pero jugosa, en las partes pegadas al hueso.

El siguiente experimento fue carne de buey. Ésta creo que ya la había probado alguna vez. Pedimos carne de buey frita en trozos y aunque un poco seca y demasiado salada, yo me la comí con devoción, teniendo en cuenta que me gusta lo salado y la carne en todas sus variedades. Esta prueba fue un juego de niños. Nada serio. Como comer carne de ternera, pero un poco más dura y con un sabor y una intensidad más fuertes.

Después de esta experiencia un tanto light para mi gusto, unos días más tarde en una cena con un amigo, también hispano-suizo que lleva en Pekín bastante años, y su novia china, me llené de valor y le propuse a mi amigo Iván que probásemos la tan conocida carne de perro china. El se sorprendió al principio por la propuesta, pero accedió a ella sin complejos. Él ya la había probado, así que no había ningún problema. Incluso sugirió que la comiésemos en una sopa, que así sabía mejor. A los pocos minutos ya le estaba indicando a la camarera con su chino elocuente de estudiante de economía que queríamos un cuenco de caldo de perro para compartir. La camarera retorció la cara en un gesto de asco y sacudió la cabeza con una sonrisilla final. Esa reacción no me gustó nada, pero, bueno, ahora que el órdago estaba lanzado no me podía echar atrás.

Le dije a Iván: “Oye, pregúntale de qué raza es el perro”. Iván le preguntó y la camarera se giró seriamente hacia él y le dijo: “De qué raza va a ser, de la de comer.” Ante la traducción de Iván, todo fueron risas. La sonrisa se me quitó sin embargo cuando llegaron con la cazuela con la sopa de perro. Es la hostia como funciona la mente humana. Al verme cerca de comer carne de perro, inmediatamente surgieron imágenes en mi mente de perros domesticados y adorados por sus dueños. El perro al final es un animal como otro, pero al ser un animal de compañía, lo tratas con otro apego. Yo no soy un gran amigo de los perros, pero al fin y al cabo siempre los he visto alrededor de amigos y vecinos y los veo como justamente eso que se dice, que el perro es el amigo del hombre. Todo esto se me pasaba por la cabeza mientras Iván servía en mi cuenco más cucharrazos de caldo de perro. “Oye, oye ¿adónde vas?, déjame probar primero, ya llega con esto”.

La sopa tenía un color rojo de las múltiples especias, algo de verdura verde y trozos de carne que parecían trozos de carne de cerdo seca en forma de tiras. No me lo pensé muchas veces, intenté reprimir como pude todos esos pensamientos pro-caninos y me metí la cucharada en la boca. El impacto fue más que nada psicológico. La mente en esos momentos está trabajando a tantas revoluciones que bloquea de alguna manera los órganos culinarios. En esos momentos piensas; no comes. Con lo cual, la primera cucharada me la tragué sin realmente saborear nada. Fue en las siguientes que empecé a degustar más la carne. No sé si es por la imagen mental o por qué, pero sigo pensando que la carne de perro china sabe un poco como la carne de cerdo seca que te puedes encontrar en unos callos, por ejemplo. El sabor es ciertamente menos intenso, tirando más hacia lo neutro, aunque bueno, con todas las especias que le echan al cado vete tú a saber cómo sabe realmente la carne de perro por sí sola.

El caso es que Iván y yo nos comimos la cazuela entera y no nos pasó nada. Ya puedo decir que comí carne de perro, aunque no sé si la volveré a comer. Sobre todo después de ver un vídeo hace poco por Internet mostrando cómo tratan en China a los perros y a los gatos. Al final no es muy distinto de cómo tratan a otros animales, como los pollos, en Europa. Pero vuelvo a lo de antes. Los perros y los gatos son animales domésticos y el salto mental que hay que hacer para no verlos así en el plato es mucho mayor de lo que me esperaba.

Los huevos, en este sentido, no deberían dar tanta grima, pero ése fue otro error mío. Yo pensé que probar huevos diferentes sería una experiencia menos chocante, pero nada más lejos de la realidad. Con todo nuestro espíritu culinario aventurero, a Moodthy y a mi se nos ocurrió un día en el mercado comprar huevos diferentes. Los que más nos llamaron la atención fueron unos huevos grandes (el doble de un huevo de gallina), de color azulado y con unas pecas negras. Días más tarde nos dimos cuenta que los huevos seguían en la nevera y decidimos probarlos para desayunar. Cómo no sabíamos muy bien cómo comerlos, ni tampoco de qué animal eran, decidimos que lo más sensato y seguro era hervirlos por un buen rato y después pelarlos. Así lo hicimos. Los dejamos hervir como unos 6 minutos o así para no correr ningún riesgo.
Empezamos a pelarlos y descubrimos que la clara era negra. A los pocos segundos tenía en la mano un huevo negro y el doble de grande que un huevo normal. El olor era bastante intenso y aquello no tenía muy buena pinta la verdad. No es que el huevo fuese negro, que ya de por sí tiraba para atrás. El tema era que la clara era un tanto gelatinosa y transparente y se podían ver varias capas menos negras, marrones y amarillentas al trasluz. Yo, sin embargo, hice de tripas corazón y me dije que tenía que probarlo. Corté uno de los huevos a la mitad. La yema era de una intensidad más profunda, rayando casi lo grisáceo. Le eché un poco de sal y pimienta y le di el primer mordisco. Moodthy miraba para mí a través de la lente de la cámara de vídeo para inmortalizar el momento. El vídeo anda por Internet.

En este caso, no tenía ningún bloqueo mental. Simplemente quería saber cómo sabía ese maldito huevo por dentro. La primera ola de sabor casi me mata. Era como tener en la boca una masa de podredumbre asquerosa. Moodthy me preguntó: “¿A qué sabe?” Y yo lo único que pude decirle fue: “Sabe a mierda”, y sin perder más tiempo, y para quitarme el tema de encima cuanto antes, cogí todo mi valor y me metí el resto de la mitad del huevo en la boca. Nunca había probado una cosa tan repelente en mi vida. Sabía como a naturaleza muerta. Algo demasiado asqueroso para poder describirlo con palabras. Yo me puse de todos los colores y la buena de Moodthy, después de darle un mordisco y de escupirlo todo entre gritos, dijo que sabía a meo de gato varón podrido. Considerando que el meo del gato varón es mucho más intenso que el de la fémina.


Os juro que lo pasé mal un par de horas. El huevo ese me repitió unas cuantas veces y la boca se me llenaba de nuevo con ese sabor apestoso. En aquellos momentos me dije que no volvería a probar más excentricidades culinarias (aunque, bueno, hace un par de días probé otro tipo de huevo y éste sabía bastante bien). El huevo negro mencionado es de pato y según me contaron varios amigos locales, en el recetario chino se considera un manjar delicioso. El único detalle es que no se come directamente sino mezclado con no sé cuantas cosas y después de no sé cuantas semanas en vinagre. Cuando les conté a mis amigos chinos que me lo había comido con sal y pimienta no podían abrir los ojos de la risa. Pensarían, ¿cómo se puede ser tan culinariamente analfabeto?




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