viernes, 8 de junio de 2007

¿Qué ha quedado de la revolución sandinista?


Hace ahora veintiséis años, el 19 de julio de 1979, irrumpía victorioso el movimiento popular, liderado por el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), por las calles del centro de Managua. El pueblo nicaragüense había puesto fin, con su perseverancia y su lucha, a 40 años de dictadura somocista y las puertas de la esperanza se habrían de par en par. Pero, ¿cuál ha sido el legado de esa revolución? ¿Ha sido un logro o ha sido un fracaso?

MANAGUA. (06.07.05) Al llegar a Nicaragua uno espera encontrarse con un pueblo orgulloso de su pasado. No en vano esta gente tuvo las agallas suficientes para derrocar por la fuerza a una dinastía dictatorial sanguinaria, que siempre contó con la ayuda o el beneplácito de la mayor potencia mundial, los Estados Unidos de América. La familia de Anastasio Somoza gobernó el país durante más de 40 años como si de una hacienda privada se tratase, pero en 1979 un movimiento revolucionario popular sin precedentes tomó las calles de las principales ciudades de Nicaragua. Somoza tuvo que huir del país y su Guardia Nacional quedó desarticulada. El nuevo gobierno sandinista, que incluso contaba con la aprobación de Washington, traía consigo una ola de esperanza. Nicaragua podía soñar por fin con palabras como libertad, igualdad y, por qué no, prosperidad.

Sin embargo, veintiséis años después, esas palabras siguen siendo una utopía. Al llegar a Nicaragua el visitante lo que ve es mucha pobreza, mucha desigualdad y mucha desnutrición. El nicaragüense, en general, no está nada orgulloso de su pasado revolucionario, más bien todo lo contrario. Su corazón se llena de amargura cuando ve como otros países centroamericanos tradicionalmente menos hostiles a los Estados Unidos, como Panamá o Costa Rica, disfrutan en cierto sentido de una situación económica aceptable, mientras que Nicaragua sufre una inestabilidad socio-política-económica permanente. En estos momentos hay más de un millón de nicaragüenses trabajando en Costa Rica, sin contar los inmigrantes ilegales, lo cual dice mucho de las diferencias en el nivel de vida entre estos dos países vecinos. El nicaragüense mira con hastío la revolución. Como me comentó un camarero en Granada: "Los sandinistas lo único que hicieron fue destrozar el país", aunque supongo que ése es el precio que hay que pagar si se lleva una revolución armada hasta las últimas consecuencias.


Entonces, ¿la revolución fue un fracaso? Para Franklin José Moya Argüello, afín al Partido Sandinista, "de ninguna manera". La revolución fue necesaria para derrocar a Somoza. Y no hay que olvidarse de los logros en educación y sanidad que consiguió el gobierno sandinista en los años 80. Después de heredar un país destrozado por la guerra (con cerca de 50.000 muertos), donde escaseaban los alimentos y el combustible, y donde los índices de pobreza y analfabetismo estaban por las nubes, el gobierno de Daniel Ortega logró en pocos años reducir la tasa de analfabetismo de un 50% a un 13%. En esa época se incrementó el presupuesto de educación significativamente y se aumentó el número de escuelas, profesores y estudiantes. La asistencia sanitaria pública se extendió a todo el país y se levantaron numerosos hospitales y clínicas, acciones todas éstas que obtuvieron el reconocimiento internacional. Pero, ¿cómo se explica entonces la deplorable situación del país?


Para Argüello, la causa principal de la pobreza de Nicaragua está en las políticas neoliberales que se han venido introduciendo desde el inicio de los años 90. Los gobiernos liberales han desmantelado el estado social que habían construido los sandinistas y han hecho que aumentaran las diferencias entre pobres y ricos. "Antes la educación y la sanidad eran gratis, ahora hay que pagar hasta por entrar en el hospital", señala Argüello. René Silva, un ex somocista afincado en Miami, no está de acuerdo. Para él, fueron los sandinistas los que llevaron el país a la ruina. "Antes de la revolución, Nicaragua era el granero de Centroamérica, exportábamos productos a toda la región. La renta per cápita era la más alta de América Central, y ahora ¿qué?, somos de los países más pobres de la zona".


René Silva, como muchos otros, piensa que no hay futuro para Nicaragua mientras los sandinistas controlen el poder. Ahora no es que el FSLN esté en el poder, está en la oposición. Pero los sandinistas controlan aún hoy el Ejército y en un país tan inestable como Nicaragua, eso es mucho. "El presidente en funciones es Enrique Bolaños, pero quien realmente mueve los hilos es Daniel Ortega", dice Silva. Para Argüello, la influencia del sandinismo en el Ejército es totalmente lógica. En las negociaciones después de la derrota en las urnas del sandinismo en 1990 y la victoria de Violeta Chamorro quedó establecido que el FSLN se quedaría con el mando del Ejército. "De esta forma se aseguró que los militares jamás atacarían de nuevo al pueblo", comenta el sandinista. Silva, sin embargo, piensa que los sandinistas han actuado igual que la familia Somoza, "lo único que han hecho es robar el dinero del país y enriquecer a unos cuantos amigos". Es decir, la tierra no se repartió al pueblo, sino más bien a los miembros del FSLN.


Juan Carlos Cantillano, un ex combatiente sandinista, está de acuerdo con esta visión. "Los sandinistas nos engañaron", exclama. El Frente Sandinista de Liberación Nacional monopolizó un movimiento que en principio no tenía ninguna afiliación política. "No todo el mundo era sandinista cuando la revolución, se trataba más bien de un movimiento heterogéneo y popular", dice Cantillano. El FSLN manipuló a un movimiento, que buscaba justicia social, para lograr sus propios intereses y no para sacar al pueblo de la pobreza. "La revolución lo que ha hecho es crear nuevos ricos, las tierras de los somocistas no cayeron en manos del pueblo, cayeron en manos de los amigos de Ortega", reconoce Cantillano. Para él los números cantan: "cuando el FSLN empezó a gobernar en 1979 la deuda del país ascendía a 1.600 millones dólares, en 1990 cuando el FSLN perdió las elecciones la deuda externa de Nicaragua llegaba hasta los 16.000 millones de dólares", datos que ineludiblemente llevan a sospechar que hubo una gestión económica nefasta y un alto grado de corrupción en el gobierno.


Sin embargo, hay un elemento en el análisis de la revolución sandinista que mucha gente pasa por alto. Casi ninguna de las personas que he entrevistado hace referencia a la Contra cuando saca balance de la gestión sandinista. El movimiento contrarrevolucionario, también llamado Contra, que llegó a tener hasta 30.000 hombres y que contó con el apoyo de la CIA, intentó boicotear la gestión sandinista prácticamente desde los primeros días después de la revolución. La mayoría de los miembros de la Contra eran ex somocistas o fieles al antiguo régimen, pero también había mercenarios llegados de otros países de Centroamérica y hasta de Argentina. El principal objetivo de estos paramilitares era desestabilizar el gobierno sandinista y evitar que las ideas socialistas y comunistas se extendiesen hacia los otros países de Latinoamérica y para ello se utilizaron todo tipo de métodos, desde manifestaciones pacíficas hasta acciones de guerrilla. El gobierno sandinista tuvo que pedir nuevos préstamos y desviar muchos de los fondos dedicados a servicios sociales para luchar contra la Contra y eso hizo que sus planes de gobierno destinados al pueblo nunca se llevasen a cabo.

Cuando un gobierno tiene grandes ideas, pero no le dejan desarrollarlas en paz, al cabo de un tiempo llega la desilusión y entonces es cuando aparece la corrupción. "Ya que estamos aquí, vamos a sacar el mayor provecho para nosotros y nuestros amigos", dirían los dirigentes sandinistas. La guerra contra la Contra y las pocas perspectivas de futuro seguro que han ayudado a hacer un mal uso del poder. Y así en 1990 el FSLN perdió las elecciones. No es que el pueblo nicaragüense castigase a los sandinistas por su pésima gestión en el gobierno, el FSLN seguía siendo muy popular, pero la gente estaba cansada de vivir en guerra, de pasar hambre, de sufrir. Los ciudadanos sabían que si votaban en contra del FSLN y a favor de Violeta Chamorro, que contaba con el apoyo de los Estados Unidos, la Contra iba a dejar las armas y habría paz, y así sucedió. Desde aquel día los sandinistas han perdido el gobierno y la guerra en Nicaragua ha terminado, pero Daniel Ortega y su partido siguen teniendo mucha influencia. "En las últimas elecciones locales el FSLN ha vuelto a arrasar", anuncia Argüello.


Nicaragua tiene un potencial turístico enorme. León y Granada son dos ciudades coloniales de gran interés, las playas del pacífico son idílicas, la zona del Caribe, donde viven los indios Misquitos, está aún por explotar y la isla volcánica de Ometepe en el Lago Nicaragua es de los lugares más bonitos de la tierra. Pero la inestabilidad política y las tensiones socio-económicas que vive el país hacen que los inversores extranjeros se muestren reacios a mandar su dinero a esta parte del mundo. Nicaragua es para muchos un polvorín que está apunto de explotar. La nación está dividida entre el Partido Liberal Constitucionalista (PLC) del ex presidente Arnoldo Alemán, tradicionalmente de derechas, y el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) de Daniel Ortega, aunque estos dos ex mandatarios llegaron a un pacto en 1999 para controlar el poder legislativo y judicial del país, en lo que se conoce como una dictadura bicéfala.


Mientras las protestas en Managua están a la orden del día por la mala situación económica que atraviesa el país, acentuada por la subida de los carburantes, el Ejecutivo de Enrique Bolaños está atado de pies y manos. Sin la aprobación de los dos partidos de la oposición que controlan el poder legislativo, el Gobierno no puede introducir ninguna reforma. Bolaños ya está tan desesperado que ha dejado entrever la posibilidad de nuevas elecciones este próximo otoño. Sin el consentimiento del PLC y del FSLN no se puede cambiar nada en Nicaragua, pero eso es lo que parece que quieren las élites del país; precisamente, no cambiar nada.
Publicado en snc el 7 de Julio de 2005

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