domingo, 30 de agosto de 2009

Resucita la Tasa Tobin


Esta semana ha ocurrido algo que muchos consideraban impensable en la City de Londres. El presidente de la Autoridad de Servicios Financieros del Reino Unido, el máximo órgano regulador del sistema bancario británico, Lord Adiar Turner, ha sorprendido a la comunidad financiera mundial al declarar que la aplicación de la Tasa Tobin sobre las transacciones financieras sería una buena idea para reducir el tamaño, y consecuentemente el riesgo, del sector bancario de nuestras economías.

La Tasa Tobin lleva su nombre por James Tobin, un premio Nobel de economía que propuso en los años 70 aplicar una pequeña tasa de 0.1% a 0.25% sobre las transacciones de divisas para conseguir, en sus propias palabras, dos objetivos: “El primero sería hacer que los tipos de cambio en la divisas reflejen más los fundamentos económicos a largo plazo que las expectativas y los riesgos a corto plazo y el segundo sería preservar y promover la autonomía de las políticas macroeconómicas y monetarias frente a los mercados”. Para aquellos que no entiendan mucho de economía, el primer objetivo trata de reducir la especulación en los mercados de divisas y el segundo hace referencia a que, cuando hay una crisis, las autoridades puedan aumentar las tasas sobre las transacciones financieras y así evitar la huida de capital, como pasó por ejemplo en Argentina hace unos años.

En tiempos normales, fuera de crisis, la Tasa Tobin que se propone hoy en día sería mínima, de 0.1%, y serviría por un lado para echar un poco de “arena al engranaje del mercado” y evitar así burbujas como la que nos ha llevado a la crisis de hoy y, por otro, para recaudar fondos públicos, bien para mejorar la red de servicios públicos o para cooperación y desarrollo mundial. Estas características distributivas han hecho que la Tasa Tobin haya ganado en los últimos años el respaldo de economistas heterodoxos, centrados en el desarrollo, y organizaciones sociales como ATTAC que luchan por una justicia social global. La iniciativa ha sido incluso discutida en los últimos años en los parlamentos de Francia, Bélgica y España tras ser promovida por diputados de izquierdas.

Sin embargo, a pesar de todos estos esfuerzos, la propuesta nunca ha tomado fuerza porque para implementarla hay que introducirla en todos los centros financieros del mundo. No sirve de nada aplicarla en España o Francia, ni siquiera es suficiente introducirla en toda la Unión Europea porque los operadores de mercados de divisas simplemente escaparían al Reino Unido o los Estados Unidos, donde la Tasa Tobin siempre se ha considerado una utopía de izquierdas que va totalmente en contra de los negocios y el mercado libre tan enraizados en esas culturas. Los críticos añadían además que la aplicación de esa tasa a nivel global sería técnicamente imposible, por el volumen de transacciones, y políticamente difícil porque habría primero que decidir quién recauda el dinero público global y quién se va poder beneficiar de él.

Es justamente por todo esto que las declaraciones de la máxima autoridad supervisora de la banca británica han levantado tanto debate en la City de Londres y en Wall Street esto días. Los operadores de divisas están incrédulos. ¿Será verdad que Lord Turner va en serio? ¿Nos echarán encima el monstruo de la Tasa Tobin? Avinash Persaud, viejo conocido de los mercados de divisas por se un ex operador, acaba de escribir en el Financial Times que tal como está integrado hoy el sistema financiero mundial la aplicación de la Tasa Tobin sería más fácil que nunca desde el punto de vista técnico. Lo único que hace falta es voluntad política. Algo que no es fácil teniendo en cuenta los poderes que tiene la banca, pero como dice él: “igual de difícil era escuchar a Lord Turner apoyar la Tasa Tobin, y ha sucedido”.

Artículo publicado en las páginas webs de ATTAC España y Xornal de Galicia, el 30 de agosto de 2009

http://www.xornal.com/opinions/2009/08/29/Opinion/resucita-taxa-tobin/2009082918554296249.html

http://www.attac.es/resucita-la-tasa-tobin/

sábado, 8 de agosto de 2009

La llamada del muecín


Llevo algo menos de 48 horas en la península arábica, concretamente en la ciudad de Doha, capital de Qatar y ya me siento con la necesidad de contar mis primeras experiencias. He llegado aquí acompañando a mi novia Moodthy, que ha venido a visitar a su padre, que es qatarí. El viaje en avión desde Heathrow a Doha, pasando por Bahrein, fue normalito, como cualquier otro viaje, aunque obviamente los elementos extraños fueron oír las indicaciones de avión en inglés y en árabe y ver tanta mujer con pañoleta o niqab en tan poco espacio.

Según bajamos del avión, ya nos saludó una brisa ardiente proveniente del Golfo Pérsico. Eran las 9 y 10 de la noche, y no había ni una gota de sol, pero la temperatura debía estar entorno a los 40 grados. O sea, fue salir del avión y entrar en una sauna. Nos resguardamos rápidamente de la ola de calor entrando en el autobús con aire acondicionado que nos llevo directamente a la Terminal. Allí ya nos estaban esperando unas azafatas, que habían sido contratadas previamente para facilitar nuestra entrada en el país y reducir a lo más mínimo el siempre latoso ejercicio de conseguir una visa de entrada. Todo sucedió en pocos minutos. Las amables azafatas de origen indio (de la India) nos pidieron los pasaportes y en un abrir y cerrar de ojos, ya tenia mi pasaporte cuñado y ya nos estaban pasando por un corredor especial, saltándonos todas las colas, para la inspección personal de aduanas y la entrada en Qatar.

Al salir del aeropuerto, lo primero en que me fijé fue en los coches. Casi todos cuatro por cuatros de alto cilindraje al más puro estilo yanki, aunque la mayoría de ellos son de fabricación japonesa. Qatar es bastante plana en cuanto a arquitectura, menos el distrito financiero y la parte moderna, que presentan unas cuantas decenas de rascacielos deslumbrantes. La altura física de la ciudad sin embargo se ha visto afectada en las últimas semanas por una tormenta de arena proveniente de Irak que ha traído, según nos dijo el padre de Moodthy, no sé cuantas cientos de toneladas de nueva arena a este desierto hecho habitable por la fuerza humana. Realmente es impresionante ver como el ser humano ha sido capaz de construir ciudades en desiertos inhóspitos. Circulando por las calles de Qatar, uno se da cuenta que todo lo que no está asfaltado es arena, simple arena, o césped mantenido a base de millones de litros de agua desalada.

El calor aquí es impresionante. Y eso que ahora mismo me dicen que el tiempo es bastante agradable. Ayer por la noche estábamos a 40 grados pero no se sentía mucha humedad. Corría una brisa calurosa que hacía posible el respirar. Hoy esa brisa persiste aunque cargada con unos cuantos grados más. Dentro de las casas, casi todas las habitaciones están equipadas con aire acondicionado, que suele estar puesto a unos agradables aunque frescos 23 grados (por lo menos no a 16 grados como lo tenía puesto mi amigo Joe de Miami). Yo sin embargo no soy muy partidario del aire condicionado y les dije a mis anfitriones que iba a prescindir de él en mi habitación lo máximo posible. Ellos me dijeron que era imposible vivir aquí sin aire acondicionado. Yo les rebatí que antes, en tiempos remotos, no había aire acondicionado y que la gente solía vivir igual. A esto el padre de Moodthy, con mucha calma y sin levantar la voz, contestó que sí que era verdad que antes no había aire acondicionado, que su madre antes de dormir mojaba bien las sábanas en agua, las retorcía un poco y él se envolvía en ellas para poder dormir, hecho que tenía que suceder en menos de 20 minutos porque después las sábanas se secarían y ya sería más difícil enganchar el sueño. Ante estas complicaciones, la comodidad de encender o apagar con el mando a distancia el aire acondicionado resultaba bastante obvia y su negación casi una herejía.


Yo sin embargo pequé y apagué el aire acondicionado de mi habitación según llegué. Me dije: “Si la habitación está ahora a 23 grados, aguantará fresca hasta por la mañana”. Parvo de mí, a las dos horas ya podía sentir el calor pegado a mi cuerpo y los primeros brotes de sudor. No me importó, sin embargo, después de tantos meses en Inglaterra y unas vacaciones fresquitas en A Coruña, disfruté de sentir calor en la cama y no tener que cubrirme con nada. Me recordó a mis tiempos por Latinoamérica, sobre todo a mis noches en Nicaragua, Panamá o Brasil (Austin, en Texas, también fue un sitio donde pasé mucho calor, sobre todo por la humedad). Ésta creo que es la mayor diferencia. A las personas que viven en lugares de mucho calor, les agrada dormir tapados y por eso ponen el aire acondicionado a una temperatura entorno a los 20 grados. A los que nos ha tocado la cruz o la bendición (depende de cómo se mire) de tener que dormir la mayoría de las noches de nuestras vidas tapados, nos resulta tremendamente agradable poder estirarnos en la cama sin nada y sentir el calor pegadizo a flor de piel.


Dormí como un santo hasta que a las cinco de la madrugada llegó uno de los momentos más esperados en mi vida. Siempre me he dicho que me gustaría despertarme al canto del muecín. Algo que siempre había leído, escuchado o visto por la tele, pero nunca había tenido la oportunidad de vivir. Esta noche sucedió. Cuando me acosté tenía miedo de no despertar, pero parece que mi cuerpo estaba esperando este momento tanto como mi mente. Con el primer rayo de sol, llegó también la primera llamada a la oración del muecín. Fue un momento especial, sin duda. Como dijo en su día Octavio Paz, el canto del muecín perforó el silencio de la noche qatarí y me despertó instantáneamente. Fue un layar estirado y profundo, desde el fondo de la garganta. Duró poco (o por lo menos yo lo oí por poco tiempo), pero fue intenso y con eco. En Qatar el canto de los muecines va por cadena, empieza por la zona este de la ciudad y acaba por la zona oeste, según se va abriendo paso el sol. Cuando acaba el muecín de una mezquita, empieza el de la siguiente. Y así lo viví. El canto del muecín de mi mezquita se apagó lentamente, y el de la siguiente reavivó la llama, pero ya más en la distancia, y así lentamente y en medio de una paz absoluta, me volví a quedar dormido.



Hoy es viernes y fue día del sermón de los viernes, con lo cual pude escuchar toda una lección coránica desde mi habitación según salí de la ducha. La verdad es que me gustaría saber lo que dijo el imán, aunque según me contaron después esta vez no se trataba de política como me gustaría a mí, sólo se trataba de cómo llegó la exigencia de mirar a la Meca cuando se reza. Es decir, se trataba de una lección coránica y nada más.


Por lo que he visto en el día de hoy, los qataríes no se meten mucho en política. Este es un pueblo de paz. Lo que no es nada extraño con el calor que hace aquí. Aquí no te puedes alterar demasiado, no te puedes calentar demasiado la sangre sino paneas (supongo que esa será la razón de no permitir el alcohol). Aquí todo es en cámara lenta, el andar, el hablar, el comer, todo menos el conducir, que es alegre. Supongo que será porque tienen el aire acondicionado puesto y se ponen todos frenéticos, y también porque llenar el tanque de gasolina aquí cuesta 10 euros, lo que da pie a pisarle a fondo y comprarse un coche, o dos o tres, bien grandes. La mayoría de las casas aquí tienen varios coches. A nadie le gusta pasear durante el día bajo el castigo del sol y menos si, gracias al petróleo y el gas, hay dinero de sobra para evitarse ese y otros martirios (como la política).



Sin duda lo que más llama la atención es la vestimenta de los locales. Los hombres llevan su tradicional hábito o túnica blanca y en la cabeza el pañuelo blanco o de cuadrados rojos y blancos o negros y blancos tipo palestina con los aros negros para sujetarlo. La túnica suele llegar hasta los pies. Dicen que es muy cómoda para el calor, primero por el color blanco y también por lo holgada que es, evitando así fricciones innecesarias bajo 45 grados. Las mujeres en cambio van de negro, con túnica muy parecida que los hombres, pero con pañoleta, y algunas con niqab, que sólo deja ver los ojos. Las más atrevidas llevan una túnica negra con adornos de lentejuelas de colores, que parece que es la última moda. El asunto es llamar la atención sin dejar de respetar la tradición. Por debajo de la túnica negra muchas de ellas llevan vestimenta occidental y en muchos casos se pueden ver los pantalones vaqueros asomar por los bajos, algo que no sucedía antaño. A las qataríes les encanta además el maquillaje. Según me han dicho, se pasan horas delante del espejo, además lo pude comprobar en persona en aquellas que enseñan la cara. El hecho de llevar la cara tapada o no parece que depende sobre todo de la voluntad de la mujer. Como se sienta más cómoda ella. El caso es evitar llamar la atención de los hombres y eso seguro que se consigue con semejante manto negro.



No todas las mujeres u hombres de Qatar se visten así de todas formas. La mayoría de los locales sí, pero también hay mucha gente extranjera. Abundan los indios y los filipinos, pero también hay paquistaníes y chinos, y también occidentales (aunque no muchos). Hay también mujeres qataríes como mi novia y otras mujeres de otros países árabes que tampoco siguen la vestimenta tradicional, bien sea porque no viven aquí o porque son rebeldes. La verdad es que este lugar está experimentando unos cambios enormes en los últimos años. La transformación es inmensa, aunque más física que mental, ya que esta última siempre tarda más tiempo, aquí y en todas las partes del mundo. Aunque parece que aquí más porque todo es más lento por el clima. Ahora me estoy dando cuenta de eso. Hoy no he hecho mucho y estoy reventado. El calor te vuelve lento. Eso es un hecho. A mí me gusta andar en el amplio sentido de la palabra, pero aquí no me va a quedar otro remedio que parar y, quizás, encender más veces de las esperadas el aire acondicionado.

martes, 2 de junio de 2009

1421, el año en que China llegó a América


Esta historia no comienza en China, empieza en México hace unos cuantos años cuando visité las ruinas mayas de Palenque, en la región de Chiapas. Allí tuve la suerte de conocer un profesor en antropología que me explicó sobre las mismas piedras centenarias mayas desgastadas por el tiempo y los turistas su osada teoría basada en el convencimiento de que ya existía comercio entre lo que hoy es el sur de México y la China ancestral antes de que Colón llegase a las Indias. Esta interpretación de la historia me resultó extremadamente interesante desde el primer momento y seguí con minuciosa atención todas las explicaciones del profesor. Durante horas me estuvo indicando y señalando lo que él considera clara evidencia de que hubo contacto entre lo que hoy es Asia y las Américas antes de que los españoles llagaran al Nuevo Mundo. Las pirámides mayas tienen mucha similitud con las pirámides egipcias y todavía más con las chinas porque están escalonadas. La orfebrería, la loza y la porcelana son semejantes y lo más curioso es que en los muros de las ruinas de Palenque se pueden distinguir esfinges egipcias y dragones y fénix chinos. Yo absorbí toda esta información con un enorme interés pero con cierta incredulidad, porque a mí en la escuela y en mi casa me habían explicado la historia de manera muy diferente. Siempre me habían dicho que los españoles habían sido los que habían descubierto las Américas y que en ese Nuevo Mundo vivían pueblos nativos con sus civilizaciones, pero con un grado de desarrollo muy inferior al español, sobre todo en cuanto al uso de los metales, la escritura y el dominio de los mares.

El profesor en cuestión, sin embargo, me rebatía todo esto mostrándome pruebas sobre el terreno de que los mayas ya usaban los metales y de que su conocimiento astrológico y matemático era muy superior al de los europeos en que aquel tiempo, con lo cual es muy poco probable que no dominasen también la escritura para acumular y preservar entre generaciones ese saber científico. En cuanto a los mares, bien es sabido que los chinos tenían un gran dominio de la navegación transoceánica incluso antes del siglo XV. Siguiendo la teoría de este profesor, toda esta información fue eliminada de los libros de historia por los españoles y la Iglesia Católica que se encargaron durante siglos de purgar toda evidencia en este sentido. En pleno auge del Imperio Español quedaba mal reconocer que los asiáticos y los habitantes del Nuevo Mundo estaban mucho más avanzados que los propios españoles. Se vendía mucho mejor la historia de que esa gente estaba totalmente incivilizada, andaba con tapa-rabos por entre la selva cazando animales con flechas y arcos, no tenían ni idea de escribir, usar metales o navegar y, lo más importante, no conocían la palabra de Cristo. Esta propaganda imperial hizo que la verdadera historia quedase anulada por completo. Como es bien sabido, la historia siempre la escriben los vencedores, y desde la llegada de Colón a lo que hoy es América está claro que los occidentales han sido los que han dominado el mundo y los que han controlado el saber.

El tema este del posible contacto marítimo transpacífico entre el Imperio Chino y el Imperio Maya me rondó la cabeza unas cuantas semanas cuando andaba por el sur de México pero después me fui para Cuba y mi atención se centró en la Revolución de Fidel con lo cual el asunto cayó progresivamente en el olvido. La curiosidad volvió a aflorar hace dos meses al llegar a China. Leyendo la historia de este país descubrí que la dinastía Ming tenía a principios del siglo XV una flota naval inmensa que controlaba los mares desde Pekín hasta el este de África. Al leer esto sonaron las campanas en mi cabeza y me acordé del profesor de México. Me dije: “Si es verdad que los chinos llegaron a América antes que Colón entonces tuvo que ser en la época Ming”. Al día siguiente me fui a la biblioteca de la Academia China de Ciencias Sociales a la sección de libros en idiomas occidentales y con bastante dificultad le expliqué a la bibliotecaria (que tenía un inglés muy limitado) que quería echarle un vistazo a la sección de historia china, concretamente al período de la dinastía Ming. Finalmente, la mujer me entendió y me escribió los códigos numerales para esa sección. Empujado por la curiosidad y el ímpetu investigador me abalancé hacia la sección y empecé a rastrear título por título. Después de un par de minutos me quedé de piedra, sin aliento. No me lo podía creer. Tenía enfrente de mí un libro que rezaba: 1421, The Year China discovered America (1421, el año en que China descubrió América). Cogí el libro con la máxima celeridad posible y me fui a una de las mesas a leerlo. Cuando me senté a la mesa las piernas me temblaban. Estaba lleno de emoción. El corazón me palpitaba con fuerza y notaba como los ojos comenzaban a acumular lagrimilla. Fue un momento de revelación. En aquel instante sentía que estaba a punto de cambiar por completo mi percepción de la historia. Ya no se trataba solo de una teoría de un profesor cualquiera que te cuenta unas cuantas historias que pueden ser verdad o mentira. Ante mis ojos tenía un libro de 700 páginas que en la introducción aseguraba que los chinos habían llegado mucho antes que los españoles al Nuevo Mundo y que en las siguientes páginas se iban a presentar las pruebas que demuestran esta teoría.

El autor del libro, Gavin Menzies, ofrecía en aquel momento de orgasmo histórico un nivel de confianza añadido, ya que estamos hablando de un ex comandante de submarino de la Armada Imperial británica que se recorrió todos los mares, estrechos y cabos que hay en el mundo y que tiene un gran conocimiento de cartografía y astrología. Menzies empezó su interés por este asunto cuando descubrió un mapa datado en 1424 y trazado por un veneciano llamado Zuane Pizzigano. En ese mapa, dibujado 68 años antes de que Colón llegase al Caribe, aparecían cuatro islas en el oeste del Atlántico. Menzies se quedó muy sorprendido al ver esas islas. En principio nadie había navegado al oeste del Atlántico y encontrado tierra hasta el viaje de Colón. ¿Cómo era posible que en un mapa de los años 20 del siglo XV estuviesen pintadas cuatro islas coincidentes con lo que hoy es el Caribe con los nombres de: Satanes, Antilla, Saya y Ymana? Acto seguido llega la explicación.

La única potencia que por aquel entonces tenía el conocimiento, la logística y el saber-hacer para trazar un mapa con tal exactitud era la China imperial de Zhu Di, el Hijo del Cielo. Menzies describe con gran detalle la china de Zhu Di y el relato es escalofriante. Zhu Di fue el emperador de la dinastía Ming que trasladó la capital del imperio chino de Nanjing a Pekín y bajo su mandato se construyó la Ciudad Prohibida y la mayor flota fluvial y marítima que la historia jamás ha visto. Zhu Di representa el apogeo más absoluto de la historia imperial china. Bajo su mandato se construyeron nada más y nada menos que 1681 navíos comerciales, 250 de ellos eran ‘barcos tesoro’ de 9 mástiles que podían albergar dentro de sus barrigas 5 carabelas como la Pinta, la Niña y la Santa María de Colón. ¡Una pasada! En total la flota de Zhu Di consistía en 3.750 navíos, 1.350 eran barcos patrulla para proteger la costa china, 400 eran barcos de guerra de mayor envergadura y otros 400 eran buques de carga para transportar grano, agua y caballos para que la flota de Zhu Di pudiese navegar los 7 mares del planeta y someter a su sistema de tributos a todos los pueblos del mundo. El nombre de China en chino es “Zhongguo”, lo que significa “El Reino Central”. Por aquel entonces Pekín, concretamente la Ciudad Prohibida, era el centro del mundo. El centro del poder absoluto. El hogar de Zhu Di, el Hijo del Cielo.


No hay evento que demuestre mejor la culminación del poder chino como la fiesta de inauguración de la Ciudad Prohibida, que se celebró el día del año nuevo chino, el 2 de febrero de 1421. Para la ocasión se invitaron a todos los reyes y señores de todos los territorios sometidos al sistema de tributos chino. Todos ellos debían de arrodillarse ante Zhu Di y tocar el suelo con sus frentes en muestra de sumisión y adoración. Los que no lo hacían bien, tenían que repetir la humillación hasta que Zhu Di daba el visto bueno. Normalmente, los jefes de los reinos sometidos por el Imperio Ming más recientemente o con mayor esfuerzo tenían que arrodillarse hasta tres veces. Menzies destaca que la política exterior china era muy diferente a la de los reinos europeos de la época. Lo chinos conseguían sus objetivos a través del comercio, la influencia y el soborno, no buscaban el conflicto armado ni la colonización directa. La flota imperial china visitaba los diferentes territorios de ultramar periódicamente para el intercambio comercial y la recolecta de tributos y su imponente presencia llegaba de sobras para someter a los líderes de esos territorios que pagaban de buena gana los tributos a cambio de protección imperial china. Los chinos además eran unos comerciantes muy benévolos. Intercambiaban las mejores sedas, porcelanas y jades por especias y animales exóticos. Vamos, que el intercambio perjudicaba más a los chinos que a los territorios sumisos.

Para la inauguración de la Ciudad Prohibida llegaron, entre otros, los jefes de estado de Malaca, Java, Sumatra, Corea y Japón. Hasta llegaron emisarios de la India, del Golfo Pérsico y de regiones tan distantes como Sudán y Somalia en el este de África. Todos llegaban en lo inmensos navíos chinos que cruzaban los océanos como el cuchillo corta la mantequilla. A los reyes europeos Zhu Di ni los invitó. Eran pueblos bárbaros que no tenían nada que ofrecer al Imperio Chino. Para los representantes de los diferentes territorios llegar a Pekín era como llegar al paraíso. Los navíos chinos estaban mejor decorados que los transatlánticos de lujo de hoy. Los invitados podían disfrutar de un viaje placentero entre las mejoras sedas, los vinos más refinados y las porcelanas más delicadas. Para entretener a los emisarios, Zhu Di asignaba a cada barco un número considerable de mujeres de palacio, todas vírgenes. Zhu Di tenía más de 2.000 concubinas permanentemente a su disposición. Las elegía él una por una. El sueño de estas preciosidades llegadas de todas las esquinas de China e instruidas en las mejores artes escénicas y amorosas era conocer al emperador, pero muchas de ellas, pese a vivir en la Ciudad Prohibida, sólo veían a Zhu Di el día de su selección. Las destinadas a las misiones diplomáticas ya podían olvidarse de conocer a Zhu Di. Éste sólo tenía sexo con vírgenes, y para el día a día como emperador tenía a la emperatriz. Cabe señalar aquí además que en la zona privada de la Ciudad Prohibida vivían también unos 2.000 varones sirvientes que servían al emperador en todas las facetas de la vida y de gobierno. Todos ellos eran, sin embargo, eunucos. Es decir, no tenían miembro viril. Zhu Di no quería dejar margen de error. Con 2.000 concubinas y 2.000 varones sirvientes la atracción sexual podía ser peligrosa. Para evitar malos entendidos y suspicacias y para asegurarse de que cada niño en la Ciudad Prohibida fuese hijo suyo y, por lo tanto, nieto del cielo, pues lo mejor que se le ocurrió fue castrar a todos los varones.


Cuando los emisarios llegaban a la Ciudad Prohibida su asombro y admiración no tenía fin. Cualquiera que haya visitado la Ciudad Prohibida puede entender esta circunstancia. El marco es simplemente apoteósico. Aparte de todos los lujos chinos, Zhu Di además tenía bajo sus órdenes a más de 2.000 académicos y 120 filósofos que tenían la orden de acumular todo el saber y la literatura que existiese en el mundo. Estos académicos se unían a las misiones de ultramar y sus conocimientos en matemáticas, astrología, botánica y todas las demás ciencias naturales y sociales no tenían parangón. La biblioteca de la Ciudad Prohibida tenía entonces 4.000 volúmenes y en los mercados de Pekín se podían comprar cientos de libros. No había nada similar en ninguna parte del mundo. En Europa la imprenta llegaría cientos de años después y en 1421 la persona que tenía más libros en el viejo continente era Francesco Datini, un mercante adinerado de Florencia, que poseía 12 libros, ocho de los cuales eran de temas religiosos.

Menzies dice que el banquete de la inauguración de la Ciudad Prohibida muestra claramente dónde estaba China y dónde quedaba Europa en aquellos momentos. En Pekín se sentaron sobre asientos de pura seda 26.000 invitados que comieron un menú de 10 platos de las mejores comidas, condimentadas con las mejores especias y servidas en la porcelana más fina. Tres semanas más tarde, apunta Menzies, se celebró en Inglaterra la boda de Enrique V y Catarina de Valois. Asistieron 600 invitados y el banquete consistió en rondas de merluza salada servidas en trozos de pan que hacían a su vez de plato. Catarina de Valois no vistió ni bragas ni medias en la noche nupcial, mientras que la concubina más sensual de Zhu Di vestía ropa interior de la seda más preciosa y lucía joyas provenientes de Persia, la India, Sri Lanka y Asia Central.

Los emisarios de los diferentes territorios tributarios se quedaron en Pekín un mes más comiendo las mejores comidas, bebiendo los vinos más elaborados, disfrutando de los entretenimientos más variados y de la sexualidad más ardiente de las concubinas imperiales. No es de extrañar que los emisarios profesasen toda la sumisión del mundo a Zhu Di. Supongo que se marcharían de Pekín con lágrimas en los ojos y con el corazón en un puño. No debe ser fácil dejar el paraíso una vez que lo has conocido. Pero para Zhu Di y su armada el viaje de retorno de los emisarios significaba dar un gran paso en la historia. Aprovechando que había que llevar de vuelta a los emisarios a lo largo de todo el Océano Índico, se decidió que la flota de Zhu Di, encabezada por su almirante Zheng He, el eunuco más fiel y más fuerte de la Corte Imperial, explorase las tierras que quedan más allá del este de África que era lo que se conocía hasta ese momento. Es en este viaje que dura 3 años, de 1421 a 1424, China llega a lo que hoy se conoce como las Américas y establece lazos comerciales con esas tierras. La evidencia de todo ello es muy escasa porque China cambia completamente en esos tres años. Cuando los almirantes vuelven de la mayor aventura naval que un marino ha realizado en la historia se encuentran con un país completamente distinto, en plena convulsión.

La inauguración de la Ciudad Prohibida y la salida de la Armada Imperial china hacia nuevos mundos es el colofón del poder de la dinastía Ming. A partir de ahí empieza el declive del poder chino. La construcción de la Ciudad Prohibida supuso un esfuerzo demoledor para el país. Se necesitaron cientos de miles de trabajadores para construir la Armada y la Ciudad Prohibida y para abastecerlos se tuvieron que absorber grandes cantidades de recursos de todas las partes de China. Toda la comida, el agua, la madera y la mano de obra se destinaba a Pekín y el descontento entre la población se hizo cada vez mayor. Meses después de la salida a mar de la Armada, la Ciudad Prohibida sufrió un incendio y se quemó en gran parte. Las gentes, y sobre todo las voces disidentes entre los burócratas imperiales, también conocidos como Mandarines, empezaron a decir que el incendio había sido un castigo del cielo a su hijo por la monstruosidad de construir una ciudad de lujo para él absorbiendo toda la riqueza del país. De golpe y plumazo esa riqueza ahora se había convertido en ceniza y el descontento entre el pueblo y las elites era general. Zhu Di, ya entrado en edad, cayó enfermo poco después del incendio y poco después falleció. Su hijo tomó el trono y, bajo la presión de los altos mandarines de la burocracia estatal, cambió radicalmente el curso de su país. Con las arcas del estado en ruina por los gastos de la Ciudad Prohibida y la Armada Imperial, el hijo de Zhu Di promulgó un decreto prohibiendo terminantemente los viajes marítimos de todo tipo y ordenando la destrucción de todo el conocimiento marítimo adquirido durante décadas. A partir de ahí China se encierra y no vuelve a abrirse al mundo hasta 1978 con la reforma y apertura de Den Xaoping. Los giros que da la historia. Es increíble. ¿Qué pasaría si la Armada China llegase de nuevo a casa en 1424, después de tres años de explorar nuevos mundos y establecer lazos comerciales con diferentes pueblos, y fuese recibida con honores y se utilizase todo ese conocimiento para seguir avanzando en el comercio entre China y lo que hoy es América? Pues seguro que hoy tendríamos otro mundo. En cambio, lo que pasó fue que la Armada fue recibida con hostilidad y odio, dado que representaba el despilfarro marítimo de Zhu Di. Muchos de los supervivientes de aquella gran aventura fueron asesinados o encarcelados y la gran mayoría de los documentos fueron quemados. Sólo se salvaron algunos mapas que fueron los que llegaron a las manos de los portugueses y españoles varias décadas después.

Como no quedaron evidencias irrefutables de ese viaje, lo que voy a resumir ahora es la interpretación histórica de Gavin Menzies. Muchos historiadores reconocidos discuten su tesis. Menzies tiene 700 páginas de evidencia y yo sinceramente le creo, pero la duda sigue estando ahí porque, entre otras cosas, es muy difícil descubrir ahora lo que ha pasado hace 500 años. Aunque los mapas que usa Menzies mostrando las Américas están ahí y, según parece, mucho de ellos datan de mucho antes de la llegada de los españoles.

Para Menzies, la Armada encabezada por Zheng He sale de China con los emisarios y se dirige hacia la India. Poco a poco se van dejando a los jefes de estado en los distintos lugares, pasando por Calcuta, el Golfo Pérsico y Somalia hasta llegar a lo que hoy sería el centro de la costa este de África. Hasta aquí sería todo territorio conocido para los marinos chinos, que además eran capaces de calcular perfectamente la longitud y la latitud de su posición por ser grandes expertos en la observación de la estrella polar. El gran salto a lo desconocido se produjo cuando superaron la línea del Ecuador hacia el sur y perdieron el contacto visual con la estrella polar. La Armada, sin embargo, tenía la referencia de la costa africana y siguió su curso hacia el sur. Previsiblemente llegaron hasta el Cabo de Buena Esperanza y ahí Menzies, gran conocedor de las corrientes marinas, dice que hay una corriente fortísima que tira del Cabo de Buena Esperanza hacia el noroeste a lo que hoy seria Cabo Verde (donde Menzies dice que hay huellas chinas de la época Ming). Siguiendo esa misma corriente durante varias semanas, los chinos con sus navíos inmensos y la determinación que llevaban en conocer nuevo mundo, pudieron llegar fácilmente a lo que hoy son las costas de Brasil. A partir de ahí la historia es fácil de predecir. Una vez que llegas a una costa lo que haces es seguirla para ver adónde llegas. Los chinos, sabedores de que la tierra era redonda, seguramente tiraron hacia el sur. Principalmente porque para poder dominar los mares del mundo necesitaban encontrar en el hemisferio sur una estrella similar a la estrella polar para poder calcular longitud y latitud. Hasta ese momento sólo podían calcular la longitud con respecto a la estrella polar, pero les faltaba un punto de apoyo para calcular la latitud. Ese punto de apoyo serían la Cruz del Sur y la estrella de Canopus, la estrella más potente del hemisferio sur localizada muy cerca del polo sur.

Menzies cuenta como los chinos navegaron hasta el Antártico con el fin de poder estar justo debajo de estas dos estrellas para fijar el punto de referencia opuesto a la estrella polar. Una vez llegados allí se toparían con lo que hoy se conoce como el Estrecho de Magallanes y de ahí, después de luchar con los hielos antárticos, ya sería un juego de niños seguir la costa oeste de las Américas hasta California. Como he dicho antes, muchos dudan de la veracidad de la tesis de Menzies pero os aseguro que en las 700 páginas hay muchos ejemplos de huellas chinas en el continente americano y yo puedo corroborar muchas de ellas habiendo estado en muchos de esos lugares. Yo me creo la historia de Menzies, pero dejo a cada uno que saque sus propias conclusiones. Lo que está claro que el libro vale la pena, aunque todo sea una mentira.

sábado, 25 de abril de 2009

Caldo de perro y huevo de pato


Esta crónica va dedicada a los retos culinarios chinos. Como aquí no estoy en Latino América y no representa ninguna aventura adentrase en los barrios más peligrosos de Pekín porque hay control policial por todas partes y todo es muy seguro, he tenido que encontrar otros campos para sentir la inyección de adrenalina en la sangre. Uno de ellos es el campo de la comida. En China, si eres atrevido, puedes probar de todo y comprobar dónde están tus límites. En mi caso todo empezó con una cena con unos amigos chinos después de una sesión de piscina. Me dijeron que íbamos a comer carne de burro. Yo nunca había probado antes carne de asno, pero viendo que el burro está muy cerca del caballo y que alguna vez en Galicia había probado carne de yegua, acepté de buena gana la invitación.

Entramos en un local de comidas típico de los Hu Tongs de Pekín, que son las casas tradicionales de ladrillos grises, de una planta, y con los tejados arqueados. Estos sitios son todos más o menos iguales. Hay unas cuantas mesas y unos taburetes sin respaldo, el local suele estar lleno hasta la bandera y la cocina está al final. El sitio es reducido con lo cual el ambiente está cargado. El olor y los vapores de la cocina lo impregnan todo, más que nada porque las mesas se limpian con el mismo trapo miles de veces (en China hay poca agua, así que hay que cuidarla). Pese a todo, la comida suele ser siempre muy rica. En este caso también fue así. Mis amigos pidieron una especie de hamburguesas de carne de burro que estaban deliciosas. La textura era entre blanda y dura, o sea al dente, y el sabor era intenso pero sabroso. Puedo repetir la experiencia en cualquier momento.

Cuando vas a los restaurantes chinos, como no sabes el idioma, lo que haces es ver las imágenes de los platos. En este caso los chinos están muy preparados. Casi cualquier restaurante chino (menos los tradicionales descritos arriba) tiene un menú con fotos y la mayoría tiene las explicaciones en inglés. Al pasar las paginas de los menús (sí, en China la variedad de platos en los menús es increíble) vas viendo como hay todo tipo de manjares exóticos. Al principio te da un poco de repulsa, pero en mi caso poco a poco me fue llamando la curiosidad y me propuse salirme del pescado, el cerdo, la ternera y el cordero y probar nuevas experiencias. Esta ansia se agrandó con la llegada a Pekín de mi novia Moodthy, otra amante de probar nuevos horizontes culinarios.

Un día pedimos arroz con carne de rana mugidora (o por lo menos es así como el diccionario traduce Bullfrog, o sea, rana grande). Yo ya había probado en los Estados Unidos alitas de rana y carne de cocodrilo, así que el paso a la rana mugidora no era muy temeroso. Además, visto desde la perspectiva del volumen. Está claro que una rana grande tiene más carne que una rana pequeña, con lo cual la textura debe ser más consistente. La prueba resultó muy positiva. El arroz estaba bien bueno y la rana se comió bien. Sin problemas. Ahora que lo pienso de nuevo, la verdad es que la rana mugidora esa se puede considerar un manjar. Una textura cercana al pollo en las partes más alejadas de los huesos y algo más gelatinosa, pero jugosa, en las partes pegadas al hueso.

El siguiente experimento fue carne de buey. Ésta creo que ya la había probado alguna vez. Pedimos carne de buey frita en trozos y aunque un poco seca y demasiado salada, yo me la comí con devoción, teniendo en cuenta que me gusta lo salado y la carne en todas sus variedades. Esta prueba fue un juego de niños. Nada serio. Como comer carne de ternera, pero un poco más dura y con un sabor y una intensidad más fuertes.

Después de esta experiencia un tanto light para mi gusto, unos días más tarde en una cena con un amigo, también hispano-suizo que lleva en Pekín bastante años, y su novia china, me llené de valor y le propuse a mi amigo Iván que probásemos la tan conocida carne de perro china. El se sorprendió al principio por la propuesta, pero accedió a ella sin complejos. Él ya la había probado, así que no había ningún problema. Incluso sugirió que la comiésemos en una sopa, que así sabía mejor. A los pocos minutos ya le estaba indicando a la camarera con su chino elocuente de estudiante de economía que queríamos un cuenco de caldo de perro para compartir. La camarera retorció la cara en un gesto de asco y sacudió la cabeza con una sonrisilla final. Esa reacción no me gustó nada, pero, bueno, ahora que el órdago estaba lanzado no me podía echar atrás.

Le dije a Iván: “Oye, pregúntale de qué raza es el perro”. Iván le preguntó y la camarera se giró seriamente hacia él y le dijo: “De qué raza va a ser, de la de comer.” Ante la traducción de Iván, todo fueron risas. La sonrisa se me quitó sin embargo cuando llegaron con la cazuela con la sopa de perro. Es la hostia como funciona la mente humana. Al verme cerca de comer carne de perro, inmediatamente surgieron imágenes en mi mente de perros domesticados y adorados por sus dueños. El perro al final es un animal como otro, pero al ser un animal de compañía, lo tratas con otro apego. Yo no soy un gran amigo de los perros, pero al fin y al cabo siempre los he visto alrededor de amigos y vecinos y los veo como justamente eso que se dice, que el perro es el amigo del hombre. Todo esto se me pasaba por la cabeza mientras Iván servía en mi cuenco más cucharrazos de caldo de perro. “Oye, oye ¿adónde vas?, déjame probar primero, ya llega con esto”.

La sopa tenía un color rojo de las múltiples especias, algo de verdura verde y trozos de carne que parecían trozos de carne de cerdo seca en forma de tiras. No me lo pensé muchas veces, intenté reprimir como pude todos esos pensamientos pro-caninos y me metí la cucharada en la boca. El impacto fue más que nada psicológico. La mente en esos momentos está trabajando a tantas revoluciones que bloquea de alguna manera los órganos culinarios. En esos momentos piensas; no comes. Con lo cual, la primera cucharada me la tragué sin realmente saborear nada. Fue en las siguientes que empecé a degustar más la carne. No sé si es por la imagen mental o por qué, pero sigo pensando que la carne de perro china sabe un poco como la carne de cerdo seca que te puedes encontrar en unos callos, por ejemplo. El sabor es ciertamente menos intenso, tirando más hacia lo neutro, aunque bueno, con todas las especias que le echan al cado vete tú a saber cómo sabe realmente la carne de perro por sí sola.

El caso es que Iván y yo nos comimos la cazuela entera y no nos pasó nada. Ya puedo decir que comí carne de perro, aunque no sé si la volveré a comer. Sobre todo después de ver un vídeo hace poco por Internet mostrando cómo tratan en China a los perros y a los gatos. Al final no es muy distinto de cómo tratan a otros animales, como los pollos, en Europa. Pero vuelvo a lo de antes. Los perros y los gatos son animales domésticos y el salto mental que hay que hacer para no verlos así en el plato es mucho mayor de lo que me esperaba.

Los huevos, en este sentido, no deberían dar tanta grima, pero ése fue otro error mío. Yo pensé que probar huevos diferentes sería una experiencia menos chocante, pero nada más lejos de la realidad. Con todo nuestro espíritu culinario aventurero, a Moodthy y a mi se nos ocurrió un día en el mercado comprar huevos diferentes. Los que más nos llamaron la atención fueron unos huevos grandes (el doble de un huevo de gallina), de color azulado y con unas pecas negras. Días más tarde nos dimos cuenta que los huevos seguían en la nevera y decidimos probarlos para desayunar. Cómo no sabíamos muy bien cómo comerlos, ni tampoco de qué animal eran, decidimos que lo más sensato y seguro era hervirlos por un buen rato y después pelarlos. Así lo hicimos. Los dejamos hervir como unos 6 minutos o así para no correr ningún riesgo.
Empezamos a pelarlos y descubrimos que la clara era negra. A los pocos segundos tenía en la mano un huevo negro y el doble de grande que un huevo normal. El olor era bastante intenso y aquello no tenía muy buena pinta la verdad. No es que el huevo fuese negro, que ya de por sí tiraba para atrás. El tema era que la clara era un tanto gelatinosa y transparente y se podían ver varias capas menos negras, marrones y amarillentas al trasluz. Yo, sin embargo, hice de tripas corazón y me dije que tenía que probarlo. Corté uno de los huevos a la mitad. La yema era de una intensidad más profunda, rayando casi lo grisáceo. Le eché un poco de sal y pimienta y le di el primer mordisco. Moodthy miraba para mí a través de la lente de la cámara de vídeo para inmortalizar el momento. El vídeo anda por Internet.

En este caso, no tenía ningún bloqueo mental. Simplemente quería saber cómo sabía ese maldito huevo por dentro. La primera ola de sabor casi me mata. Era como tener en la boca una masa de podredumbre asquerosa. Moodthy me preguntó: “¿A qué sabe?” Y yo lo único que pude decirle fue: “Sabe a mierda”, y sin perder más tiempo, y para quitarme el tema de encima cuanto antes, cogí todo mi valor y me metí el resto de la mitad del huevo en la boca. Nunca había probado una cosa tan repelente en mi vida. Sabía como a naturaleza muerta. Algo demasiado asqueroso para poder describirlo con palabras. Yo me puse de todos los colores y la buena de Moodthy, después de darle un mordisco y de escupirlo todo entre gritos, dijo que sabía a meo de gato varón podrido. Considerando que el meo del gato varón es mucho más intenso que el de la fémina.


Os juro que lo pasé mal un par de horas. El huevo ese me repitió unas cuantas veces y la boca se me llenaba de nuevo con ese sabor apestoso. En aquellos momentos me dije que no volvería a probar más excentricidades culinarias (aunque, bueno, hace un par de días probé otro tipo de huevo y éste sabía bastante bien). El huevo negro mencionado es de pato y según me contaron varios amigos locales, en el recetario chino se considera un manjar delicioso. El único detalle es que no se come directamente sino mezclado con no sé cuantas cosas y después de no sé cuantas semanas en vinagre. Cuando les conté a mis amigos chinos que me lo había comido con sal y pimienta no podían abrir los ojos de la risa. Pensarían, ¿cómo se puede ser tan culinariamente analfabeto?




martes, 7 de abril de 2009

Por donde cojea el G-20

La cumbre del G20 (más España y Holanda) celebrada la semana pasada en Londres fue histórica en muchos sentidos. Las mayores potencias del mundo acordaron inyectar algo más de un billón de dólares en el Fondo Monetario Internacional (FMI) para que pueda asistir a países al borde de la bancarrota como Ucrania. Además, las superpotencias llegaron a un consenso para reforzar la regulación pública de todos los productos, actores y mercados financieros mundiales (algo que hace cinco años, en plena burbuja neoliberal, era impensable). Los líderes mundiales se comprometieron también a reformar el FMI para que las potencias emergentes como Brasil y China obtengan la influencia en el voto que merecen sus economías. En este sentido la cumbre ha dado un gran paso hacia la cooperación internacional y la formación de un gobierno mundial que esté a la altura de los tiempos. Con la llegada de la globalización la economía ha operado durante tres décadas a nivel transnacional sin ningún tipo de orden ni restricción. Ya es hora de que la política recupere el terreno perdido y actúe también en la esfera de lo global. Es sin duda una satisfacción ver a los líderes de las mayores potencias del mundo dejar de lado sus diferencias económicas, políticas, históricas y culturales y llegar a acuerdos consensuales.

Sin embargo, la recesión mundial no se arregla con grandes apretones de manos, largas sonrisas y pulgares levantados. Esto es un buen arranque y hay que aplaudirlo. Pero una vez que ya se han hecho las fotos e rigor y todos se han dicho cuánto se admiran, los dirigentes y sus consejeros tienen que subirse las mangas de las camisas y ponerse a trabajar. En este aspecto los líderes por ahora están sacando malas notas. Para poner remedio a la actual crisis mundial hay que resolver dos temas que por ahora sólo se han tocado por encima. El primero hace referencia a los grandes desequilibrios macroeconómicos (sobre todo entre China y Japón y los Estados Unidos) que forman justamente la raíz de la crisis. Y el segundo tiene que ver con los productos financieros tóxicos derivados de las hipotecas basura y las que no eran tanta basura, pero a la medida que caen los precios, se convierten en basura.

Durante los últimos veinte años la economía mundial ha crecido gracias a la misma fórmula. Los chinos y los japoneses se han dedicado a producir como locos mientras que los americanos se han concentrado a consumir como desesperados. Esto ha creado déficit y superávit insostenibles. La crisis actual es una corrección natural de estos desequilibrios estratosféricos. La única manera de cambiar esto es que los americanos se pongan de nuevo a trabajar y los chinos y los japoneses empiecen a gastar. Si Obama realmente quiere cambiar el mundo, ésta es la negociación que debería estar llevando a cabo con sus homólogos chino y japonés, con la mediación de la Unión Europea y las otras potencias. Sin embargo, de esto no se ha hablado nada o por lo menos no se ha hecho público. El tema ni se incluye en el comunicado final de la cumbre.

Por donde cojea también el comunicado final es en la cuestión de los activos tóxicos que están pudriéndose en los balances de cuentas de los bancos e infectando a todo lo demás. Mientras que no se purguen todos estos activos tóxicos que están haciendo que los bancos no abran sus líneas de crédito la crisis no estará resuelta. Los japoneses lo saben por propia experiencia. Ellos tuvieron el mismo problema en los años 90 y no salieron del atolladero hasta que limpiaron totalmente los activos podridos del sistema bancario. La dificultad en este caso está en que el problema no es nacional sino internacional, con lo cual el cometido es mucho más complicado. Los expertos en banca tienen primero que localizar dónde están los paquetes de derivados tóxicos que se han venido diseñando en los últimos diez años y se han vendido a las cuatro esquinas del planeta. Una vez localizados, hay que desempaquetarlos y ver lo que hay dentro. Separar lo que está todavía sano de lo que está podrido y después intentar vender lo bueno a precio de mercado y lo malo a precio de subasta. Sólo así los bancos van a poder limpiar sus cuentas y volver a abrir el grifo del crédito. ¿Alguien ha hablado de este tema en la reunión del G20? Lo dudo. El tema es demasiado complejo y espinoso para los jefes de Estado y de Gobierno. El problema es que si esto no se resuelve pronto vamos a sufrir lo mismo que han sufrido los japoneses. 10 años de bancos zombies y una economía global que no levanta cabeza.

Artículo publicado en el Xornal de Galicia, el 7 de abril de 2009
http://www.xornal.com/opinions/2009/04/07/Opinion/donde-cojea/2009040712552153798.html

miércoles, 25 de marzo de 2009

Preparaos para el siglo chino


Acabo de escribir en mi columna mensual en el periódico gallego LV un artículo sobre cómo será la vida en Galicia dentro de 40 años bajo la influencia cultural china, pero creo que necesito un poco más de espacio para desarrollar plenamente mis ideas. En el citado artículo explico como la gran mayoría de los expertos en política económica internacional pronostican que, así como el siglo XX fue el siglo de los Estados Unidos, el siglo XXI va a ser el de China como la gran superpotencia mundial. El crecimiento y desarrollo de este país en los últimos 30 años es espectacular. Por lo que he visto en estas últimas semanas aquí en Pequín y teniendo en cuenta mis experiencias en países como Brasil o Argentina (que también pertenecen al dichoso G20 que se va a reunir la próxima semana en Londres para buscar una solución a la crisis global), China es seguramente ahora mismo el país más desarrollado entre los países emergentes.

Sí, claro que hay pobreza y mucha desigualdad, pero gran parte de las infraestructuras (los buses, las carreteras, los edificios, el metro etc.) son de lo más moderno. Eso de que los chinos se están muriendo de hambre es justamente eso, un cuento chino. La gran mayoría de la gente de Pequín vive igual que la gente en Nueva York, Londres, París o Madrid. Pasan las mismas horas en el metro enganchados a sus móviles o a sus periódicos, gastan lo mismo en los centros comerciales, los bares, las discotecas, los cines y los teatros, compran compulsivamente en el Carrefour y otros supermercados como si esto fuese el fin del mundo y conducen los mismos VWs, Audis, Renaults, Toyotas y Mercedes, que se pueden ver en todas las ciudades que he nombrado anteriormente. Sí, lo dicho. Hay que tener en cuenta que esto es la capital. Que aquí es donde está el dinero y que esto es una pequeña isla dentro del mar de pobreza que es la vida rural china. Pero sólo falta que el campo chino empiece a vivir como las urbes para que esto sea realmente una superpotencia. Si los chinos consiguen eso en los próximos 30 años, los Estados Unidos y Europa quedarán atrás. En las últimas tres décadas, 300 millones de chinos (lo mismo que la población de los Estados Unidos) salieron del campo y engordaron las clases medias urbanas en este país. Si en los próximos años se consiguen otros 300 millones más que compren coches, móviles, lavadoras, televisiones y microondas, China se convierte en la locomotora de la economía mundial. No hay duda en ese sentido. Ser la mayor economía mundial implica además un gran grado de influencia cultural, como se ha podido ver con los Estados Unidos en la segunda mitad del siglo XX.

Teniendo en cuenta esta trayectoria, la pregunta que me hago es cómo serán nuestras vidas en el 2050 cuando China supere a Estados Unidos en Productor Interior Bruto (PIB) y vivamos bajo la hegemonía económica y, por extensión, cultural china. Pues venga, vamos allá. En primer lugar, como es obvio, no utilizaremos cuchillo y tenedor y comeremos con los palillos, que son mucho más funcionales. Inmediatamente os preguntaréis, ¿cómo cojones comeremos los filetes o el arroz con los palillos? No hay problema. Los chinos lo tienen todo muy estudiado. La carne siempre se corta antes para facilitar el proceso (quién no ha tenido problemas a la hora de cortar un filetón con un cuchillo mal afilado) y para el arroz los chinos son prácticos y usan cuchara. No, no son tan tontos para comer grano a grano con los palillos. A veces el arroz es de ese pegadizo, y ahí los palillos funcionan sin problemas. La comida será siempre entre once y media y doce y media. Para muchos, sobre todo para los españoles, esto les parecerá muy temprano. Pero hay que entender que el desayuno es muy liviano, igual que en España, con lo cual a las 11.30 los chinos ya se ponen a comer. Tiene todo el sentido del mundo. En España deberíamos hacer lo mismo. Yo me acuerdo cuando estaba en el colegio y a partir de las doce se empezaban a oír las tripas de todo el mundo. La mayoría no había desayunado bien y se estaba muriendo de hambre a la una, ¿no es verdad? La comida en sí es variada y elaborada. Un poco de carne o pescado, el marisco es muy común, arroz, noodles (o sea un tipo de espaguetis, no olvidemos que la pasta viene de oriente) y bastante verdura, de todas las clases. Es verdad que los chinos usan mucho aceite frito y muchas especies que te destrozan el estómago. Pero todo depende de adónde vas. En los sitios finos, la comida es fina y no cuesta mucho. En los mercados, la carne, el pescado, el marisco, las verduras y las frutas tienen una pinta muy buena y si cocinas en casa puedes hacer unos platos muy ricos. Esto es igual que en España. En los sitios malos abunda el aceite, en los lugares buenos el trato y la comida es excelente y sales de ahí como un auténtico rey. Los únicos que más van a sufrir con la influencia culinaria china van a ser los suizos. Los chinos no comen queso nunca. No está en la tradición de ellos. Totalmente al contrario que los estadounidenses que le echan queso hasta a la sopa.


Como a los latinos, a los chinos también les gusta echarse una siesta. Una media horita o así. El sistema es muy similar al español. Casi todo el mundo tiene dos horas de descanso al mediodía, con lo cual se vive bastante bien. Eso sí, los chinos son muy trabajadores y eficientes. Se toman su siesta, pero cuando se ponen a trabajar, son igual que los alemanes. Después del trabajo, los chinos lo que hacen es ir al bar (algo muy español), van a ver la famosa opera pequinesa o van a jugar al ajedrez chino, que es de fichas planas, o a las cartas (es decir, los chinos no nos van a quitar las partidas de tute). Entre todo ello, algún que otro escupitajo en la calle siempre viene bien. Eso es muy común. Igual que escarbar con el dedo en la nariz. Volvemos a lo mismo. Es cuestión de practicidad. ¿Quién no ha querido en algún momento echar un buen escupitajo para aclarar la boca o escarbar bien en la nariz para liberar la respiración? Es algo muy humano. No hay que verlo como algo negativo. Es natural, como el cantar por la calle. ¿Por qué reprimirlo? Por cierto, cuando mi novia visitó por primera vez España una de las cosas que le llamó la atención fue que mucha gente escupía y tiraba la basura en la calle. Nosotros no nos damos cuenta, pero al final no andamos muy lejos de los chinos, os lo digo. Como nosotros, estos también se vuelven locos por el fútbol. Yo creo que tienen todavía más pasión que nosotros. Es lógico que te encante el equipo de tu ciudad o de tu corazón y que hagas todo lo posible para ver los partidos (como hago yo), pero lo que no parece tan lógico es ser chino y levantarse a las 3 de la madrugada para ver un partido entre el Real Madrid y el Villareal. Hay que tener mucha fuerza de voluntad y mucho amor por el fútbol.

Algo muy curioso que tienen los chinos es la superstición por los números. Es algo increíble. Aquí lo números de móviles tienen precios diferentes según los números que tienen. El 8 es el número de la suerte porque la pronunciación de la palabra en chino es muy similar a la palabra “riqueza” o “prosperidad”. El otro día un millonario pagó una suma estratosférica porque salía al mercado un número de móvil lleno de ochos. No en vano, las olimpiadas de Pequín se inauguraron el 8 del 8 del 2008, a las 8 de la tarde. Eso trae suerte seguro. Y al contar por la ceremonia tan espectacular que organizaron y por el número de medallas de oro que se llevaron los chinos, algo de verdad debe de haber aquí. O sea que podéis comprobarlo ahora mismo, aquellos que tengan muchos ochos en el número de móvil van a ser afortunados en la era china. Los que tengan muchos cuatros que vayan cambiando de número de móvil porque la peor de las malas suertes caerá sobre ellos. Nadie en china quiere tener nada que ver con el número 4, cuya pronunciación es muy similar a la palabra “muerte”. Si tienes un número con mucho cuatros, nadie te llama, no vaya a ser que la mala suerte los contagie. Es muy curioso. En mi edificio por ejemplo en el ascensor no hay el número 4. No existe. No vaya a ser que tengas que apretar el número cuatro y te parta un rayo. O sea, así como muchos desconfían del número 13 en occidente, en China el 4 es el número de la muerte.



Por último, una de las pasiones chinas que se van a exportar al resto del mundo es el regateo. Algo que existía en España (según me contó mi padre) y ahora no sé por qué no existe. Con lo divertido que es. Imaginaos ir al Corte Inglés o a cualquier otro centro comercial y poder regatear en las tiendas. Aquí es el deporte nacional. Todo el mundo lo hace. A veces te dan gato por liebre, pero así es la vida. Unas veces se gana y otras se pierde. ¿No vivimos en el libre mercado?, pues que el precio lo ponga el consumidor y no el propietario de la cadena comercial. Muchas veces los precios están establecidos por las grandes multinacionales monopolizadoras. Compramos los productos por ese precio porque no hay margen de maniobra. ¿No sería mucho mejor pagar lo que consideramos justo? Sí, estoy de acuerdo. A veces piensas que has comprado algo bueno y después es una basura. Que me lo digan a mí que estoy en China. Muchos productos son muy baratos, pero después los usas tres veces y se caen a pedazos. Pero eso te dice que no vale la pena comprarlos. A medida que vas comprando, vas viendo la calidad de los productos. Lo bueno es que siempre vas a poder regatear. Os lo explico mejor con un ejemplo concreto. En Pequín hay una zona que se conoce como La Calle de la Seda. Es un mercado inmenso donde puedes comprar de todo. Abundan las falsificaciones. Tienes bolsos, camisas, trajes, zapatos y maletas de diseño tirados de precio. Yo ando escaso de camisas de verano y me dije, pues voy a echarle un vistazo a la mercancía. Me adentré en el mercado y aquello es como un gran bazar. Las vendedoras y los vendedores te asedian por todos los lados. Ellas incluso se lo toman como una cuestión de honor. Una vez que te acercas a su estante y preguntas por precios, no puedes salir de allí sin comprar algo. Hasta te agarran y todo. Varias veces tuve que deshacerme del cerco utilizando la fuerza. No soltaban ni mordiendo.

Finalmente acabé en un puesto de camisas con un vendedor. Allí estaban todas las imitaciones posibles de Armani, Paul Smith, Ralph Lauren etc. Lo de las imitaciones está tan de moda que hasta los famosos vienen a este mercado a comprar. La lista de celebridades internacionales que han pasado por este mercado a comprar es muy larga. Yo realmente no quería ninguna imitación. Simplemente quería una camisa de color claro para el verano y sin logo para no llamar mucho la atención. Me fijé que había camisas con el logo de la calle de la seda de Pekín y me interesé por ellas. El vendedor me dijo que de esas no tenía muchas tallas (seguro que era mentira) y aparte, se preguntaba por qué un tío blanco, europeo y con dinero estaba interesado en una camisa china si podía tener una de Armani. Yo le expliqué mis motivos. Le dije que quería una camisa simple y barata. Me enseñó unas cuentas. Todas supuestamente de marca, pero sin logo en la parte de delante.

Una vez elegidas las camisas, llegó el momento del regateo. Primer asalto: El tío me dice que cada una me cuesta 340 yuanes. Es decir unos 40 euros. Yo me echo a reír. “Ni de coña. Si esto es falso”. El tío me viene con la historia de que sí, es falso, pero la calidad es muy buena. Es prácticamente igual. Yo le doy mi primer precio. 40 yuanes. Unos 5 euros. El tío se revuelve todo y dice que estoy jamado. Que estas son camisas de primera calidad. Yo le digo que no, que esto es mala calidad. Segundo asalto: El tío empieza a ceder y me hace un buen precio. El mejor precio: 200 yuanes. O sea, unos 23 euros. Yo le digo que ni de coña. El coge la calculadora y me dice: “Dame tu precio, dame tu precio, pero sin bromas, eh, sin bromas”. Yo le digo: “No estoy de broma. Bueno, vale, te doy 50 yuanes por cada una”. De nuevo el tío, gesticula como un loco y dice que esto es un insulto. Que con 50 yuanes (7 euros) podía comprar unos calcetines, un pantalón corto (y es verdad, hace unos días compré un pantalón corto por ese precio), pero “no una camisa”. Yo estoy de acuerdo con él y le digo: “Sí, bueno, es verdad. Mi última oferta. 70 yuanes.” Unos 9 euros. El tío me miró y me dijo: “Pero por qué eres tan duro”. Casi se echa a llorar. Yo ya estaba a punto de irme. No quería ceder más. Pero él insistía que ahora había que cerrar el trato, que le diese otro precio. El último precio. Él me ofrecía ahora las dos camisas por 200. O sea, de 340 cada una, pasaban a valer 100 yuanes. Yo, al ver el percal, le dije que no, que no iba a moverme de mis 70 yuanes por camisa. Y así fue bajando 180, 170, 160, 150, que fue cuando dije que “vale”. Tampoco había que forzar la barra, como dirían los brasileños. En principio tendría que estar contento. Había conseguido dos camisas “supuestamente” de marca por 150 yuanes, o sea por menos de 20 euros.

Por desgracia, la euforia desapareció rápidamente cuando pasé por otra tienda para comprobar la calidad de las otras camisas y me di cuenta que la calidad era la misma y que la vendedora, al ver que estaba con prisa y que ya había comprado otras camisas, me estaba ofreciendo la misma camisa que había comprado hacía pocos minutos con un gran esfuerzo de regateo por 70 yuanes. O sea, por menos de lo que había pagado yo. Había caído en la trampa. Y esto no fue lo peor. La cruda realidad me batió todavía más en la cara cuando probé las camisas en casa. ¡Madre de dios! La calidad era incluso peor de lo que imaginaba. El acabado era pésimo. Hilos deshilachados. Agujeros de los botones demasiado pequeños…. Vamos, unas risas. Lo mejor fue cuando me probé la primera ante el espejo. Os lo juro, la tela era tan fina que hasta podía ver los pelos de mi pecho. Es verdad que a veces lo barato sale caro. No hay duda de ello. Pero a través de los golpes aprendes. Al día siguiente, volví otra vez por allí y le puse las pilas al mismo vendedor. Le dije que me vendiese una camisa decente que por lo menos pudiese vestir más de una vez. No la basura que me había vendido el día anterior. El hombre se reía, ratificándome de esa forma la mala calidad de las camisas que había comprado. Pero los vendedores chinos no son tontos. La primera vez te la cuelan (porque no saben si vas a volver, la mayoría de los turistas sólo van una vez a ese mercado). La segunda, ya se andan con ojo e intentan ganarse un cliente. Esta vez salí de allí con una imitación de Armani, porque según me dijo él. Las imitaciones de Armani son las mejores que tienen (no hay más vueltas que darle). Todavía desconfiando del paisano, me fui a casa a probar la camisa porque en el mercado ese no hay probadores (otra estrategia para el timo, por supuesto). Cuando la estaba desempaquetando ya vi que era de mejor calidad. Me la puse y me sorprendí a mi mismo. Una señora camisa. Seguro no tan buena como la original. No hay duda de eso. Pero bastante parecida. Alguien que no está puesto en el tema de la imitación no nota la diferencia. ¿Y sabéis cuánto he pagado por esta? 50 yuanes. O sea, 7 euros. Lo que vale conocer el mercado. Y esto es sólo el principio. He descubierto que en ese mismo mercado hacen camisas y trajes a medida con la tela que tú eliges. Un mundo, fuera de las falsificaciones, que tengo todavía que descubrir a base de regateos.




miércoles, 11 de marzo de 2009

Primer Taxi en Pekín



Hola querid@s amig@s.

Aquí estoy otra vez con más aventuras de ultramar. Después de más de un año sentado en despachos y bibliotecas estudiando duramente y dando clase para sacar adelante mi doctorado en Oxford, hace una semana me embarqué en una nueva aventura: China. Venir a este país era un sueño que llevaba en mente desde hace muchos años. Me acuerdo todavía como si fuese hoy cuando hace más de diez años estaba sentado en una cervecería de A Coruña con Iria, mi novia en aquellos tiempos (y ahora gran amiga), hablando de la (im) posibilidad de nuestro futuro juntos y como yo le decía que en el futuro quería viajar, conocer nuevos horizontes, nuevas culturas y que mi sueño era llegar una vez a China. En aquel momento los dos nos reíamos sobre esa posibilidad tan inverosímil. En la idiosincrasia española China es lo más alejado que hay. Siempre se dice que “suena a chino” cuando no entendemos algo, que “alguien está en la china” cuando está desaparecido o que “vives en la china”, cuando vives muy lejos del centro de la ciudad. En 1998 la probabilidad de llegar algún día a la China era remota, pero esa pequeña espinita me ha quedado dentro durante todos estos años y en el fondo del corazón siempre he deseado llegar aquí. Hasta he diseñado mi proyecto de doctorado sobre esta línea de pensamiento. Mi ambición siempre ha sido venir a China con algún tipo de propósito. Después de muchos años de estudio en España, Alemania y Reino Unido, ahora el propósito de mi viaje es saber si este país va a ser la locomotora de la economía mundial como muchos predicen. Es por eso que voy a pasar los próximos tres meses en Pekín en estrecha colaboración con el Instituto de Política Económica Internacional de la Academia China de Ciencias Sociales (CASS), el mayor centro de investigación en ciencias sociales del país.

El 3 de Marzo de 2009, o sea, hace una semana, pisé por primera vez tierra china. El aeropuerto de Pekín es modernísimo. Se construyó para las olimpiadas del año pasado. En la cultura occidental todavía pensamos que China es un país atrasado, pero esa impresión desaparece tras los primeros minutos en el aeropuerto. Todo es moderno y a la última tecnología. Al ponerme a la cola para la inspección de pasaportes no pude reprimir un cierto nerviosismo. Había hecho todos los trámites necesarios para conseguir un visado de investigador para tres meses, pero supongo que todo las historias sobre la censura y el férreo control policial chino todavía me hacían pensar que a lo mejor no me dejaban pasar. Nada de eso. El funcionario de visados miró la foto del pasaporte, me mandó sacar las gafas para comprobar debidamente la identidad y muy alegremente me indicó en inglés que en la foto tenía el pelo largo y ahora no. Yo le dije que ahora lo tenía corto… y con más entradas. Y el se volvió a reír. Ahí intuí algo que después he ido confirmando con el paso de los días. Los chinos son muy risueños. Algo que no hubiese imaginado. Yo siempre pensé que los chinos eran serios e impenetrables. Como los rusos. Pero nada más lejos de la realidad. Después de la sonrisa, el funcionario me preguntó si era la primera vez que venía a China y al decirle que sí, con una sonrisa de oreja a oreja me dijo: ¡enjoy (disfrute)!

Nada más salir del aeropuerto ya se fraguó la primera aventura. Lógicamente, los taxistas chinos no hablan ni leen inglés. Y yo ya había sido avisado que tuviese a mano la dirección del hotel escrita en caracteres chinos. Cuando llegué al taxi, le enseñé la dirección en chino al taxista y éste después de fruncir el ceño, asentó con la cabeza. Yo me senté en el taxi aliviado, pero con cierto escepticismo. El taxista no parecía tenerlas todas consigo. Eso se confirmó cuando después de salir del aeropuerto, empezó a llamar por radio a otra gente haciendo referencia a la dirección en chino. Sus ayudantes al otro lado de la radio no parecían aclararle las cosas y se giró para mí indicando con gestos si tenía el número de teléfono del hotel. Ahí me di cuenta que había cometido el estúpido error de apuntar la dirección en inglés y en chino pero no el número del hotel. Le indiqué al taxista que no y éste se volvió todavía más preocupado. En principio tenía la dirección exacta escrita en el papel. En mi opinión no debería ser un problema ver en el mapa dónde estaba el hotel, pero resultaba ser que el taxista no tenía mapa. En vez de eso me dio una tarjeta escrita en inglés y con la mano apuntaba a su radio. Los taxistas tienen un servicio de traducción. Les indicas sobre la tarjeta qué idioma hablas (inglés, francés, alemán o español) y estos te ponen en contacto con una operadora. A los pocos segundos le estaba gritando en inglés desde el asiento de atrás del taxi a la operadora la dirección en inglés. La comunicación era horrible. Una, porque se realizaba a través del altavoz, y otra, porque el inglés en acento chino era indescifrable para mí. Al notar la dificultad en la comprensión, y todo esto mientras el taxista seguía acercándose al centro de la ciudad, la operadora llamó al móvil del taxista para que la comunicación fuese más fluida. Después de varios minutos de conversación, parecía que la operadora había entendido la dirección y se la había comentado al taxista. Yo ya empezaba a dudar sobre la reputación de mi hotel. Si nadie sabía donde estaba, no sería muy bueno. Los de CASS me lo habían recomendado como un hotel céntrico, cómodo, limpio y no muy caro, por eso les había dicho que me reservasen una habitación. Pero en esos momentos me estaba arrepintiendo de haberme puesto en las manos de los chinos. Hubiese sido mejor coger un hotel de categoría por Internet y dejarse de aventuras.

Lo peor estaba todavía por llegar. El taxista parecía saber más o menos la zona del hotel, pero después de unos 30 minutos de viaje llegamos a una calle sin salida. Mal rollo. El taxista paró el motor y me indicó que tenía que preguntar. Ahí estaba yo sentado en la parte de atrás de un taxi en medio de Pekín, sin una papa de chino y con mi móvil inglés sin funcionar para llamar a mis contactos. La situación era incómoda cuanto menos. Os lo aseguro. Yo seguía con la mirada al taxista pasando de persona a persona con la nota de la dirección del hotel en la mano sin pestañear. Al rato volvió a subir al taxi y parecía estar más contento. Empezó a hablarme en chino gesticulando e indicando hacia el papel y sacudiendo la cabeza, lo que me indicaba que algo estaba mal con la dirección o que él no la había entendido correctamente. En ese momento me fijé como las orejas del taxista estaban rojas de ardor. El tío lo estaba pasando mal. Casi tan mal como yo. Pocos minutos después vi como paraba el taxímetro. Supongo que se sentiría mal al ver como volvíamos a pasar por las mismas calles que habíamos pasado diez minutos antes. Pekín es inmenso. Las avenidas son anchísimas, con cinco o seis carriles. El tráfico es intenso, aunque fluido. En fin, después de un par de minutos, el taxista volvió a reducir la marcha y se volcó hacia el carril de la derecha de todo para parar justo enfrente de un policía y preguntar por la dirección. El policía indicaba con los brazos que había que dar la vuelta, que era por el otro lado.

El taxista se giro hacia mí y me indicó con gestos que tenía que bajarme, que podía llegar a pie. Yo no entendía nada. Sin una palabra de chino y sin nada, cómo iba yo a encontrar la dirección. El policía también me invitaba a seguir andando. Los dos me hablaban en chino y yo sólo daba a la cabeza intentando decirles que yo no me iba a bajar del taxi hasta que no llegásemos al hotel. El taxista apuntaba al taxímetro como diciendo que estaba perdiendo dinero, que ya lo había parado hacía tiempo y que no podía perder más tiempo. Al no ver ninguna otra salida. Salí del taxi y cogí la maleta mostrando un profundo enfado. El policía y el taxista seguían discutiendo. De repente, el taxista me indicó que volviese a meter la maleta en el maletero, que seguíamos en el taxi. Yo me tomé la cosa ya a broma. Pues venga, a meterse de nuevo en el taxi. Después de 200 metros en la misma avenida, el taxista paró enfrente de un bici-taxi y después de ver un gesto afirmativo de éste, me indicó que tenía que seguir con él y que tenía que darle 20 yuanes (el taxista sabía decir 20 en inglés), aparte de los 110 yuanes que indicaba el taxímetro. Un yuan son algo más de 10 céntimos de euro, con lo cual la cosa no había salido muy cara. Como 12 euros o así. En China todo funciona con taxímetro así que no hay posibilidad de fraude. Pero el dinero era lo de menos. Mi preocupación era que estaba subiendo mi maletón a un bici-taxi que consistía en un ciclomotor con un asiento trasero más grane de lo normal en algún punto perdido de Pekín y con un frío de cojones. En ese momento estaba totalmente a merced de los acontecimientos. El bici-taxista empezó a pedalear y ahí nos fuimos. Nos empezamos a meter por las calles transversales donde podía ver los patios traseros de las casas baratas. Esta ya era otra Pekín. Mucho más pobre y sucia. Yo ya diciendo: “Mi madre, ¿dónde me estoy metiendo?” Pero al rato me di cuenta que el bici-taxista sólo se había metido por esos callejones para atajar el camino. Parecía que el taxista me había puesto en las manos del bici-taxista porque era la forma más rápida de dar la vuelta y coger la otra avenida.

Aquí los bici-taxistas tienen como unos ciclomotores eléctricos. Al principio tienen que pedalear, pero después el pequeño motor eléctrico ya tira del ciclomotor. Después de diez minutos o así en el bici-taxi con un frío de cara considerable y con mucha desconfianza en relación al destino final de nuestro viaje, vi como salíamos de la avenida y nos metíamos en una bocacalle. Vi el letrero (que como todos estaba en grafía china y occidental) y reconocí la calle de mi hotel. Uf, estaba salvado. Al momento reconocí la fachada de mi hotel, que ya la había visto antes por Internet. Qué alivio. Lo había conseguido. Después de más de un día de viaje con escala incluida en Dubai había llegado a mi destino final. Le di los 20 yuanes y una buena propina (casi estuve a punto de darle un abrazo) al bici-taxista y me presenté delante de la recepción. “Hola, buenos días, soy Miguel Otero, tengo una reserva.”

Y así ha empezado mi aventura China. Debo decir que si ir a Cuba es lo mismo que coger la máquina del tiempo y volver a los años 50 del siglo XX, venir a Pekín es como ponerse el traje de astronauta y viajar a otro planeta. No entiendes nada, no puedes leer nada aparte de las calles y las señales de tráfico y los nombres de las empresas y estás rodeado de chinos por todas partes. Yo pensaba que Pekín iba a ser una ciudad indígena y cosmopolita a la vez, como México DF, Lima o La Paz. Sí, con un 80% de nativos y un 20% de extranjeros, más o menos. Pero Pekín no es así. Es muy difícil ver a un occidental en Pekín. Yo me monto a los vagones de metro, que es donde puedes sentir el pulso de la ciudad, y muy raramente veo a alguien blanco y por ahora en una semana solo he visto a un negro. Es impresionante.


De todas maneras, tengo que decir, y esto puede resultar una sorpresa para muchos, que los chinos son muy similares a los latinos. Como ya he dicho, son muy risueños, les encanta cantar por la calle, les encanta invitar a los visitantes, duermen la siesta, beben cerveza a lo latino con botellas de 600 mililitros a repartir entre varios en vasos pequeños. Los bares comunes aquí son como los bares en Latinoamérica. Grasientos, ruidosos, sucios, con las mesas llenas de botellas vacías para mostrar cuanto se bebe al más puro estilo macho y con los baños con un olor a orina que tiran para atrás. Como los latinos, los chinos son muy cariñosos. Les encantan las canciones románticas de amor y, quizás lo más sorprendente, no le temen al contacto físico. Un europeo del centro o del norte o un americano nunca busca el contacto físico. Lo evita a más no poder. Los ingleses hacen diabluras para no tener que tocar a la otra persona cuando cruzan una cola. Los chinos son como los españoles. Chocan contigo, te empujan, te tocan la pierna cuando te quieren explicar una cosa y no pasa nada. Es increíble. Yo siempre había visto los chinos como parte de una cultura de lo más alejada a la mía y ahora me estoy dando cuenta que somos muy parecidos. Los chinos adoran regatear, aman la buena comida, les gusta discutir en alto y se vuelven locos por el fútbol. Justo lo que me gusta hacer a mí.

Por cierto, después de varios días de búsqueda y de mucho regateo, ya tengo piso en Pekín. Está en el Este de la ciudad, en la zona más moderna, empresarial y con mayor actividad cultural. Pago un buen lote de dinero, pero nada comparado con lo que pagaría por un piso de este nivel y con esta localización en Londres, Nueva York o Madrid. Tengo la suerte de poder ver la CNN para estar al tanto de lo que pasa fuera de aquí, cosa que no es fácil en China. Sólo sitios con licencia especial pueden acceder a la BBC o a la CNN. Yo tengo más de 70 canales en la televisión y sólo dos son en inglés y uno en italiano. Como ya he dicho el piso es un poco caro, pero lo demás es todo muy barato. En el mercado chino que tengo enfrente de casa 300 gramos de ternera valen 80 céntimos de euro, 100 gramos de camarones 70 céntimos, una cerveza de 600 ml. 30 céntimos, un DVD pirata 60 céntimos y así seguido. Todo por aquí es super barato a no ser que busques super lujo, que como en todos lugares se paga caro. Un buen móvil de última generación vale mínimo 100 euros. Vamos, igual que en Europa. Como veis, hay cosas que son diferentes en esta parte del mundo, como lo de escupir en la calle (que es una realidad), pero también hay cosas que son prácticamente iguales. Los chinos ricos también conducen Audis y Mercedes.