miércoles, 14 de abril de 2010

Velos y ‘perros’ del desierto




Acabo de llegar a Dubai, después de estar un mes entero en el Reino de Arabia Saudí, y me resulta difícil encontrar palabras para lo que he vivido. Todavía estoy en una fase de incredulidad. No es fácil resumir en pocas páginas cómo es la vida en ese lugar tan cerrado al mundo. Conseguir el visado para entrar ya no fue tarea fácil. Como persona no musulmana, que no tiene ninguna intención de ir a visitar la Meca (más que nada porque me sería imposible) sabía que sólo podría entrar en el país con una invitación expresa de una universidad saudí. Por un milagro lo conseguí. Un profesor de economía y finanzas de montenegro se interesó por mi proyecto de doctorado y realizó todos los trámites burocráticos necesarios para abrirme las puertas de Riyadh. Si no fuese por él, nunca podría estar escribiendo esta historia. A él le debo una de las mayores experiencias de mi vida: conocer la gente del interior del desierto arábico.

El primer susto ya llegó según aterricé en Riyadh, procedente de Abu Dhabi. El avión de las líneas aéreas saudíes era bastante pequeño y nada más llegar a mi asiento, todavía en suelo de los emiratos, descubrí que no podía poner mi equipaje de mano en el compartimento superior. No me quedaba más remedio que meter mi enorme bolsa debajo de mi asiento, lo que no me permitía tener las piernas a gusto. El avión sin embargo no se llenó y le pedí a la azafata si podía sentarme en los asientos de atrás que estaban vacíos y así poner mi mochila a mi costado. La azafata me consintió el deseo. Como llegaba de Francia y me había pasado los últimos días entre salas de conferencias, hoteles y aviones, me quedé dormido al instante. Las ansias por llegar a Arabia Saudí eran enormes, pero el sueño era todavía mayor.

Cuando aterrizamos en Riyadh, empecé a recoger todas mis cosas y de repente descubrí que me faltaba el pasaporte. No podía ser, ¿cómo podía haberlo perdido si me acordaba perfectamente que lo tenía al subir al avión? Pues, no, no estaba por ninguna parte. Ni en la americana, ni en el pantalón, ni en mi bolsa. El avión ya estaba vacío y yo sin pasaporte. Un pasaporte que tenía el dichoso visado de investigador que me había costado tantos esfuerzos y tanto dinero conseguir.

En esos momentos se me pasaron por la cabeza varias pesadillas: “seguro que alguien me lo robó cuando estaba durmiendo”; “¿qué voy a hacer ahora sin pasaporte?”; “Seguro que me van a interrogar”; “Seguro que alguien me robó el pasaporte y me metió alguna droga o alguna sustancia ilegal en mis maletas y ahora me voy directito a la cárcel”. La paranoia aumentaba según pasaban los segundos.

Al momento se acercó la primera azafata para preguntarme qué me faltaba y yo le dije casi llorando: “El pasaporte”. La mujer no se lo podía creer. “¿Cómo es que le falta el pasaporte? ¿No lo tenía cuando subió al avión?”, me dijo. “Sí, sí que lo tenía”, contesté, “pero ahora no lo tengo.” Mi razonamiento inmediato era que alguien me lo había quitado y que había que hablar con el capitán para cachear a todos los pasajeros del avión. Al momento llegó también el capitán y allí estábamos todos de rodillas en el avión buscando el dichoso pasaporte. Hasta que me di cuenta que me había sentado antes en el otro asiento y se lo dije al capitán. Éste y otra azafata fueron hasta allí mientras yo seguí sacando todo de mi equipaje de mano a pesar de estar convenido de que el pasaporte no estaba en mi bolsa. A los pocos segundos el capitán y la azafata me llamaron con el pasaporte en la mano. Me lo había dejado en el bolsillo de enfrente del primer asiento en el que me había sentado. Normalmente no suelo hacer eso, pero supongo que con el cansancio y con el trastorno de no poder poner el equipaje en el compartimento superior decidí instintivamente poner el pasaporte en el bolsillo de delante. ¡Vaya susto!

Y de susto en susto, porque llego a la zona de recogida de maletas y de repente veo un grupo de unos 100 afganos o pakistaníes. Todos vestidos con su indumentaria tradicional de color caqui con pantalones sueltos, camisa larga solapando los pantalones y las típicas sandalias de cuero. Estaban todos amontonados, medio asustados y había un hombre gritándoles y dando órdenes. La escena se parecía a un pastor de ovejas controlando al rebaño con bastón. La imagen me impactó. Los cien afganos no parecían personas, parecían bestias que habían salido del monte. Una escena chocante. En el mismo instante, entro en el baño y lo veo todo sucio y lleno de mierda. Literalmente. El olor era horrible. Ni el baño de la estación de autobuses de La Paz estaba en peores condiciones. Eso fue una sorpresa muy grande. Yo pensaba que iba a llegar a Riyadh y que me iba a encontrar con un lujo similar al de Dubai y Abu Dhabi. Pero nada más lejos de la realidad. El país más rico del Golfo tiene un aeropuerto que da pena.

Después de que el funcionario de aduanas me sacase varias fotos y me cogiese todas las huellas dactilares de todos los dedos de las dos manos, salí por la puerta del aeropuerto medio consternado por todo lo que había visto en pocos minutos y me encontré allí un hombre vestido de árabe del Golfo con un cártel con mi nombre. Bueno, por lo menos había alguien esperándome.

Y ahí empezó la experiencia saudí de verdad. Riyadh es una ciudad que está en el medio del desierto. Por lo tanto hay tormentas de arena día sí y día también. A veces son más fuertes y otras veces menos, pero la fina arena del desierto siempre está en el aire. Puedes pasar un trapo por cualquier superficie que al rato va a tener una fina capa de polvillo encima. Y eso incluso dentro de las casas. Algo increíble. Una característica que me dice que realmente ese lugar no ha sido creado para el hombre. No he conocido lugar más inhóspito. Yo supongo que se puede comparar con vivir en el Himalaya o en el Ártico. Para poner dos ejemplos en lugares gélidos y no calurosos. Pero Riyadh es eso. Una ciudad construida en el medio del desierto. El lugar es tan seco y arenoso que a los poco días me empezó a pelar la piel, no por el sol, sino por la aridez.



Y justamente esta característica es la que ha marcado a los habitantes de esta zona del mundo. Como siempre, he intentado adentrarme un poco en la historia de este lugar, y según he podido enterarme, los beduinos del desierto, antes de que llegase Mahoma, eran un pueblo estoico y orgulloso que no valoraba en demasía la compasión y la caridad, sobre todos con aquellos ajenos a su tribu más inmediata. El hábitat no se lo permitía. En el desierto sólo puedes mirar por ti y los tuyos. No hay suficientes recursos para alimentar a todos, con lo cual o eres fuerte o pereces. Esa fue siempre la actitud de los nómadas del desierto y esa falta de compasión llegó a extremos inaguantables cuando esos mismos nómadas se hicieron sedentarios, empezaron a acumular grandes riquezas a través del comercio y empezaron a vivir en el medio del lujo y la soberbia. Hoy esa soberbia se percibe en las carreteras. Los saudíes no tienen ningún respeto por el prójimo a la hora de conducir. No sé si es por el pañuelo que llevan en la cabeza que les quita visión o por su propio carácter, pero la realidad es que cambian de carril y salen y entran a y de las autopistas sin girar la cabeza ni un milímetro. Es una cosa temeraria. Nunca he visto una conducción más irresponsable. Las carreteras de hoy de Riyadh son como las rutas del medio oeste americano del siglo XIX, impera el “Wild East”, en el que el más fuerte aplasta al más débil. Eso explica entre otras cosas por qué triunfan los Toyotas 4x4 enormes. En medio de esta conducción salvaje, siempre es mejor tener una bestia de coche para aplastar a los demás que ser aplastado por ellos.

La conducción salvaje puede que sea justamente un espejo del carácter de la gente del desierto. Si les dejas rienda suelta, esta gente actúa de una manera muy temperamental. Supongo que será consecuencia del sol, del calor y de lo inhóspito del lugar en el que viven. En mi opinión es en este contexto que triunfa el mensaje de Mahoma allá por el siglo seis después de Cristo. El discurso de Mahoma es justamente de pacificación. De superar esa soberbia y ese estoicismo contraproducente y empezar a mirar más hacia la comunidad en general y no hacia la tribu en un sentido reducido. Es un mensaje que invoca la solidaridad, la compasión y el entendimiento entre los diferentes clanes del desierto. En fin, es un mensaje de apaciguamiento.

Un día iba en el taxi con un taxista pakistaní y medio en inglés y medio en árabe el hombre, tras ver varias maniobras salvajes de los saudíes que nos dejaron atónitos, me explicó que ellos (los pakistaníes) llamaban a los saudíes: “perros” (kelb, en arabe). La imagen me resultó chocante, pero en cierto sentido me pareció una analogía acertada. De alguna manera, los saudíes de hoy son como perros. Cuando los domas, como lo hizo Mahoma (con rezos regulares, con prohibición de alcohol, con restricciones a las mujeres para que no despierten el instinto animal de los hombres) entonces todo puede funcionar de una manera controlada, pero si los dejas sueltos, su instinto natural despiadado, derivado de las inclemencias y dificultades del desierto, hace que el bienestar de la comunidad se vea perjudicado.

Ya sé que esta interpretación es demasiado generalista y que incluso puede ofender a ciertos saudíes, pero ésta es una de las conclusiones a las que he llegado después de pensar durante un mes por qué será que las mujeres saudíes tienen que ir tapadas desde los pies hasta la cabeza, sólo mostrando sus ojos y a veces ni eso. En parte supongo que la explicación está en que ésta es la manera de protegerlas frente a los instintos animales de sus hombres. Un claro ejemplo lo encontré en Jeddah, ciudad porteña del Mar Rojo y más abierta que la árida Riyadh, cuando un saudí me explicó que las mujeres solteras saudíes sí que pueden ir a la playa y desnudarse en público, mientras que los hombres solteros saudíes tienen prohibida esa actividad. La razón es que las autoridades confían en los hombres solteros extranjeros, pero no en sus propios jóvenes. “Nosotros no somos de fiar, podemos atacar a las mujeres, somos como tiburones”, me decía este saudí entre carcajadas, “tú en cambio no eres una amenaza. Puedes ir a la playa y ver nuestras mujeres desnudas que no vas a hacer nada y las autoridades lo saben”.

No tengo evidencia de esto, pero supongo que en tiempos de Mahoma cuando la soberbia de los ricos comerciantes del desierto estaba más extendida que nunca, también abría muchos “tiburones” por ahí sueltos atacando a las mujeres bellas (y débiles) por la calle. Es por eso que Mahoma mandó taparse a las mujeres. No para castigarlas, pero más que nada para protegerlas. Aquí hay que decir que Mahoma nunca dijo que las mujeres tenían que tapar la cara. Eso vino más tarde con el Wahabismo propio de Riyadh. Mahoma sólo decía que la mujer tenía que tapar el pelo, las rodillas y el escote. Vamos, las partes de la mujer más sensuales, lo de tapar la cara vino mucho más tarde con el Wahabismo, que quiso darle una vuelta de tuerca más al Islam. Pero incluso lo del manto negro (la abaya) puede interpretarse también como una estrategia para proteger a la mujer. Antes de llegar a Arabia Saudí siempre pensé que los vestidos tradicionales blanco del hombre y negro de la mujer era un castigo para la mujer. Después de estar allí y empezar a darle vueltas a la cabeza supongo que lo del manto negro tiene sentido. La mujer del desierto normalmente no sale durante el día a la calle. Es el hombre el que sale a ganarse el pan, con lo cual es normal que él vaya de blanco para protegerse del sol. La mujer en cambio suele salir por la noche y por la noche es mejor ir de negro para evitar a los “perros” que de blanco y llamando la atención. No sé si todo esto es cierto. Repito. No tengo evidencia de ello, pero sólo intento compartir los pensamientos que me han surgido en este mes en Arabia Saudí. Siempre intento entender las culturas que visito. Y este ha sido mi razonamiento para explicar la prohibición del alcohol (aunque el mercado negro sigue presente) y la vestimenta de la mujer en esta parte del mundo.



Quería terminar este recuento explicando los cambios que se están produciendo en esta sociedad del desierto. Una sociedad que hace 50 años todavía seguía el estilo de vida beduino propio de los hombres y las mujeres del desierto. La mayoría de los líderes de hoy, en su infancia, vivían como nómadas, con lo cual son impresionantes los cambios que han vivido tan sólo en pocas décadas. Hace unas décadas los líderes religiosos del consejo religioso que todavía hoy tiene una influencia enorme en la sociedad saudí consideraban que los coches eran un invento del diablo, así lo pensaban de la radio y de mucho otros avances técnicos. Uno de los estudiantes de la Universidad Alfaisal, donde trabajé como investigador visitante, me decía que hace 10 años las parabólicas no estaban permitidas. Que los mutawa (la polícia religiosa) rastreaban las calles en busca de parabólicas y les tiraban piedras hasta que las tumbaban. Eso era simplemente hace diez años. Hoy las parabólicas están permitidas. Antes las mujeres tenían que pasar por un arco detector de metales para pasar a las bodas (donde sólo están las mujeres) para evitar el uso de cámaras de fotos y la distribución de esas fotos entre los “tiburones”. Hoy ya pueden sacar fotos en las bodas. Hace cinco años los móviles con cámara de fotos eran ilegales en Arabia Saudí. Si los mutawas veían a alguien sacando una foto con su móvil, le cogían el móvil y le rompían la cámara con una punta. Hoy se pueden comprar los móviles con cámara en las tiendas.

Y los mismos pequeños avances se ven en los atuendos de la mujer. Antes ninguna mujer podía enseñar la cara. Hoy en Jeddah hay mujeres que enseñan el rostro. Antes las extranjeras tenían que taparse el pelo, hoy tienen que llevar la tradicional abaya pero pueden llevar el pelo suelto. Incluso se pueden ver niñas saudíes que llevan la abaya medio abierta de camino al colegio, enseñando así los vaqueros y las camisas de marca. Algo que hace cinco años sería totalmente imposible.

Y el último ejemplo. En mi universidad, el edificio ha sido construido para albergar a estudiantes masculinos y femeninos. Bien es verdad que cada uno está en un piso diferente y que los auditorios tienen también dos pisos para que los “tiburones” se sientan abajo y las mujeres arriba para que no se puedan ver entre ellos mientras todos pueden ver al profesor, pero el simple hecho de que mujeres y hombres estén sentados en la misma sala y puedan discutir varios asuntos ya es un gran avance. La idea de la Universidad Alfaisal es que poco a poco se consiga algún tipo de acercamiento entre hombres y mujeres. Bien sea en el ascensor, en los horarios de visitas de los profesores o en la entrada y salida de la universidad. Los mutawas no quieren ni eso. Todavía hoy se oponen a que las mujeres puedan educarse en la Universidad Alfaisal. Todo está preparado para que ocupen el piso de arriba de los auditorios, pero por ahora ese piso de arriba está vacío por los mutawas. ¿Quién sabe? A lo mejor pasa como con las parabólicas y algún día estudiantes de ambos sexos estarán sentados en la misma sala, aunque sea en un piso diferente.

jueves, 4 de marzo de 2010

Abu Dhabi-París: dos mundos aparte




Acabo de llegar de Abu Dhabi (Emiratos Árabes Unidos) al aeropuerto Charles de Gaulle de París y he sufrido un shock cultural, y eso que sólo estuve tres semanas en Abu Dhabi y Dubai. No sé, supongo que ya me acostumbré tanto al canto del muecín, a las mujeres vestidas de negro, a los hombres con sus túnicas blancas y sus pañuelos en la cabeza, y sobre todo al glamour y al resplandor de los edificios, que llegar al continente europeo, así de repente (sólo para una conferencia), me hizo ver este lugar de una manera diferente. Parece que acabo de dejar y encontrar dos mundos aparte. Allí todo era nuevo, brillante y colorido. Aquí todo es viejo, desgastado y gris. Allí estaba a 35 grados y aquí estoy a 10. Eso se nota. No sólo en la temperatura, sino en la infraestructura y la gente. El aeropuerto de Abu Dhabi es todo vidrio, mármol, amplitud y acero. Charles de Gaulle es hormigón, hierro y también mármol, pero este mármol ya no brilla.



Ahora entiendo porque una egipcia me decía que no le gustaba Europa porque los baños eran viejos y sucios. Concuerdo. En menos de 8 horas acabo de usar dos baños diferentes, uno en el aeropuerto de Abu Dhabi y otro aquí en el Charles de Gaulle y la diferencia es descomunal. El de allá era un baño a todo confort, nuevo, limpio, de colores y resplandeciente. Con duchita incluida para limpiarse bien el trasero. Muy higiénico, vamos. En plan árabe. El de aquí tiene por lo menos 20 o treinta años, los azulejos son blancos y están desgastados. Las puertas son de madera y ya se notan las grietas del paso del tiempo. ¡Y por encima es de pago! Al lado del retrete encontré una maquinita que me decía que allí podía humedecer el papel higiénico para un mayor confort y bienestar, pero lamentablemente puse el papel higiénico debajo del spray y no había líquido ya para humedecer. Todo un contratiempo.



Supongo que estas “cositas” de la vida me dejan con cierta preocupación en cuanto al estado de Europa. Soy de los que me resisto a decir que Europa está en declive. Supongo que mi identidad europea me impide a veces ser más objetivo. Sigo pensando que Europa es el mejor lugar para vivir. Es donde hay más clase media, más cultura, más filosofía, más amor por la lectura, la contemplación y la relajación. Miro alrededor y veo a muchísima gente con periódicos, libros y revistas. Hay hambre por saber en Europa, pero del saber no sólo vive el hombre. También tiene que hacer. En estos momentos, acabado de llegar de los Emiratos donde los indios, pakistaníes, filipinos y nepalíes trabajan de sol a sol para levantar todo un país en pocos lustros. Siento que Europa está cayendo en la complacencia, el acomodamiento y en un peligroso bienvivir conseguido a base de trabajo duro e inteligencia durante siglos, pero que en estos momentos se está desvaneciendo por culpa de la falta de incentivos y retos.



Sigo pensando que Europa va a despertar algún día y ponerse las pilas. Sigo siendo un optimista. Creo que algún día los europeos se van a dar cuenta que los brasileños, chinos, indios y árabes les están pisando los talones y se pondrán de nuevo a “hacer” y no sólo a pensar. De todas maneras, hasta que llegue ese momento, la transición va a ser dura. Sólo hay que mirar a Grecia. Los europeos están acostumbrados a unos derechos sociales y laborales que para la mayoría de la gente de este mundo son impensables. 40 horas de trabajo a la semana, 4 ó 5 semanas de vacaciones, compensación por despido improcedente, subsidio por desempleo, ayudas familiares, jubilación a los 65 (o a los 60, como en Grecia) etc. etc. Logros cosechados a base de esfuerzo, protestas y luchas sociales. Derechos conseguidos a base de sudor y sangre. Y dirán los europeos, como dicen mucho de mis amigos, ¿pero no será mejor que los chinos se pongan a nuestro nivel, con nuestros derechos, a que nosotros tengamos que desprendernos de nuestros derechos y ponernos a trabajar como chinos? Supongo que tendrán razón mis amigos. Yo también soy de los que piensa que los chinos, y los taxistas paquistaníes de Abu Dhabi que trabajan 16 horas al día, deberían tener más derechos. Pero, ¿quién somos los europeos para decirles a los demás cómo tienen que ganarse su pan?



El problema de los europeos es que pensamos que somos la vanguardia de la raza humana. Que estamos por delante de los demás y que ellos seguirán nuestra estela. Esperamos, ingenuos nosotros, que algún día los chinos llegarán a nuestro nivel de bienestar y van a pedir más derechos. Eso es un grave error. El ejemplo lo tenemos en los Estados Unidos. También pensamos que cuando ese país evolucionase, se asentase y se modernizase, sus ciudadanos iban a pedir más derechos y trabajar menos. Bueno, pues nada más lejos de la realidad, Estados Unidos ha superado a Europa en cuanto a riqueza, investigación y desarrollo y no hay síntomas de quererle dar 5 semanas de vacaciones a los trabajadores. La ambición de Obama de crear un sistema sanitario universal en Estados Unidos es un claro ejemplo de cómo la mentalidad de ese país no sigue la estela europea. La mayoría de los americanos se oponen a darle más derechos a los más necesitados. No está en la idiosincrasia americana. Eso sería hacerse europeos, y eso significa complacencia y declive.



Muchos europeos sin embargo, no se inmutan. “Como en Europa no se vive en ningún lado”, dicen. Además, qué problema hay en no estar al frente del mundo, en dejar de ser los más poderosos y los más avanzados. Mira Suiza, no son una superpotencia y el nivel de vida es de los mejores. ¿Por qué no hacer de Europa una pequeña-grande Suiza? Me gusta la idea, sobre todo porque nací allí y sé muy bien cómo se vive en esa pequeña isla, paraíso fiscal. Lo que pasa es que muchos europeos no se dan cuenta que los suizos son precisamente la antítesis de lo que veo en el resto del viejo continente. Los suizos no están acomodados, ni complacientes. Hay derechos laborales, pero los justos. Los suizos están siempre alerta, siempre on their toes, como dirían los ingleses. Es decir, siempre con los talones levantados por si llega cualquier desavenencia. Los suizos no son vagos, tienen una disciplina de trabajo superior a los alemanes, ¡ahí es nada! Lógico que los suizos se mantienen en un bienestar alto. Lo hacen porque siempre quieren estar a la vanguardia.



Creo que conozco Europa bastante bien. Me la he recorrido de punta a punta en mi pocos años de vida. Conozco las diferentes mentalidades, así como las diferentes lenguas, menos las eslavas y el griego. Siempre me ha extrañado, sin embargo, la preocupación de los suizos por la competencia de los chinos, los indios, y los otros países emergentes. Siempre he notado a los suizos más preocupados por ese tema que los franceses, los alemanes y los ingleses. Ahora que acabo de comparar el baño del aeropuerto de Abu Dhabi con el de París entiendo la inquietud helvética. Los baños en Suiza siempre están limpios. Hay una razón detrás.

lunes, 15 de febrero de 2010

El chirriante glamour de Dubai

Después de 10 días en Dubai creo que ha llegado la hora de compartir algunos de mis pensares sobre esta ciudad. Dubai es una de las ciudades de moda de inicios del siglo XXI. Hace 5 o 6 años aquí no había más que arena, unos cuantos pescadores, los nómadas del desierto y unos cuantos hoteles de lujo. En tan solo un lustro, Dubai se ha convertido en una metrópolis de varios millones de personas y cientos de rascacielos. El edificio más alto del planeta, la torre Burj Khalifa, que con una altura de más de 800 metros y 160 pisos es visible desde todas partes –incluso desde la ventana de mi habitación– representa bien lo que es esta ciudad. En ella se ve el deseo de los gobernantes de los Emiratos Árabes Unidos de enseñarle al mundo la cantidad de dinero y de poder que atesoran. El dinero es una cuestión indiscutible. Lo del poder, ya es más cuestionable. Que la torre esté cerrada a los visitantes por problemas técnicos tan sólo dos meses después de ser inaugurada es muy representativo de lo que está pasando aquí.

Lo de Dubai ha sido incluso más bestial que lo que ha pasado en España con la burbuja del ladrillo y el hormigón. Lo dicho, aquí hace cinco años no había nada y ahora hay rascacielos sin fin, islas artificiales en forma de palmera, autopistas por todos lados, un metro volante, centros comerciales bañados en mármol con zonas dedicadas a diferentes partes del mundo, con pistas de esquí incorporadas (sí, pistas de esquí en el desierto, ¡manda cojones!) y con fuentes que cantan. Es realmente impresionante. Esta gente ha conseguido en cinco años levantar en el desierto una ciudad que supera a Las Vegas en glamour y en derroche. Porque realmente lo que estoy presenciando día tras día es un aluvión de consumismo que me chirría tanto en los oídos que a veces pienso que me va a estallar la cabeza. No sé si es eso o el aire acondicionado a 17 grados. Estamos en pleno Festival de Dubai de las Compras y esto es una auténtica locura. Todo está en rebajas y miles de personas llenan todos los días los centros comerciales para devorar todo tipo de artículos de consumo. Electrodomésticos, aparatos electrónicos, ropa, complementos, joyas, relojes, coches. Todo esto a mí me supera. No me ha gustado Las Vegas y Dubai va por el mismo camino.

Es una ciudad totalmente artificial. La gente lo único que hace es ir de centro comercial en centro comercial y consumir y consumir y consumir todavía más. Y cuando van de centro comercial a centro comercial también consumen. Como la gasolina está tirada de precio, los coches son todos cuatro por cuatros, y coches deportivos de alto cilindraje. Y en casa también se consumo (aunque no se esté), porque el aire acondicionado está siempre puesto, día y noche, las 24 horas, los 7 días de la semana. Esto es un mundo que no es real, no es natural. Pero es un mundo que atrae. Es fácil aceptar este ritmo de vida, sobre todo si eres un europeo o un americano que en casa no podías permitirte estos lujos. ¿Por qué es Dubai tan atractivo? Porque el nivel de vida desde el punto de vista material es brutal. Aquí se pueden cumplir todos los sueños. Los sueldos son tan altos que una familia europea se puede permitir el lujo de vivir en un apartamento amplio o una mansión con vistas al mar, puede tener dos o tres coches. Coches además de superlujo: mercedes, BMWs, Ferraris, Porches, Lamborguinis, lo que sea. Puede tener una niñera y un conductor a plena disposición durante todo el día y además de eso puede comprar todo tipo de lujos sin remordimientos. Como me dijo un coruñés que lleva aquí varios años: “Es muy fácil acomodarse aquí. Tienes todos los lujos”.

Pero ese mismo coruñés, de 40 años, y de carácter y aspecto tales que podría ser perfectamente mi hermano, también apunta a uno de los peligros de esta ciudad de lujo. “Yo vivo aquí como un rey y mi familia igual, pero no me quiero quedar aquí mucho tiempo. Este lugar no es un buen lugar para criar a mis hijas. Yo quiero que mis hijas vean lo que es la realidad del mundo. Esto no es la realidad”. Y tiene razón Juan. Esta ciudad es completamente artificial.

Lo único que veo, o más bien oigo, auténtico es la llamada del muecín para el rezo. Eso es auténtico. Eso es realmente lo que me recuerda todos los días que no estoy en Las Vegas y sí estoy en el mundo árabe. Eso, y las mujeres vestidas de negro con el burca y los hombres de blanco, con la ropa tradicional. Pero como solo son el 15% de la población, pues tampoco es que abunden. Es decir, la mayoría de la gente de esta ciudad realmente no es de aquí. Es tanto de aquí como los rascacielos, o como yo.

Otro de los sitios que transmite un poco de autenticidad es el centro de Dubai. La zona de Bur Dubai y de Deira. Eso es lo que tradicionalmente siempre ha sido el centro comercial, lleno de tiendas de todo tipo y con un movimiento de gente importante. Me gusta esa zona. Por lo menos está sucia por el trajine humano. No brilla todo como en los centros comerciales. Ahí además se respira aire de Asia. La cantidad de nacionalidades y de vestimentas es alucinante. Me encanta ver las diferentes ropas de los afganos, los indios, los pakistaníes, los chinos, los de Asia central, los de Nepal, los de Bangladesh. Ahí es cuando siento que no estoy en Europa. Cuando siento el palpitar del Golfo. Zona histórica de comerciantes que trasladan las mercancías de Oriente a Occidente y viceversa. Pero por ahí es difícil ver a los occidentales. No se quieren exponer a ese tipo de gente. Tengo aquí una amiga que estudió conmigo en Manchester y nunca ha ido por la zona de Deira y eso que lleva aquí más de un año.

El otro día tenía que hacer un recado por esa zona y ella y el marido se ofrecieron a llevarme hasta allí después de haber almorzado juntos. Una vez que metieron su BMW por esas calles del centro atestadas con gente comerciante y obrera noté que se sentían incómodos. Y eso que aquí no hay ningún problema de criminalidad. Éste yo creo que es el lugar más seguro que he conocido en mi vida. Más incluso que China. Pero es una cuestión de hábito. Si no sueles meter tu coche por esos lugares ni ver gente de tez más oscura y con ropajes tradicionales propios de Asia, pues te sientes incómodo. Está claro que no es lo mismo que salir de tu mansión, coger la autopista y meterte en el centro comercial. Ahí todos van a vestir como tú y van a tener ropas nuevas. Yo para no complicarles la vida les dije que me dejasen en el medio de la gente. Prefería ir andando a hacer el recado.

Y lo impresionante de este lugar es que los trabajadores. Las masas de indios, pakistaníes, afganos y filipinos que hacen los trabajos sucios (en el sector de los servicios, en la construcción etc.), son invisibles. Se dedican a lo suyo y ya está. No protestan, no se lamentan, no se organizan para pedir más derechos. Aceptan sus 300 euros al mes, si los ganan, y trabajan sus 12 horas o más los 7 días a la semana. Esto lleva a muchos expatriados a pensar que la mayoría de las personas de esta ciudad viven como ellos. El otro día una pareja de egipcios me llegó a espetar que el 80% de la población vivía como ellos. Yo me quedé alucinado. ¿Cómo se puede llegar a pensar eso? En cualquier lugar que la clase media tiene suficiente dinero para pagar criados es porque esa clase media realmente es la clase media-alta que vive de maravilla gracias a la explotación (comparado con los estándares europeos) de la clase obrera. Pero claro, si esos egipcios viven en una comunidad con todo el lujo del mundo y sólo se dedican a ir del trabajo, a su casa y de su casa el centro comercial, pues entonces está claro que todo lo que les rodea brilla, con lo cual es fácil de pensar que ellos son la mayoría y los invisibles son la minoría.

Pero bueno, no debería romperme la cabeza tanto con estos asuntos. Debería disfrutar de mi mansión, de mi piscinita, de mis 25 grados de sol, de mi playita, de mis entrevistas con los banqueros y los hombres de negocios, de mis amigos iraníes con sus BMWs deportivos, de las agradables conversaciones con la shisha, y de pasármela bien. Lo que pasa es que mañana voy a estar sentado otra vez en el transporte público (porque soy de los pocos occidentales que no tengo coche) y voy a ser de nuevo el único blanco y la gente me va a mirar raro, y entonces, como los trayectos son largos, voy a volver a pensar por qué serán las cosas como son.


domingo, 30 de agosto de 2009

Resucita la Tasa Tobin


Esta semana ha ocurrido algo que muchos consideraban impensable en la City de Londres. El presidente de la Autoridad de Servicios Financieros del Reino Unido, el máximo órgano regulador del sistema bancario británico, Lord Adiar Turner, ha sorprendido a la comunidad financiera mundial al declarar que la aplicación de la Tasa Tobin sobre las transacciones financieras sería una buena idea para reducir el tamaño, y consecuentemente el riesgo, del sector bancario de nuestras economías.

La Tasa Tobin lleva su nombre por James Tobin, un premio Nobel de economía que propuso en los años 70 aplicar una pequeña tasa de 0.1% a 0.25% sobre las transacciones de divisas para conseguir, en sus propias palabras, dos objetivos: “El primero sería hacer que los tipos de cambio en la divisas reflejen más los fundamentos económicos a largo plazo que las expectativas y los riesgos a corto plazo y el segundo sería preservar y promover la autonomía de las políticas macroeconómicas y monetarias frente a los mercados”. Para aquellos que no entiendan mucho de economía, el primer objetivo trata de reducir la especulación en los mercados de divisas y el segundo hace referencia a que, cuando hay una crisis, las autoridades puedan aumentar las tasas sobre las transacciones financieras y así evitar la huida de capital, como pasó por ejemplo en Argentina hace unos años.

En tiempos normales, fuera de crisis, la Tasa Tobin que se propone hoy en día sería mínima, de 0.1%, y serviría por un lado para echar un poco de “arena al engranaje del mercado” y evitar así burbujas como la que nos ha llevado a la crisis de hoy y, por otro, para recaudar fondos públicos, bien para mejorar la red de servicios públicos o para cooperación y desarrollo mundial. Estas características distributivas han hecho que la Tasa Tobin haya ganado en los últimos años el respaldo de economistas heterodoxos, centrados en el desarrollo, y organizaciones sociales como ATTAC que luchan por una justicia social global. La iniciativa ha sido incluso discutida en los últimos años en los parlamentos de Francia, Bélgica y España tras ser promovida por diputados de izquierdas.

Sin embargo, a pesar de todos estos esfuerzos, la propuesta nunca ha tomado fuerza porque para implementarla hay que introducirla en todos los centros financieros del mundo. No sirve de nada aplicarla en España o Francia, ni siquiera es suficiente introducirla en toda la Unión Europea porque los operadores de mercados de divisas simplemente escaparían al Reino Unido o los Estados Unidos, donde la Tasa Tobin siempre se ha considerado una utopía de izquierdas que va totalmente en contra de los negocios y el mercado libre tan enraizados en esas culturas. Los críticos añadían además que la aplicación de esa tasa a nivel global sería técnicamente imposible, por el volumen de transacciones, y políticamente difícil porque habría primero que decidir quién recauda el dinero público global y quién se va poder beneficiar de él.

Es justamente por todo esto que las declaraciones de la máxima autoridad supervisora de la banca británica han levantado tanto debate en la City de Londres y en Wall Street esto días. Los operadores de divisas están incrédulos. ¿Será verdad que Lord Turner va en serio? ¿Nos echarán encima el monstruo de la Tasa Tobin? Avinash Persaud, viejo conocido de los mercados de divisas por se un ex operador, acaba de escribir en el Financial Times que tal como está integrado hoy el sistema financiero mundial la aplicación de la Tasa Tobin sería más fácil que nunca desde el punto de vista técnico. Lo único que hace falta es voluntad política. Algo que no es fácil teniendo en cuenta los poderes que tiene la banca, pero como dice él: “igual de difícil era escuchar a Lord Turner apoyar la Tasa Tobin, y ha sucedido”.

Artículo publicado en las páginas webs de ATTAC España y Xornal de Galicia, el 30 de agosto de 2009

http://www.xornal.com/opinions/2009/08/29/Opinion/resucita-taxa-tobin/2009082918554296249.html

http://www.attac.es/resucita-la-tasa-tobin/

sábado, 8 de agosto de 2009

La llamada del muecín


Llevo algo menos de 48 horas en la península arábica, concretamente en la ciudad de Doha, capital de Qatar y ya me siento con la necesidad de contar mis primeras experiencias. He llegado aquí acompañando a mi novia Moodthy, que ha venido a visitar a su padre, que es qatarí. El viaje en avión desde Heathrow a Doha, pasando por Bahrein, fue normalito, como cualquier otro viaje, aunque obviamente los elementos extraños fueron oír las indicaciones de avión en inglés y en árabe y ver tanta mujer con pañoleta o niqab en tan poco espacio.

Según bajamos del avión, ya nos saludó una brisa ardiente proveniente del Golfo Pérsico. Eran las 9 y 10 de la noche, y no había ni una gota de sol, pero la temperatura debía estar entorno a los 40 grados. O sea, fue salir del avión y entrar en una sauna. Nos resguardamos rápidamente de la ola de calor entrando en el autobús con aire acondicionado que nos llevo directamente a la Terminal. Allí ya nos estaban esperando unas azafatas, que habían sido contratadas previamente para facilitar nuestra entrada en el país y reducir a lo más mínimo el siempre latoso ejercicio de conseguir una visa de entrada. Todo sucedió en pocos minutos. Las amables azafatas de origen indio (de la India) nos pidieron los pasaportes y en un abrir y cerrar de ojos, ya tenia mi pasaporte cuñado y ya nos estaban pasando por un corredor especial, saltándonos todas las colas, para la inspección personal de aduanas y la entrada en Qatar.

Al salir del aeropuerto, lo primero en que me fijé fue en los coches. Casi todos cuatro por cuatros de alto cilindraje al más puro estilo yanki, aunque la mayoría de ellos son de fabricación japonesa. Qatar es bastante plana en cuanto a arquitectura, menos el distrito financiero y la parte moderna, que presentan unas cuantas decenas de rascacielos deslumbrantes. La altura física de la ciudad sin embargo se ha visto afectada en las últimas semanas por una tormenta de arena proveniente de Irak que ha traído, según nos dijo el padre de Moodthy, no sé cuantas cientos de toneladas de nueva arena a este desierto hecho habitable por la fuerza humana. Realmente es impresionante ver como el ser humano ha sido capaz de construir ciudades en desiertos inhóspitos. Circulando por las calles de Qatar, uno se da cuenta que todo lo que no está asfaltado es arena, simple arena, o césped mantenido a base de millones de litros de agua desalada.

El calor aquí es impresionante. Y eso que ahora mismo me dicen que el tiempo es bastante agradable. Ayer por la noche estábamos a 40 grados pero no se sentía mucha humedad. Corría una brisa calurosa que hacía posible el respirar. Hoy esa brisa persiste aunque cargada con unos cuantos grados más. Dentro de las casas, casi todas las habitaciones están equipadas con aire acondicionado, que suele estar puesto a unos agradables aunque frescos 23 grados (por lo menos no a 16 grados como lo tenía puesto mi amigo Joe de Miami). Yo sin embargo no soy muy partidario del aire condicionado y les dije a mis anfitriones que iba a prescindir de él en mi habitación lo máximo posible. Ellos me dijeron que era imposible vivir aquí sin aire acondicionado. Yo les rebatí que antes, en tiempos remotos, no había aire acondicionado y que la gente solía vivir igual. A esto el padre de Moodthy, con mucha calma y sin levantar la voz, contestó que sí que era verdad que antes no había aire acondicionado, que su madre antes de dormir mojaba bien las sábanas en agua, las retorcía un poco y él se envolvía en ellas para poder dormir, hecho que tenía que suceder en menos de 20 minutos porque después las sábanas se secarían y ya sería más difícil enganchar el sueño. Ante estas complicaciones, la comodidad de encender o apagar con el mando a distancia el aire acondicionado resultaba bastante obvia y su negación casi una herejía.


Yo sin embargo pequé y apagué el aire acondicionado de mi habitación según llegué. Me dije: “Si la habitación está ahora a 23 grados, aguantará fresca hasta por la mañana”. Parvo de mí, a las dos horas ya podía sentir el calor pegado a mi cuerpo y los primeros brotes de sudor. No me importó, sin embargo, después de tantos meses en Inglaterra y unas vacaciones fresquitas en A Coruña, disfruté de sentir calor en la cama y no tener que cubrirme con nada. Me recordó a mis tiempos por Latinoamérica, sobre todo a mis noches en Nicaragua, Panamá o Brasil (Austin, en Texas, también fue un sitio donde pasé mucho calor, sobre todo por la humedad). Ésta creo que es la mayor diferencia. A las personas que viven en lugares de mucho calor, les agrada dormir tapados y por eso ponen el aire acondicionado a una temperatura entorno a los 20 grados. A los que nos ha tocado la cruz o la bendición (depende de cómo se mire) de tener que dormir la mayoría de las noches de nuestras vidas tapados, nos resulta tremendamente agradable poder estirarnos en la cama sin nada y sentir el calor pegadizo a flor de piel.


Dormí como un santo hasta que a las cinco de la madrugada llegó uno de los momentos más esperados en mi vida. Siempre me he dicho que me gustaría despertarme al canto del muecín. Algo que siempre había leído, escuchado o visto por la tele, pero nunca había tenido la oportunidad de vivir. Esta noche sucedió. Cuando me acosté tenía miedo de no despertar, pero parece que mi cuerpo estaba esperando este momento tanto como mi mente. Con el primer rayo de sol, llegó también la primera llamada a la oración del muecín. Fue un momento especial, sin duda. Como dijo en su día Octavio Paz, el canto del muecín perforó el silencio de la noche qatarí y me despertó instantáneamente. Fue un layar estirado y profundo, desde el fondo de la garganta. Duró poco (o por lo menos yo lo oí por poco tiempo), pero fue intenso y con eco. En Qatar el canto de los muecines va por cadena, empieza por la zona este de la ciudad y acaba por la zona oeste, según se va abriendo paso el sol. Cuando acaba el muecín de una mezquita, empieza el de la siguiente. Y así lo viví. El canto del muecín de mi mezquita se apagó lentamente, y el de la siguiente reavivó la llama, pero ya más en la distancia, y así lentamente y en medio de una paz absoluta, me volví a quedar dormido.



Hoy es viernes y fue día del sermón de los viernes, con lo cual pude escuchar toda una lección coránica desde mi habitación según salí de la ducha. La verdad es que me gustaría saber lo que dijo el imán, aunque según me contaron después esta vez no se trataba de política como me gustaría a mí, sólo se trataba de cómo llegó la exigencia de mirar a la Meca cuando se reza. Es decir, se trataba de una lección coránica y nada más.


Por lo que he visto en el día de hoy, los qataríes no se meten mucho en política. Este es un pueblo de paz. Lo que no es nada extraño con el calor que hace aquí. Aquí no te puedes alterar demasiado, no te puedes calentar demasiado la sangre sino paneas (supongo que esa será la razón de no permitir el alcohol). Aquí todo es en cámara lenta, el andar, el hablar, el comer, todo menos el conducir, que es alegre. Supongo que será porque tienen el aire acondicionado puesto y se ponen todos frenéticos, y también porque llenar el tanque de gasolina aquí cuesta 10 euros, lo que da pie a pisarle a fondo y comprarse un coche, o dos o tres, bien grandes. La mayoría de las casas aquí tienen varios coches. A nadie le gusta pasear durante el día bajo el castigo del sol y menos si, gracias al petróleo y el gas, hay dinero de sobra para evitarse ese y otros martirios (como la política).



Sin duda lo que más llama la atención es la vestimenta de los locales. Los hombres llevan su tradicional hábito o túnica blanca y en la cabeza el pañuelo blanco o de cuadrados rojos y blancos o negros y blancos tipo palestina con los aros negros para sujetarlo. La túnica suele llegar hasta los pies. Dicen que es muy cómoda para el calor, primero por el color blanco y también por lo holgada que es, evitando así fricciones innecesarias bajo 45 grados. Las mujeres en cambio van de negro, con túnica muy parecida que los hombres, pero con pañoleta, y algunas con niqab, que sólo deja ver los ojos. Las más atrevidas llevan una túnica negra con adornos de lentejuelas de colores, que parece que es la última moda. El asunto es llamar la atención sin dejar de respetar la tradición. Por debajo de la túnica negra muchas de ellas llevan vestimenta occidental y en muchos casos se pueden ver los pantalones vaqueros asomar por los bajos, algo que no sucedía antaño. A las qataríes les encanta además el maquillaje. Según me han dicho, se pasan horas delante del espejo, además lo pude comprobar en persona en aquellas que enseñan la cara. El hecho de llevar la cara tapada o no parece que depende sobre todo de la voluntad de la mujer. Como se sienta más cómoda ella. El caso es evitar llamar la atención de los hombres y eso seguro que se consigue con semejante manto negro.



No todas las mujeres u hombres de Qatar se visten así de todas formas. La mayoría de los locales sí, pero también hay mucha gente extranjera. Abundan los indios y los filipinos, pero también hay paquistaníes y chinos, y también occidentales (aunque no muchos). Hay también mujeres qataríes como mi novia y otras mujeres de otros países árabes que tampoco siguen la vestimenta tradicional, bien sea porque no viven aquí o porque son rebeldes. La verdad es que este lugar está experimentando unos cambios enormes en los últimos años. La transformación es inmensa, aunque más física que mental, ya que esta última siempre tarda más tiempo, aquí y en todas las partes del mundo. Aunque parece que aquí más porque todo es más lento por el clima. Ahora me estoy dando cuenta de eso. Hoy no he hecho mucho y estoy reventado. El calor te vuelve lento. Eso es un hecho. A mí me gusta andar en el amplio sentido de la palabra, pero aquí no me va a quedar otro remedio que parar y, quizás, encender más veces de las esperadas el aire acondicionado.

martes, 2 de junio de 2009

1421, el año en que China llegó a América


Esta historia no comienza en China, empieza en México hace unos cuantos años cuando visité las ruinas mayas de Palenque, en la región de Chiapas. Allí tuve la suerte de conocer un profesor en antropología que me explicó sobre las mismas piedras centenarias mayas desgastadas por el tiempo y los turistas su osada teoría basada en el convencimiento de que ya existía comercio entre lo que hoy es el sur de México y la China ancestral antes de que Colón llegase a las Indias. Esta interpretación de la historia me resultó extremadamente interesante desde el primer momento y seguí con minuciosa atención todas las explicaciones del profesor. Durante horas me estuvo indicando y señalando lo que él considera clara evidencia de que hubo contacto entre lo que hoy es Asia y las Américas antes de que los españoles llagaran al Nuevo Mundo. Las pirámides mayas tienen mucha similitud con las pirámides egipcias y todavía más con las chinas porque están escalonadas. La orfebrería, la loza y la porcelana son semejantes y lo más curioso es que en los muros de las ruinas de Palenque se pueden distinguir esfinges egipcias y dragones y fénix chinos. Yo absorbí toda esta información con un enorme interés pero con cierta incredulidad, porque a mí en la escuela y en mi casa me habían explicado la historia de manera muy diferente. Siempre me habían dicho que los españoles habían sido los que habían descubierto las Américas y que en ese Nuevo Mundo vivían pueblos nativos con sus civilizaciones, pero con un grado de desarrollo muy inferior al español, sobre todo en cuanto al uso de los metales, la escritura y el dominio de los mares.

El profesor en cuestión, sin embargo, me rebatía todo esto mostrándome pruebas sobre el terreno de que los mayas ya usaban los metales y de que su conocimiento astrológico y matemático era muy superior al de los europeos en que aquel tiempo, con lo cual es muy poco probable que no dominasen también la escritura para acumular y preservar entre generaciones ese saber científico. En cuanto a los mares, bien es sabido que los chinos tenían un gran dominio de la navegación transoceánica incluso antes del siglo XV. Siguiendo la teoría de este profesor, toda esta información fue eliminada de los libros de historia por los españoles y la Iglesia Católica que se encargaron durante siglos de purgar toda evidencia en este sentido. En pleno auge del Imperio Español quedaba mal reconocer que los asiáticos y los habitantes del Nuevo Mundo estaban mucho más avanzados que los propios españoles. Se vendía mucho mejor la historia de que esa gente estaba totalmente incivilizada, andaba con tapa-rabos por entre la selva cazando animales con flechas y arcos, no tenían ni idea de escribir, usar metales o navegar y, lo más importante, no conocían la palabra de Cristo. Esta propaganda imperial hizo que la verdadera historia quedase anulada por completo. Como es bien sabido, la historia siempre la escriben los vencedores, y desde la llegada de Colón a lo que hoy es América está claro que los occidentales han sido los que han dominado el mundo y los que han controlado el saber.

El tema este del posible contacto marítimo transpacífico entre el Imperio Chino y el Imperio Maya me rondó la cabeza unas cuantas semanas cuando andaba por el sur de México pero después me fui para Cuba y mi atención se centró en la Revolución de Fidel con lo cual el asunto cayó progresivamente en el olvido. La curiosidad volvió a aflorar hace dos meses al llegar a China. Leyendo la historia de este país descubrí que la dinastía Ming tenía a principios del siglo XV una flota naval inmensa que controlaba los mares desde Pekín hasta el este de África. Al leer esto sonaron las campanas en mi cabeza y me acordé del profesor de México. Me dije: “Si es verdad que los chinos llegaron a América antes que Colón entonces tuvo que ser en la época Ming”. Al día siguiente me fui a la biblioteca de la Academia China de Ciencias Sociales a la sección de libros en idiomas occidentales y con bastante dificultad le expliqué a la bibliotecaria (que tenía un inglés muy limitado) que quería echarle un vistazo a la sección de historia china, concretamente al período de la dinastía Ming. Finalmente, la mujer me entendió y me escribió los códigos numerales para esa sección. Empujado por la curiosidad y el ímpetu investigador me abalancé hacia la sección y empecé a rastrear título por título. Después de un par de minutos me quedé de piedra, sin aliento. No me lo podía creer. Tenía enfrente de mí un libro que rezaba: 1421, The Year China discovered America (1421, el año en que China descubrió América). Cogí el libro con la máxima celeridad posible y me fui a una de las mesas a leerlo. Cuando me senté a la mesa las piernas me temblaban. Estaba lleno de emoción. El corazón me palpitaba con fuerza y notaba como los ojos comenzaban a acumular lagrimilla. Fue un momento de revelación. En aquel instante sentía que estaba a punto de cambiar por completo mi percepción de la historia. Ya no se trataba solo de una teoría de un profesor cualquiera que te cuenta unas cuantas historias que pueden ser verdad o mentira. Ante mis ojos tenía un libro de 700 páginas que en la introducción aseguraba que los chinos habían llegado mucho antes que los españoles al Nuevo Mundo y que en las siguientes páginas se iban a presentar las pruebas que demuestran esta teoría.

El autor del libro, Gavin Menzies, ofrecía en aquel momento de orgasmo histórico un nivel de confianza añadido, ya que estamos hablando de un ex comandante de submarino de la Armada Imperial británica que se recorrió todos los mares, estrechos y cabos que hay en el mundo y que tiene un gran conocimiento de cartografía y astrología. Menzies empezó su interés por este asunto cuando descubrió un mapa datado en 1424 y trazado por un veneciano llamado Zuane Pizzigano. En ese mapa, dibujado 68 años antes de que Colón llegase al Caribe, aparecían cuatro islas en el oeste del Atlántico. Menzies se quedó muy sorprendido al ver esas islas. En principio nadie había navegado al oeste del Atlántico y encontrado tierra hasta el viaje de Colón. ¿Cómo era posible que en un mapa de los años 20 del siglo XV estuviesen pintadas cuatro islas coincidentes con lo que hoy es el Caribe con los nombres de: Satanes, Antilla, Saya y Ymana? Acto seguido llega la explicación.

La única potencia que por aquel entonces tenía el conocimiento, la logística y el saber-hacer para trazar un mapa con tal exactitud era la China imperial de Zhu Di, el Hijo del Cielo. Menzies describe con gran detalle la china de Zhu Di y el relato es escalofriante. Zhu Di fue el emperador de la dinastía Ming que trasladó la capital del imperio chino de Nanjing a Pekín y bajo su mandato se construyó la Ciudad Prohibida y la mayor flota fluvial y marítima que la historia jamás ha visto. Zhu Di representa el apogeo más absoluto de la historia imperial china. Bajo su mandato se construyeron nada más y nada menos que 1681 navíos comerciales, 250 de ellos eran ‘barcos tesoro’ de 9 mástiles que podían albergar dentro de sus barrigas 5 carabelas como la Pinta, la Niña y la Santa María de Colón. ¡Una pasada! En total la flota de Zhu Di consistía en 3.750 navíos, 1.350 eran barcos patrulla para proteger la costa china, 400 eran barcos de guerra de mayor envergadura y otros 400 eran buques de carga para transportar grano, agua y caballos para que la flota de Zhu Di pudiese navegar los 7 mares del planeta y someter a su sistema de tributos a todos los pueblos del mundo. El nombre de China en chino es “Zhongguo”, lo que significa “El Reino Central”. Por aquel entonces Pekín, concretamente la Ciudad Prohibida, era el centro del mundo. El centro del poder absoluto. El hogar de Zhu Di, el Hijo del Cielo.


No hay evento que demuestre mejor la culminación del poder chino como la fiesta de inauguración de la Ciudad Prohibida, que se celebró el día del año nuevo chino, el 2 de febrero de 1421. Para la ocasión se invitaron a todos los reyes y señores de todos los territorios sometidos al sistema de tributos chino. Todos ellos debían de arrodillarse ante Zhu Di y tocar el suelo con sus frentes en muestra de sumisión y adoración. Los que no lo hacían bien, tenían que repetir la humillación hasta que Zhu Di daba el visto bueno. Normalmente, los jefes de los reinos sometidos por el Imperio Ming más recientemente o con mayor esfuerzo tenían que arrodillarse hasta tres veces. Menzies destaca que la política exterior china era muy diferente a la de los reinos europeos de la época. Lo chinos conseguían sus objetivos a través del comercio, la influencia y el soborno, no buscaban el conflicto armado ni la colonización directa. La flota imperial china visitaba los diferentes territorios de ultramar periódicamente para el intercambio comercial y la recolecta de tributos y su imponente presencia llegaba de sobras para someter a los líderes de esos territorios que pagaban de buena gana los tributos a cambio de protección imperial china. Los chinos además eran unos comerciantes muy benévolos. Intercambiaban las mejores sedas, porcelanas y jades por especias y animales exóticos. Vamos, que el intercambio perjudicaba más a los chinos que a los territorios sumisos.

Para la inauguración de la Ciudad Prohibida llegaron, entre otros, los jefes de estado de Malaca, Java, Sumatra, Corea y Japón. Hasta llegaron emisarios de la India, del Golfo Pérsico y de regiones tan distantes como Sudán y Somalia en el este de África. Todos llegaban en lo inmensos navíos chinos que cruzaban los océanos como el cuchillo corta la mantequilla. A los reyes europeos Zhu Di ni los invitó. Eran pueblos bárbaros que no tenían nada que ofrecer al Imperio Chino. Para los representantes de los diferentes territorios llegar a Pekín era como llegar al paraíso. Los navíos chinos estaban mejor decorados que los transatlánticos de lujo de hoy. Los invitados podían disfrutar de un viaje placentero entre las mejoras sedas, los vinos más refinados y las porcelanas más delicadas. Para entretener a los emisarios, Zhu Di asignaba a cada barco un número considerable de mujeres de palacio, todas vírgenes. Zhu Di tenía más de 2.000 concubinas permanentemente a su disposición. Las elegía él una por una. El sueño de estas preciosidades llegadas de todas las esquinas de China e instruidas en las mejores artes escénicas y amorosas era conocer al emperador, pero muchas de ellas, pese a vivir en la Ciudad Prohibida, sólo veían a Zhu Di el día de su selección. Las destinadas a las misiones diplomáticas ya podían olvidarse de conocer a Zhu Di. Éste sólo tenía sexo con vírgenes, y para el día a día como emperador tenía a la emperatriz. Cabe señalar aquí además que en la zona privada de la Ciudad Prohibida vivían también unos 2.000 varones sirvientes que servían al emperador en todas las facetas de la vida y de gobierno. Todos ellos eran, sin embargo, eunucos. Es decir, no tenían miembro viril. Zhu Di no quería dejar margen de error. Con 2.000 concubinas y 2.000 varones sirvientes la atracción sexual podía ser peligrosa. Para evitar malos entendidos y suspicacias y para asegurarse de que cada niño en la Ciudad Prohibida fuese hijo suyo y, por lo tanto, nieto del cielo, pues lo mejor que se le ocurrió fue castrar a todos los varones.


Cuando los emisarios llegaban a la Ciudad Prohibida su asombro y admiración no tenía fin. Cualquiera que haya visitado la Ciudad Prohibida puede entender esta circunstancia. El marco es simplemente apoteósico. Aparte de todos los lujos chinos, Zhu Di además tenía bajo sus órdenes a más de 2.000 académicos y 120 filósofos que tenían la orden de acumular todo el saber y la literatura que existiese en el mundo. Estos académicos se unían a las misiones de ultramar y sus conocimientos en matemáticas, astrología, botánica y todas las demás ciencias naturales y sociales no tenían parangón. La biblioteca de la Ciudad Prohibida tenía entonces 4.000 volúmenes y en los mercados de Pekín se podían comprar cientos de libros. No había nada similar en ninguna parte del mundo. En Europa la imprenta llegaría cientos de años después y en 1421 la persona que tenía más libros en el viejo continente era Francesco Datini, un mercante adinerado de Florencia, que poseía 12 libros, ocho de los cuales eran de temas religiosos.

Menzies dice que el banquete de la inauguración de la Ciudad Prohibida muestra claramente dónde estaba China y dónde quedaba Europa en aquellos momentos. En Pekín se sentaron sobre asientos de pura seda 26.000 invitados que comieron un menú de 10 platos de las mejores comidas, condimentadas con las mejores especias y servidas en la porcelana más fina. Tres semanas más tarde, apunta Menzies, se celebró en Inglaterra la boda de Enrique V y Catarina de Valois. Asistieron 600 invitados y el banquete consistió en rondas de merluza salada servidas en trozos de pan que hacían a su vez de plato. Catarina de Valois no vistió ni bragas ni medias en la noche nupcial, mientras que la concubina más sensual de Zhu Di vestía ropa interior de la seda más preciosa y lucía joyas provenientes de Persia, la India, Sri Lanka y Asia Central.

Los emisarios de los diferentes territorios tributarios se quedaron en Pekín un mes más comiendo las mejores comidas, bebiendo los vinos más elaborados, disfrutando de los entretenimientos más variados y de la sexualidad más ardiente de las concubinas imperiales. No es de extrañar que los emisarios profesasen toda la sumisión del mundo a Zhu Di. Supongo que se marcharían de Pekín con lágrimas en los ojos y con el corazón en un puño. No debe ser fácil dejar el paraíso una vez que lo has conocido. Pero para Zhu Di y su armada el viaje de retorno de los emisarios significaba dar un gran paso en la historia. Aprovechando que había que llevar de vuelta a los emisarios a lo largo de todo el Océano Índico, se decidió que la flota de Zhu Di, encabezada por su almirante Zheng He, el eunuco más fiel y más fuerte de la Corte Imperial, explorase las tierras que quedan más allá del este de África que era lo que se conocía hasta ese momento. Es en este viaje que dura 3 años, de 1421 a 1424, China llega a lo que hoy se conoce como las Américas y establece lazos comerciales con esas tierras. La evidencia de todo ello es muy escasa porque China cambia completamente en esos tres años. Cuando los almirantes vuelven de la mayor aventura naval que un marino ha realizado en la historia se encuentran con un país completamente distinto, en plena convulsión.

La inauguración de la Ciudad Prohibida y la salida de la Armada Imperial china hacia nuevos mundos es el colofón del poder de la dinastía Ming. A partir de ahí empieza el declive del poder chino. La construcción de la Ciudad Prohibida supuso un esfuerzo demoledor para el país. Se necesitaron cientos de miles de trabajadores para construir la Armada y la Ciudad Prohibida y para abastecerlos se tuvieron que absorber grandes cantidades de recursos de todas las partes de China. Toda la comida, el agua, la madera y la mano de obra se destinaba a Pekín y el descontento entre la población se hizo cada vez mayor. Meses después de la salida a mar de la Armada, la Ciudad Prohibida sufrió un incendio y se quemó en gran parte. Las gentes, y sobre todo las voces disidentes entre los burócratas imperiales, también conocidos como Mandarines, empezaron a decir que el incendio había sido un castigo del cielo a su hijo por la monstruosidad de construir una ciudad de lujo para él absorbiendo toda la riqueza del país. De golpe y plumazo esa riqueza ahora se había convertido en ceniza y el descontento entre el pueblo y las elites era general. Zhu Di, ya entrado en edad, cayó enfermo poco después del incendio y poco después falleció. Su hijo tomó el trono y, bajo la presión de los altos mandarines de la burocracia estatal, cambió radicalmente el curso de su país. Con las arcas del estado en ruina por los gastos de la Ciudad Prohibida y la Armada Imperial, el hijo de Zhu Di promulgó un decreto prohibiendo terminantemente los viajes marítimos de todo tipo y ordenando la destrucción de todo el conocimiento marítimo adquirido durante décadas. A partir de ahí China se encierra y no vuelve a abrirse al mundo hasta 1978 con la reforma y apertura de Den Xaoping. Los giros que da la historia. Es increíble. ¿Qué pasaría si la Armada China llegase de nuevo a casa en 1424, después de tres años de explorar nuevos mundos y establecer lazos comerciales con diferentes pueblos, y fuese recibida con honores y se utilizase todo ese conocimiento para seguir avanzando en el comercio entre China y lo que hoy es América? Pues seguro que hoy tendríamos otro mundo. En cambio, lo que pasó fue que la Armada fue recibida con hostilidad y odio, dado que representaba el despilfarro marítimo de Zhu Di. Muchos de los supervivientes de aquella gran aventura fueron asesinados o encarcelados y la gran mayoría de los documentos fueron quemados. Sólo se salvaron algunos mapas que fueron los que llegaron a las manos de los portugueses y españoles varias décadas después.

Como no quedaron evidencias irrefutables de ese viaje, lo que voy a resumir ahora es la interpretación histórica de Gavin Menzies. Muchos historiadores reconocidos discuten su tesis. Menzies tiene 700 páginas de evidencia y yo sinceramente le creo, pero la duda sigue estando ahí porque, entre otras cosas, es muy difícil descubrir ahora lo que ha pasado hace 500 años. Aunque los mapas que usa Menzies mostrando las Américas están ahí y, según parece, mucho de ellos datan de mucho antes de la llegada de los españoles.

Para Menzies, la Armada encabezada por Zheng He sale de China con los emisarios y se dirige hacia la India. Poco a poco se van dejando a los jefes de estado en los distintos lugares, pasando por Calcuta, el Golfo Pérsico y Somalia hasta llegar a lo que hoy sería el centro de la costa este de África. Hasta aquí sería todo territorio conocido para los marinos chinos, que además eran capaces de calcular perfectamente la longitud y la latitud de su posición por ser grandes expertos en la observación de la estrella polar. El gran salto a lo desconocido se produjo cuando superaron la línea del Ecuador hacia el sur y perdieron el contacto visual con la estrella polar. La Armada, sin embargo, tenía la referencia de la costa africana y siguió su curso hacia el sur. Previsiblemente llegaron hasta el Cabo de Buena Esperanza y ahí Menzies, gran conocedor de las corrientes marinas, dice que hay una corriente fortísima que tira del Cabo de Buena Esperanza hacia el noroeste a lo que hoy seria Cabo Verde (donde Menzies dice que hay huellas chinas de la época Ming). Siguiendo esa misma corriente durante varias semanas, los chinos con sus navíos inmensos y la determinación que llevaban en conocer nuevo mundo, pudieron llegar fácilmente a lo que hoy son las costas de Brasil. A partir de ahí la historia es fácil de predecir. Una vez que llegas a una costa lo que haces es seguirla para ver adónde llegas. Los chinos, sabedores de que la tierra era redonda, seguramente tiraron hacia el sur. Principalmente porque para poder dominar los mares del mundo necesitaban encontrar en el hemisferio sur una estrella similar a la estrella polar para poder calcular longitud y latitud. Hasta ese momento sólo podían calcular la longitud con respecto a la estrella polar, pero les faltaba un punto de apoyo para calcular la latitud. Ese punto de apoyo serían la Cruz del Sur y la estrella de Canopus, la estrella más potente del hemisferio sur localizada muy cerca del polo sur.

Menzies cuenta como los chinos navegaron hasta el Antártico con el fin de poder estar justo debajo de estas dos estrellas para fijar el punto de referencia opuesto a la estrella polar. Una vez llegados allí se toparían con lo que hoy se conoce como el Estrecho de Magallanes y de ahí, después de luchar con los hielos antárticos, ya sería un juego de niños seguir la costa oeste de las Américas hasta California. Como he dicho antes, muchos dudan de la veracidad de la tesis de Menzies pero os aseguro que en las 700 páginas hay muchos ejemplos de huellas chinas en el continente americano y yo puedo corroborar muchas de ellas habiendo estado en muchos de esos lugares. Yo me creo la historia de Menzies, pero dejo a cada uno que saque sus propias conclusiones. Lo que está claro que el libro vale la pena, aunque todo sea una mentira.

sábado, 25 de abril de 2009

Caldo de perro y huevo de pato


Esta crónica va dedicada a los retos culinarios chinos. Como aquí no estoy en Latino América y no representa ninguna aventura adentrase en los barrios más peligrosos de Pekín porque hay control policial por todas partes y todo es muy seguro, he tenido que encontrar otros campos para sentir la inyección de adrenalina en la sangre. Uno de ellos es el campo de la comida. En China, si eres atrevido, puedes probar de todo y comprobar dónde están tus límites. En mi caso todo empezó con una cena con unos amigos chinos después de una sesión de piscina. Me dijeron que íbamos a comer carne de burro. Yo nunca había probado antes carne de asno, pero viendo que el burro está muy cerca del caballo y que alguna vez en Galicia había probado carne de yegua, acepté de buena gana la invitación.

Entramos en un local de comidas típico de los Hu Tongs de Pekín, que son las casas tradicionales de ladrillos grises, de una planta, y con los tejados arqueados. Estos sitios son todos más o menos iguales. Hay unas cuantas mesas y unos taburetes sin respaldo, el local suele estar lleno hasta la bandera y la cocina está al final. El sitio es reducido con lo cual el ambiente está cargado. El olor y los vapores de la cocina lo impregnan todo, más que nada porque las mesas se limpian con el mismo trapo miles de veces (en China hay poca agua, así que hay que cuidarla). Pese a todo, la comida suele ser siempre muy rica. En este caso también fue así. Mis amigos pidieron una especie de hamburguesas de carne de burro que estaban deliciosas. La textura era entre blanda y dura, o sea al dente, y el sabor era intenso pero sabroso. Puedo repetir la experiencia en cualquier momento.

Cuando vas a los restaurantes chinos, como no sabes el idioma, lo que haces es ver las imágenes de los platos. En este caso los chinos están muy preparados. Casi cualquier restaurante chino (menos los tradicionales descritos arriba) tiene un menú con fotos y la mayoría tiene las explicaciones en inglés. Al pasar las paginas de los menús (sí, en China la variedad de platos en los menús es increíble) vas viendo como hay todo tipo de manjares exóticos. Al principio te da un poco de repulsa, pero en mi caso poco a poco me fue llamando la curiosidad y me propuse salirme del pescado, el cerdo, la ternera y el cordero y probar nuevas experiencias. Esta ansia se agrandó con la llegada a Pekín de mi novia Moodthy, otra amante de probar nuevos horizontes culinarios.

Un día pedimos arroz con carne de rana mugidora (o por lo menos es así como el diccionario traduce Bullfrog, o sea, rana grande). Yo ya había probado en los Estados Unidos alitas de rana y carne de cocodrilo, así que el paso a la rana mugidora no era muy temeroso. Además, visto desde la perspectiva del volumen. Está claro que una rana grande tiene más carne que una rana pequeña, con lo cual la textura debe ser más consistente. La prueba resultó muy positiva. El arroz estaba bien bueno y la rana se comió bien. Sin problemas. Ahora que lo pienso de nuevo, la verdad es que la rana mugidora esa se puede considerar un manjar. Una textura cercana al pollo en las partes más alejadas de los huesos y algo más gelatinosa, pero jugosa, en las partes pegadas al hueso.

El siguiente experimento fue carne de buey. Ésta creo que ya la había probado alguna vez. Pedimos carne de buey frita en trozos y aunque un poco seca y demasiado salada, yo me la comí con devoción, teniendo en cuenta que me gusta lo salado y la carne en todas sus variedades. Esta prueba fue un juego de niños. Nada serio. Como comer carne de ternera, pero un poco más dura y con un sabor y una intensidad más fuertes.

Después de esta experiencia un tanto light para mi gusto, unos días más tarde en una cena con un amigo, también hispano-suizo que lleva en Pekín bastante años, y su novia china, me llené de valor y le propuse a mi amigo Iván que probásemos la tan conocida carne de perro china. El se sorprendió al principio por la propuesta, pero accedió a ella sin complejos. Él ya la había probado, así que no había ningún problema. Incluso sugirió que la comiésemos en una sopa, que así sabía mejor. A los pocos minutos ya le estaba indicando a la camarera con su chino elocuente de estudiante de economía que queríamos un cuenco de caldo de perro para compartir. La camarera retorció la cara en un gesto de asco y sacudió la cabeza con una sonrisilla final. Esa reacción no me gustó nada, pero, bueno, ahora que el órdago estaba lanzado no me podía echar atrás.

Le dije a Iván: “Oye, pregúntale de qué raza es el perro”. Iván le preguntó y la camarera se giró seriamente hacia él y le dijo: “De qué raza va a ser, de la de comer.” Ante la traducción de Iván, todo fueron risas. La sonrisa se me quitó sin embargo cuando llegaron con la cazuela con la sopa de perro. Es la hostia como funciona la mente humana. Al verme cerca de comer carne de perro, inmediatamente surgieron imágenes en mi mente de perros domesticados y adorados por sus dueños. El perro al final es un animal como otro, pero al ser un animal de compañía, lo tratas con otro apego. Yo no soy un gran amigo de los perros, pero al fin y al cabo siempre los he visto alrededor de amigos y vecinos y los veo como justamente eso que se dice, que el perro es el amigo del hombre. Todo esto se me pasaba por la cabeza mientras Iván servía en mi cuenco más cucharrazos de caldo de perro. “Oye, oye ¿adónde vas?, déjame probar primero, ya llega con esto”.

La sopa tenía un color rojo de las múltiples especias, algo de verdura verde y trozos de carne que parecían trozos de carne de cerdo seca en forma de tiras. No me lo pensé muchas veces, intenté reprimir como pude todos esos pensamientos pro-caninos y me metí la cucharada en la boca. El impacto fue más que nada psicológico. La mente en esos momentos está trabajando a tantas revoluciones que bloquea de alguna manera los órganos culinarios. En esos momentos piensas; no comes. Con lo cual, la primera cucharada me la tragué sin realmente saborear nada. Fue en las siguientes que empecé a degustar más la carne. No sé si es por la imagen mental o por qué, pero sigo pensando que la carne de perro china sabe un poco como la carne de cerdo seca que te puedes encontrar en unos callos, por ejemplo. El sabor es ciertamente menos intenso, tirando más hacia lo neutro, aunque bueno, con todas las especias que le echan al cado vete tú a saber cómo sabe realmente la carne de perro por sí sola.

El caso es que Iván y yo nos comimos la cazuela entera y no nos pasó nada. Ya puedo decir que comí carne de perro, aunque no sé si la volveré a comer. Sobre todo después de ver un vídeo hace poco por Internet mostrando cómo tratan en China a los perros y a los gatos. Al final no es muy distinto de cómo tratan a otros animales, como los pollos, en Europa. Pero vuelvo a lo de antes. Los perros y los gatos son animales domésticos y el salto mental que hay que hacer para no verlos así en el plato es mucho mayor de lo que me esperaba.

Los huevos, en este sentido, no deberían dar tanta grima, pero ése fue otro error mío. Yo pensé que probar huevos diferentes sería una experiencia menos chocante, pero nada más lejos de la realidad. Con todo nuestro espíritu culinario aventurero, a Moodthy y a mi se nos ocurrió un día en el mercado comprar huevos diferentes. Los que más nos llamaron la atención fueron unos huevos grandes (el doble de un huevo de gallina), de color azulado y con unas pecas negras. Días más tarde nos dimos cuenta que los huevos seguían en la nevera y decidimos probarlos para desayunar. Cómo no sabíamos muy bien cómo comerlos, ni tampoco de qué animal eran, decidimos que lo más sensato y seguro era hervirlos por un buen rato y después pelarlos. Así lo hicimos. Los dejamos hervir como unos 6 minutos o así para no correr ningún riesgo.
Empezamos a pelarlos y descubrimos que la clara era negra. A los pocos segundos tenía en la mano un huevo negro y el doble de grande que un huevo normal. El olor era bastante intenso y aquello no tenía muy buena pinta la verdad. No es que el huevo fuese negro, que ya de por sí tiraba para atrás. El tema era que la clara era un tanto gelatinosa y transparente y se podían ver varias capas menos negras, marrones y amarillentas al trasluz. Yo, sin embargo, hice de tripas corazón y me dije que tenía que probarlo. Corté uno de los huevos a la mitad. La yema era de una intensidad más profunda, rayando casi lo grisáceo. Le eché un poco de sal y pimienta y le di el primer mordisco. Moodthy miraba para mí a través de la lente de la cámara de vídeo para inmortalizar el momento. El vídeo anda por Internet.

En este caso, no tenía ningún bloqueo mental. Simplemente quería saber cómo sabía ese maldito huevo por dentro. La primera ola de sabor casi me mata. Era como tener en la boca una masa de podredumbre asquerosa. Moodthy me preguntó: “¿A qué sabe?” Y yo lo único que pude decirle fue: “Sabe a mierda”, y sin perder más tiempo, y para quitarme el tema de encima cuanto antes, cogí todo mi valor y me metí el resto de la mitad del huevo en la boca. Nunca había probado una cosa tan repelente en mi vida. Sabía como a naturaleza muerta. Algo demasiado asqueroso para poder describirlo con palabras. Yo me puse de todos los colores y la buena de Moodthy, después de darle un mordisco y de escupirlo todo entre gritos, dijo que sabía a meo de gato varón podrido. Considerando que el meo del gato varón es mucho más intenso que el de la fémina.


Os juro que lo pasé mal un par de horas. El huevo ese me repitió unas cuantas veces y la boca se me llenaba de nuevo con ese sabor apestoso. En aquellos momentos me dije que no volvería a probar más excentricidades culinarias (aunque, bueno, hace un par de días probé otro tipo de huevo y éste sabía bastante bien). El huevo negro mencionado es de pato y según me contaron varios amigos locales, en el recetario chino se considera un manjar delicioso. El único detalle es que no se come directamente sino mezclado con no sé cuantas cosas y después de no sé cuantas semanas en vinagre. Cuando les conté a mis amigos chinos que me lo había comido con sal y pimienta no podían abrir los ojos de la risa. Pensarían, ¿cómo se puede ser tan culinariamente analfabeto?




martes, 7 de abril de 2009

Por donde cojea el G-20

La cumbre del G20 (más España y Holanda) celebrada la semana pasada en Londres fue histórica en muchos sentidos. Las mayores potencias del mundo acordaron inyectar algo más de un billón de dólares en el Fondo Monetario Internacional (FMI) para que pueda asistir a países al borde de la bancarrota como Ucrania. Además, las superpotencias llegaron a un consenso para reforzar la regulación pública de todos los productos, actores y mercados financieros mundiales (algo que hace cinco años, en plena burbuja neoliberal, era impensable). Los líderes mundiales se comprometieron también a reformar el FMI para que las potencias emergentes como Brasil y China obtengan la influencia en el voto que merecen sus economías. En este sentido la cumbre ha dado un gran paso hacia la cooperación internacional y la formación de un gobierno mundial que esté a la altura de los tiempos. Con la llegada de la globalización la economía ha operado durante tres décadas a nivel transnacional sin ningún tipo de orden ni restricción. Ya es hora de que la política recupere el terreno perdido y actúe también en la esfera de lo global. Es sin duda una satisfacción ver a los líderes de las mayores potencias del mundo dejar de lado sus diferencias económicas, políticas, históricas y culturales y llegar a acuerdos consensuales.

Sin embargo, la recesión mundial no se arregla con grandes apretones de manos, largas sonrisas y pulgares levantados. Esto es un buen arranque y hay que aplaudirlo. Pero una vez que ya se han hecho las fotos e rigor y todos se han dicho cuánto se admiran, los dirigentes y sus consejeros tienen que subirse las mangas de las camisas y ponerse a trabajar. En este aspecto los líderes por ahora están sacando malas notas. Para poner remedio a la actual crisis mundial hay que resolver dos temas que por ahora sólo se han tocado por encima. El primero hace referencia a los grandes desequilibrios macroeconómicos (sobre todo entre China y Japón y los Estados Unidos) que forman justamente la raíz de la crisis. Y el segundo tiene que ver con los productos financieros tóxicos derivados de las hipotecas basura y las que no eran tanta basura, pero a la medida que caen los precios, se convierten en basura.

Durante los últimos veinte años la economía mundial ha crecido gracias a la misma fórmula. Los chinos y los japoneses se han dedicado a producir como locos mientras que los americanos se han concentrado a consumir como desesperados. Esto ha creado déficit y superávit insostenibles. La crisis actual es una corrección natural de estos desequilibrios estratosféricos. La única manera de cambiar esto es que los americanos se pongan de nuevo a trabajar y los chinos y los japoneses empiecen a gastar. Si Obama realmente quiere cambiar el mundo, ésta es la negociación que debería estar llevando a cabo con sus homólogos chino y japonés, con la mediación de la Unión Europea y las otras potencias. Sin embargo, de esto no se ha hablado nada o por lo menos no se ha hecho público. El tema ni se incluye en el comunicado final de la cumbre.

Por donde cojea también el comunicado final es en la cuestión de los activos tóxicos que están pudriéndose en los balances de cuentas de los bancos e infectando a todo lo demás. Mientras que no se purguen todos estos activos tóxicos que están haciendo que los bancos no abran sus líneas de crédito la crisis no estará resuelta. Los japoneses lo saben por propia experiencia. Ellos tuvieron el mismo problema en los años 90 y no salieron del atolladero hasta que limpiaron totalmente los activos podridos del sistema bancario. La dificultad en este caso está en que el problema no es nacional sino internacional, con lo cual el cometido es mucho más complicado. Los expertos en banca tienen primero que localizar dónde están los paquetes de derivados tóxicos que se han venido diseñando en los últimos diez años y se han vendido a las cuatro esquinas del planeta. Una vez localizados, hay que desempaquetarlos y ver lo que hay dentro. Separar lo que está todavía sano de lo que está podrido y después intentar vender lo bueno a precio de mercado y lo malo a precio de subasta. Sólo así los bancos van a poder limpiar sus cuentas y volver a abrir el grifo del crédito. ¿Alguien ha hablado de este tema en la reunión del G20? Lo dudo. El tema es demasiado complejo y espinoso para los jefes de Estado y de Gobierno. El problema es que si esto no se resuelve pronto vamos a sufrir lo mismo que han sufrido los japoneses. 10 años de bancos zombies y una economía global que no levanta cabeza.

Artículo publicado en el Xornal de Galicia, el 7 de abril de 2009
http://www.xornal.com/opinions/2009/04/07/Opinion/donde-cojea/2009040712552153798.html