viernes, 8 de junio de 2007

Nueva York descubre Coiba, la joya de Panamá

Una misteriosa compañía de la metrópolis compra cerca de 60 millas de costa próximas a uno de los paraísos naturales más vírgenes y salvajes de la tierra.


Santiago de Veraguas (Panamá) Abril 2005. En plena era de la globalización, la historia de Coiba, Santa Catalina y, en general, la costa pacífica de la región de Veraguas en Panamá, no es muy distinta a la que puede contarse de muchas otras zonas del mundo. Pero no por eso hay que dejar de contarla. Sobre todo porque se habla mucho de la globalización, pero pocas veces se tienen evidencias concretas de los cambios que este proceso provoca en las regiones y poblaciones más remotas de la tierra. Los académicos de hoy se enfrascan en innumerables discusiones abstractas para describir qué es la globalización, pero lo que acontece en estos momentos en pueblos como Santa Catalina es un ejemplo empírico perfecto de cómo en la sociedad del S.XXI chocan, se confunden, se entrelazan y, a veces, se solapan los ámbitos de lo global y lo local.


En este mundo no se puede decir que algo es categóricamente bueno o malo. Pese a que en estos días abundan las percepciones maniqueas, nada es perfectamente blanco o negro. Un proceso socio-económico tan complejo como la globalización no se puede clasificar de forma tajante como favorable o desfavorable. La globalización tiene sus lados positivos y sus lados negativos, y eso se aprecia al llegar a la costa pacífica de Veraguas, en Panamá. Una de las regiones del mundo más ricas en fauna y flora. La isla de Coiba se considera uno de los últimos paraísos ecológicos de la tierra. Por ser durante décadas una isla-prisión de difícil acceso, Coiba presenta aún hoy una selva impenetrable para el ser humano, unas playas blancas de agua cristalina sin parangón y un parque marino fantástico, con peces y corales de todo tipo, tiburones, delfines, tortugas marinas y hasta ballenas.


Pero, Veraguas no es sólo la isla de Coiba. Santa Catalina, un pueblo remoto de la costa, cuyos habitantes son indios-negros costeños amables y puros, alberga una de las olas de surf más famosas del mundo, comparada con playa Sunset Beach en Hawai. Bahía Honda, una ensenada de ensueño, con una pequeña isla en el medio, ofrece aguas mansas y claras ideales para el relajo y el buceo. Hicaco, un pueblo cerca de Santa Catalina, brinda un ecosistema variado y, en sus quebradas, hasta el mismo día de hoy, se pueden encontrar pepitas de oro. Sin menospreciar, claro está, las islas de Cébaco, Gobernadora, Leones y Brincanco y playas como El Banco y Cimarrones. Veraguas es además la única provincia de Panamá que da a los dos océanos y su historia está llena de anécdotas, ya que Colón llegó allí en su cuarto viaje. La ciudad de Santa Fe, en el interior de la región, fue el primer centro de catequización de la época colonial y, en sus montañas, el jefe indio Urracá resistió durante décadas las acometidas de los conquistadores españoles, ávidos por llegar cuanto antes a las minas de oro de la zona.


La costa pacífica de Veraguas es un auténtico paraíso terrenal que, por su inaccesibilidad, se ha mantenido casi virgen y al margen de la inevitable erosión que provoca en todas partes la actividad del hombre, principalmente cuando una zona se explota de manera incontrolada para el turismo de masas, como es el caso de Bocas del Toro, también en Panamá. Hasta hace poco, el viajero tardaba cerca de 4 horas en llegar desde Santiago, la capital de Veraguas, hasta Santa Catalina. El último tramo del viaje, además, era sobre carreteras de tierra, muy angostas para circular, y en invierno, casi intransitables, por convertirse en auténticos riachuelos sólo franqueables por los 4x4. Bahia Honda está incluso más retirada, ya que hasta ahí no hay carretera y sólo se puede llegar por mar; y qué decir tiene que la Isla de Coiba está aún más apartada del mundo. A dos horas y media en bote rápido desde puerto Mutis y a una hora y cuarenta minutos desde Santa Catalina.


Por lo general, la población de la zona y, en particular, la de Santa Catalina ha vivido desde tiempos remotos de la pesca, y en un ambiente muy rural y tradicional, con muy pocos recursos. Salvo la llegada de algunos avances como el motor y la electricidad, el día a día en Santa Catalina no sufrió grandes cambios. Hasta que a principios de los años 70 varios surfers panameños con contactos en California, como Ricardo Icaza Punky y Jim Huerbsch Jimbo, entre otros, descubrieron la excelente ola que había en la punta de Santa Catalina y todo empezó a cambiar. A partir de ahí empezaría el flujo, primero a cuentagotas, y después ya de una manera regular, de corredores de olas nacionales y extranjeros a la zona, aunque Santa Catalina, por su inaccesibilidad, siguió siendo durante décadas un destino para un turismo muy minoritario y especializado, formado por surfers en busca de olas salvajes, viajeros sin rumbo ni norte, y personas interesadas en el buceo y la pesca deportiva.


Sin embargo, esta pequeña presencia foránea no alteró en demasía la vida en el pueblo. Los hombres salían a faenar por las mañanas, para pasar las tardes en la cantina, y las mujeres se dedicaban a las labores del hogar y a cuidar a los hijos. Pero, a finales de los años 90, el velero de John Linn se averió accidentalmente cerca de Bahía Honda y este intrépido estadounidense, un agente de la industria petrolífera que recorrió medio mundo, se enamoró locamente de la zona. En sus palabras: "Nada en el mundo es comparable a Santa Catalina".


Junto con otro socio francés, Linn, que ya había vivido en Asia, África y otras partes de América, se dio cuenta rápidamente del potencial turístico que tenía el área y empezó a comprar terreno próximo o cercano a la costa. Los terrenos de la Isla de Coiba ya no se podían comprar, porque la Agencia de Cooperación Española, aprendida la lección del desastre ambiental de la costa mediterránea española, urgió al Gobierno de Panamá para que considerase la zona parque natural, y así se hizo en 1991. Pero, si no se podía conseguir Coiba, Linn al menos tenía que asegurar la costa más próxima a "la joya de Panamá", como la definió Mali-Mali, un indígena de la tribu de los Kuna Yala que ahora es guardia forestal en la isla.


Experimentado viajero y hombre de mucho mundo, John Linn no llamó mucho la atención al principio. De manera hábil y astuta, el estadounidense fue comprando terreno a precio módico, para una mente del primer mundo, y a precio caro, para una mente local. La gente del pueblo empezó a vender sus tierras a John, el gringo, porque, en principio, no parecía mala gente (estaba enamorado del sitio) y, además, pagaba bien. Como comenta él mismo, John Linn rompió el mercado de Santa Catalina y alrededores. En pocos años, se había hecho con una buena parte de los terrenos de la costa y los precios por metro cuadrado de tierra habían subido enormemente. Por lo demás, Linn cambió también las formas de hacer contratos. "El indio estaba acostumbrado a vender su tierra dos o tres veces o a vender primero la tierra, después la casa, después los muebles y después los utensilios… pero eso conmigo se acabó, una vez que firmas el contrato de venta y entregas los planos, lo vendes todo", afirma.


Este modus operandi, tan común en el mundo occidental, pero tan inusual desde el punto de vista de los costeños, trajo bastantes fricciones y pleitos. Sobre todo cuando los locales, pensando que sólo habían vendido la tierra y ahora venían por el dinero de la casa, se dieron cuenta que en el contrato lo habían vendido todo. De repente los costeños se vieron sin plata, porque la mayoría de ellos habían gastado el dinero en la cantina emborrachándose, y sin tierra, porque con John Linn, una vez que se firmaba el contrato, ya no había marcha atrás; se perdía todo. Pero el agravio más grande llegó cuando la gente de Santa Catalina se dio cuenta de que John Linn no trabajaba para él solo. Ahora es de todos sabido que John es un agente inmobiliario para una empresa de Nueva York, que todo el mundo en el pueblo conoce como La Compañía y que en total en los últimos 6 años ha comprado cerca de 60 millas (más de 90 Km.) de costa de Veraguas, desde Santa Catalina hasta Pixvae, el enclave más cercano a la Isla de Coiba. Por eso se construyó allí un pequeño aeródromo. Una vez que se supo esto, el golpe para los locales fue muy duro. No sólo se habían quedado sin tierras, sino que las habían vendido a precios muy bajos para una compañía de tal envergadura.

A la pregunta de si no cree que la compañía le ha robado las tierras a los indios, Linn ni se inmuta. De una manera natural comenta: "Nosotros no le hemos robado a nadie. Mi compañía siempre ha ofrecido precios a precio de mercado o por encima. Nadie ha obligado a los indios a vender, si lo han hecho es porque han querido." Y esa es la verdad, aunque ahora parece que los locales se enteraron de las intenciones de la compañía y ya no le venden a John. Paseando por una zona muy bonita de Santa Catalina, se me acercaron dos chiquillas y en la conversación me comentaron si no quería comprar un lote muy próximo a donde estábamos. Yo les dije que se lo ofreciesen a John, él era el gran comprador. Y la respuesta fue la siguiente: "No, mi padre no quiere vender a John. Él trabaja para esa compañía que lo está comprando todo. Nosotros queremos vender, pero no a la compañía, a otra gente". Con "otra gente" se referían a otros turistas que con en el paso del tiempo también descubrieron Catalina, pero que tuvieron que comprar sus lotes a precios mucho más altos que los de Linn.


Estas maniobras de boicot llegan, sin embargo, un poco tarde. La compañía ya ha hecho su agosto. Como el mismo Linn reconoce: "Cuando llegamos compramos la tierra a 1 dólar el metro cuadrado, ahora el mercado está a entre 15 y 30 dólares el metro." Además, la estrategia de Catiland, así se llama la filial panameña de la empresa de Nueva York, ha sido muy agresiva. Básicamente, ha consistido en comprar la mayor cantidad de línea de costa en el espacio de tiempo más corto. Es decir, monopolizar cuanto antes el mercado para dejar fuera cualquier competidor. Linn incluso comenta que cuando llegó capital chino a Santa Catalina, su compañía dobló el precio de sus ofertas para cortarle a este rival directo cualquier posibilidad de entrada en el mercado. Pero, al final, la pregunta que importa es: ¿qué va a hacer la compañía con la costa pacífica de Veraguas? En lo que se conoce como una de las mayores concentraciones de kilómetros cuadrados de costa en unas solas manos. Y, más interesante todavía, ¿quiénes están detrás de Catiland y qué fines tienen?


Lo primero que hice cuando me senté enfrente de John Linn fue preguntarle para quién trabajaba y a qué se dedicaba su empresa. La respuesta fue clara y concisa: "No le puedo facilitar esa información. Sólo le puedo comentar que se trata de capital de Nueva York". Este secretismo no es de extrañar, puesto que, al parecer, detrás de Catiland Panamá está Daniel Wolf, un multimillonario de Nueva York que, según comenta Jim Huerbsch Jimbo, se dedica a comprar las zonas más bellas de la tierra y se considera un zillionaire, porque no es ni un millonario, ni un billonario, sino que tiene tanto dinero que adquiere la última letra del alfabeto, la Z, del Zorro. Daniel Wolf es de esta clase de personas que son tan importantes que cuando tecleas su nombre en el buscador Google no aparece nada. De todas formas, con el hermetismo existente es difícil saber qué intereses están realmente detrás de Catiland. Lo único que se sabe es que el cantante de los Rolling Stones, Mick Jagger, ha visitado la zona de Coiba y Mr. Forbes, de la conocida revista económica Forbes, también ha inspeccionado el lugar y ha incluido un artículo en su sección de viajes. Está luego claro que hay mucha gente de Nueva York interesada en el paraíso de Veraguas.


Entonces, ¿Santa Catalina y Bahia Honda se van a convertir en el nuevo Cancún? John Linn dice que no. "No queremos cometer el mismo error que en Bocas del Toro, queremos proteger la zona. Nuestro objetivo es hacer de Santa Catalina un sitio caro y tranquilo, que sirva de refugio a la clase alta para desconectar por unos días de la presión de la ciudad. Nuestra clientela serán personas con alto nivel adquisitivo que lleguen aquí por mar, en veleros, o por aire, en avionetas". ¿Van a construir otro aeródromo entonces? "Sí, no a corto plazo, pero sí en el futuro." ¿No piensan vender? "No, la compañía no tiene pensado vender, sólo vamos a alquilar". La estrategia de los jefes de Catiland está clara. Se trata de land-banking, es decir, se cogen unos fondos y en vez de meterlos en el banco se dejan en una tierra que no se toca durante años o décadas. Por un lado se deja fuera a los competidores y por otro se protege a la zona del turismo de masas para que durante años sea de gran atractivo para "las clases sociales que comen caviar", como las describe Linn. ¿Qué hay mejor que disfrutar de un paraíso terrenal todavía salvaje y de una población indígena y negra aún muy pura y lejos del mundo moderno?

Pero la globalización es muy compleja. Los locales no quieren que su pueblo esté apartado del mundo. La gente de Santa Catalina también quiere disfrutar de los avances de nuestra era. Ellos también quieren tener dinero para comprar un coche, las infraestructuras necesarias para usar Internet y la telefonía móvil y una carretera asfaltada para que lleguen maestros de calidad a las escuelas. El ejemplo de la carretera es quizás el mejor para explicar la complejidad de la globalización. La compañía de Linn ha hecho lo posible por retrasar la pavimentación de la calzada. En su afán, para muchos muy loable, de preservar la cultura y costumbres de Santa Catalina y mantener la población protegida de la contaminación del mundo exterior, Catiland ha mantenido la vida del pueblo más o menos inalterada. Sólo muy pocos extranjeros han abierto hasta ahora negocios en Santa Catalina. Unos cuantos surf camps, una pizzería, un asador argentino, y para de contar. Pero los locales quieren que llegue cuanto antes el asfalto. Ellos saben que los extranjeros compran mucha tierra, pero también reconocen que "traen mucha plata y eso es bueno, porque hay más trabajo para todos", comenta un nativo llamado Flecha. Paradójicamente, mientras Linn intenta impedir la llegada de más gringos (este término no sólo incluye a los estadounidenses, sino a todo hombre blanco), la gente local está deseando que lleguen más. Que Santa Catalina se convierta en un sitio turístico de verdad.


Y eso es sin duda lo que va a pasar. Cada vez es mayor el flujo de extranjeros a Santa Catalina. Este verano muchos ya han decidido quedarse. Lo triste para la gente local es que son los extranjeros los que abren los negocios. El nuevo Internet Café está en manos de un canadiense, el negocio del alquiler de motos lo lleva un estadounidense, la mayoría de las ofertas de alojamiento están regentadas por forasteros. ¡Ay, si Urracá levantase la cabeza y viese que 500 años después nada ha cambiado! El único oriundo de Catalina que ha sabido aprovechar la situación y ha montado un pequeño hotel de cabinas ha sido Rolo, un surfer del lugar que con muy pocos recursos ha conseguido una posición privilegiada. Santa Catalina va a explotar en la próxima década. La carretera de asfalto ya está a punto de llegar. Los trabajos están muy avanzados. A partir de ahí la llegada de buses con turistas va a ser una realidad. Incluso John sabe que va a ser así. "Nosotros intentamos ralentizar el proceso, pero está claro que es un proceso que no se puede parar". Con casi toda seguridad, en un futuro, Catiland va a alquilar los terrenos próximos a la costa a cadenas hoteleras españolas como NH o Sol Meliá, que ya han mostrado gran interés por la zona.


Sin embargo, los lugareños creen tener un as en la manga. Según la legislación vigente en Panamá, los terrenos que estén a menos de 200 metros de la costa no se pueden tener como propiedad privada, sólo se pueden tener en concesión. Es lo que se llama derecho posesorio. En principio, las 60 millas de costa que compró Catiland no son de la compañía, son terreno nacional panameño, que pertenece al Estado. Si el día de mañana el gobierno de Panamá quiere recuperar la tierra lo puede hacer. Pero esa posibilidad en los tiempos que corren parece muy improbable. Hace unas semanas aterrizó un helicóptero en Santa Catalina y de él bajaron Daniel Wolf y Rubén Blades, el ministro de Turismo de Panamá, para encontrase con John Linn y comentar el futuro de la zona. Está claro que el gran capital de Nueva York se cercioró bien de que iba a contar con el apoyo del gobierno panameño antes de realizar una inversión de este tipo. Los terrenos que compró Catiland estarán protegidos de una posible expropiación por mucho tiempo, a no ser, claro está, que vuelva al país un dictador. Pero, ¿quién en Panamá quiere volver a los horrores de la época de Noriega?

Publicado en Panamá América el 24 de Julio de 2005

2 comentarios:

Mountain dijo...

Pienso en esto todo el tiempo. Lamentablemente eras niño cuando tus padres y abuelos decidieron regalar el lugar que te vio crecer. En aquel tiempo y hasta ahora solo queda una sensación de vacío irreparable. No obstante, para muchos de los que allí crecimos, las propiedades que quedan no se cambiaran ni por todo el oro del mundo.

Cavilo cada vez sobre este mundo desigual. En mi caso, nuestra bella e incomparable Panamá. Ahora tendremos un Metro en la ciudad, exclusas, importantes proyectos de inversión y crecimiento económico como pocos en la región, PERO NO TENEMOS UN CAMINO DECENTE PARA IR A NUESTROS CAMPOS, A LLEVAR DESARROLLO A ESE LUGAR QEU TE VIO NACER.

DUEÑOS DE LA VISTA MÁS HERMOSA DEL PACÍFICO (PIXVAE).

Mountain dijo...

Pienso en esto todo el tiempo. Lamentablemente eras niño cuando tus padres y abuelos decidieron regalar el lugar que te vio crecer. En aquel tiempo y hasta ahora solo queda una sensación de vacío irreparable. No obstante, para muchos de los que allí crecimos, las propiedades que quedan no se cambiaran ni por todo el oro del mundo.

Cavilo cada vez sobre este mundo desigual. En mi caso, nuestra bella e incomparable Panamá. Ahora tendremos un Metro en la ciudad, exclusas, importantes proyectos de inversión y crecimiento económico como pocos en la región, PERO NO TENEMOS UN CAMINO DECENTE PARA IR A NUESTROS CAMPOS, A LLEVAR DESARROLLO A ESE LUGAR QEU TE VIO NACER.

DUEÑOS DE LA VISTA MÁS HERMOSA DEL PACÍFICO (PIXVAE).